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30 de agosto de 2016

F.A.U.L.K.N.E.R


El escritor de la A a la Z

Alcohol. La bebida no construye el estilo, pero lo acompaña. Hay una sinuosidad detectable, una longitud de párrafo, una bruma que espesa la sintaxis, una elaboración de imágenes que nunca definen sus contornos y que se suceden y encabalgan mediante asociación libre. El alcohol huye de la literalidad y permite la fuga a mundos alternativos que se sienten verídicos, irrefutables. No es fácil escribir mientras se bebe. Sólo en algunos casos escogidos el alcohol y la literatura funden sus propósitos.

Amor. “Entre la pena y la nada, me quedo con la pena”.

Bondad. Las hay de varias clases y todas ellas peligrosas. Confiere dignidad y dolor a un tiempo.

Coro. La inspiración que proporcionan las tragedias griegas tiene una larga tradición. Las sociedades disponen de un alma que rebasa y no necesariamente coincide con la de los individuos particulares. El coro antiguo es el canto común de las leyes aceptadas y de la moral compartida. No es una invención, sino una atenta observación de la realidad. Los ciudadanos que se reúnen de manera casual en los bares y en las verandas producen ese alma y en ocasiones fatales la imponen con inconsciencia. A menudo sin piedad.

Dios. Producto del fatum humano, no hay más Dios que el que los hombres hacen. La consecuencia es que se manifiesta imponderable, inescrutable y la conciencia individual no lo abarca. Los hombres no necesitan creer en Dios para saber que existe. Saben que existe porque es de su exclusiva competencia, es su obra.

Empatía. La novela no es tesis, ni fotografía de un mundo, ni Historia. Es un acto voluntariamente deformante de una realidad compartida que intenta ponerse en el lugar de lo que se ha quedado mudo: personas, sociedades, culturas. No hay pretensiones de salvación, justificación o redención. Sólo cuenta el acto de empatía. No es dar cuenta, es darse cuenta.

Faulkner, William. Nacido en Albany en 1897 y muerto en Byhalia en 1962, con el apellido Falkner. La “u” que le añadió tiene motivos imprecisos, pero se corresponde con el sistema de investimiento que todo escritor lleva a cabo para borrar su rastro. A William le parecía más aristocrático y en una sola letra creyó concentrar su sentido de la distinción. Ya se sabe que el creador empieza por crearse a sí mismo.

Geometría moral. “Antes había honor y sacrificio. Ahora sólo hay ángulos”. Guerra de Secesión. Nadie ganó, a pesar de las crónicas y de las soflamas. Solamente impuso un horizonte de incertidumbre moral que dura hasta hoy. Las heridas de la carne no fueron más que la apariencia de las heridas irrestañables del espíritu.

Infierno. A diferencia de Sartre el infierno no son los otros, sino nosotros. Flem Snopes desciende a los infiernos:
-¿Qué le habéis ofrecido?- preguntó (el Príncipe).
-Las gratificaciones.
-¿Y?
-Las tiene. Dice que para un hombre que sólo masca tabaco, cualquier escupidera sirve.
-¿Y luego?
-Las vanidades.
-¿Y...?
-Las tiene. Ha traído una gruesa en la maleta, hecha de amianto especialmente para él, con broches que no se funden.
-Entonces, ¿qué es lo que quiere?- gritó el Príncipe- ¿Qué es lo que quiere? ¿El Paraíso?
Y el anciano servidor se le quedó mirando, y el Príncipe creyó primero que era porque no había olvidado la burla anterior. Pero pronto descubrió que no era ese el motivo.
-No- dijo el anciano servidor- Quiere el Infierno.


Látigo. Cuando el sureño lo levanta para descargarlo es por un cierto sentido de la pedagogía y por obediencia a un mandato superior, que no está escrito, pero que él cree haber leído.

Mal. Es la herencia de las generaciones. Pasa de unas a otras, no se detiene. Una vez se ha puesto en pie, sigue su curso. Es lo que nos reúne con nuestros antecesores, lo que hace del tiempo un único instante. Una forma de religare mortal, fuera de toda mística. Estructura del alma.

Miseria. Una forma de fanatismo de la propia impotencia. Necesaria como la fe. Su proliferación es la prueba de que existe la divinidad y de que nos escucha.

Muerte. La presencia constante. A veces, buscada. Alistamiento en la RAF durante la Primera Guerra Mundial. Ya había sido rechazado en Estados Unidos por su corta estatura. Amenazó con enrolarse en el ejército alemán si no le dejaban pilotar en combate. Su primera hija muere a los nueve días. La entierra en solitario, cargando hasta el cementerio con su pequeño ataúd.

Narrador. Hasta cuando se identifica, el narrador no es otro que la tierra, muy por encima de la precariedad y de la mortalidad humana. Hay una lengua y un relato que está por encima de nosotros. Es la voz que prefiere Faulkner, la que no es de nadie. La que afecta a todos. Pero no es omnisciente, por la sencilla razón de que no sabe. Habla porque busca, no porque conozca el desenlace ni los misterios del corazón. Una voz sabia, a fin de cuentas, porque conoce todo lo que ignora. De ahí su fondo poético, su elección del pneuma en vez del logos, su profunda paciencia.

Naturaleza. Naturaleza. Blancos, negros, mujeres, niños animales, tierra. Todo habla a la vez y todo lo hace con la misma voz. Y todos cumplen su misión de entonar el canto y el relato. Es la forma en que el autor escucha la música de su mundo.

Niño. Es el padre del hombre. Nunca dejamos de ser lo que fuimos. La idea no pertenece al campo de la psicología, sino al de nuestra forma de estar en la tierra: es el destino al que servimos. Siempre somos los de antes.

Nobel (discurso). "El hombre prevalecerá por su espíritu capaz de compadecerse y sacrificarse y soportar el sufrimiento".

Novela. Género en extinción, último gran aliento de las antiguas palabras y de los antiguos relatos. Por ello mismo, el género más adecuado para tratar con lo que se extingue: los viejos valores y sentimientos de un Sur derrotado, legítimamente derrotado. Sin nostalgia, sin retórica para la Historia.

Paraíso. El mito reiterado y constitutivo de la humanidad entera. Es el mito de la expulsión eterna. Siempre estamos yéndonos del Edén. Pero nadie lo ha conocido. Su fuerza práctica reside tanto en su falta de evidencia como en la contundencia con que es trasmitido de generación en generación con palabras invariables. No hay versión posible. Forma parte de la realidad palpable.

Progreso. Es un empujón regresivo. Siempre marcha hacia atrás. La memoria del pasado histórico es más que una invención: es una herramienta de la identidad, la consagración del grupo, la tribu o la sociedad. Cumple funciones de adiestramiento e integración. De ahí que “la memoria crea antes de que el conocimiento recuerde”.

Religión. El jinete oculto del Apocalipsis. Propagadora del fatalismo, del pesimismo existencial, intelectualmente aberrante y espiritualmente la visión del hombre como animal caído, siempre proclive a una abyección mayor.

Ruido (y furia). “La vida no es más que una sombra andante, jugador deficiente, que apuntala y realza su hora en el escenario y después ya no se escucha más. Es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, y que no significa nada.” Lo escribió Shakespeare en su Macbeth, pero era de Faulkner.

Sur. Violencia en todas direcciones, expresada como una fuerza de la naturaleza, pero construida con manos humanas. La creación divina también está implicada. Hay una destrucción intrínseca en todas las criaturas y en todo lo creado. Todo tiende a una epifanía dolorosa y Dios es el Supremo Artífice. El Sur es la obra directa de Dios.

Yoknapatawpha. Condado imaginario, no ficticio, diseñado como un infierno de almas. Puede situarse al noroeste de Mississippi, pero en cuanto tal imagen carece de pertenencia exclusiva y puede trasladarse donde se quiera. Lo propio de las imágenes son su permanencia y su desarraigo, en particular cuando proceden de la literatura. Tal vez la literatura sea en sí misma una forma de desarraigo de aquello que resulta demasiado cercano, concreto, aislante. 

Fuente:  ALEJANDRO GÁNDARA | 06/07/2012 |  El Cultural de España

24 de julio de 2016

Franklin Mieses Burgos



CANCIÓN DE LA NOCHE LARGA


En la noche y bajo una
muda elocuencia de piedra,
la sombra de los cipreses
es como un grito en la niebla.

Coros de voces descalzas
ponen sus ágiles pies
sobre las copas oscuras
de los árboles; después
la aguda espada de un grillo
hiere un hermoso silencio
de blanca carne de lirio
y de cabellos de incienso.

Yo sueño con que tus manos
se van perdiendo a lo lejos
como dos trémulas alas
tras la negrura del cielo.

Soledad de soledades:
mi corazón está solo
frente a esta noche que crece
como un rosal sin colores.

Si pudiera ver el mar
que me recuerdan tus ojos,
se trocarían en lumbres
mis soledades en sombra;
se llenaría de flores
el limonero más alto;
con sus mejores kimonas
vendrían las mariposas
de donde nadie lo sabe;
la luna se iría entonces
cantando por otra calle,
y una frescura de infancia
se me entraría en el alma:
ya no sería yo el mismo,
el de esta noche tan larga;
con otro cuerpo distinto
y el corazón en las manos
retornaría de nuevo
para jugar en la playa.

Canciones de primavera.
Olor a tierra mojada.

¡Todo si viera tus ojos
en esta noche tan larga!


Franklin Mieses Burgos nació (1907) y murió (1976) en Santo Domingo, la capital de la República Dominicana.
Fue, junto a  los poetas  Mariano Lebrón Saviñón y Freddy Gatón Arce, uno de los fundadores de La Poesía Sorprendida (1943-1947).
 Mieses Burgos fue, también, director ejecutivo del Instituto Dominicano de Cultura Hispánica y dirigió su revista, Hispaniola. Codirigió también la colección “La Isla Necesaria”, la cual editó varios volúmenes de autores dominicanos.
         La poesía de Franklin Mieses Burgos está characterizada por un profundo lirismo: a veces existencial, otras veces política... y casi siempre surrealista. Su producción poética podía dividirse en tres categorías: la hermética, donde se manifiesta la influencia surrealista; la que sigue modelos clásicos (los sonetos); y la de temas populares. La primera, creemos, contiene quizás sus mejores poemas.

Obras:
Sin rumbo ya y herido por el cielo (Santo Domingo: Ediciones «La Poesía Soprendida», 1944)
Clima de eternidad (Santo Domingo: Ediciones «La Poesía Soprendida», 1944)
Presencia de los días (Brigadas Lírica del Uruguay, 1951)
Antología poética (Selección y prólogo de Freddy Gatón Arce, Colección Pensamiento Dominicano, 1952)
El héroe (“La Isla Necesaria”, 1954)
Clima de eternidad (Santiago: Edición de la Universidad Católica Madre y Maestra, 1986).


Poema interpretado por la artista Elsa Liranzo:
https://www.youtube.com/watch?v=VCaMtwCbnn0

21 de julio de 2016

El Caballo de Neruda



Aleyda Aguirre R.
La tumba de Pablo Neruda (12 de julio de 1904-23 de septiembre de 1973) se encuentra frente al mar en Isla Negra. Ahí está la casa que no sabe cuándo le nació. “Era a media tarde, llegamos a caballo por aquellas soledades… Don Eladio iba delante, vadeando el estero de Córdoba que se había crecido… Por primera vez sentí como una punzada este olor a invierno marino, mezcla de boldo y arena salada, algas y cardos… Aquí, dijo don Eladio Sobrino (navegante) y allí nos quedamos. Luego la casa fue creciendo, como la gente, como los árboles…” En esa casa el chileno escribió Canto General.
Quien visite la calle Poeta Neruda s/n en Isla Negra, El Quisco, en Chile, se topará con la historia del caballo. Lo vio en una ferretería de Temuco. Todas las veces que Ricardo Neftalí Reyes Basoalto --verdadero nombre de Neruda-- pasaba por ahí acariciaba el hocico del equino; de tanto acercarse a él, lo quiso adquirir pero sus dueños respondieron con hondas negativas. Un mal día, un incendio lamió con lenguas de fuego el negocio que alojaba al animal. La gente gritaba: “salven el caballo de Neruda” y fue lo primero que la obediencia de los bomberos hizo. Finalmente, Pablo compró su añorado caballo en una subasta y le organizó una fiesta el día que lo llevó a su casa.
Quedan en ésta como testimonio de su amor por el mar y los barcos: mascarones de proa, réplicas de veleros, barcos dentro de botellas, caracolas marinas y dientes de cachalote. También se encuentran otras locuras de poeta: pipas, zapatos antiguos, máscaras y botellas de extrañas formas, recuerdo de las obsesiones del Premio Nobel de Literatura 1971.
Fuente: Suplemento La Jornada Semanal. Mexico

7 de julio de 2016

Anécdotas curiosas de escritores famosos



1Mark Twain, en uno de sus viajes en tren por EE.UU., se topó con el revisor y no encontraba su billete. Tras una larga espera mientras el escritor buscaba por sus bolsillos, el empleado dijo:
—Ya sé que es usted el autor de Tom Sawyer, así que no se moleste, estoy seguro de que ha extraviado el billete.
—El problema es que, si no lo encuentro, no sé dónde debo bajarme —confesó Twain.

2Federico García Lorca escuchaba a Rubén Darío, que en un momento dado recitó el siguiente verso: …que púberes canéforas te ofenden al acanto. El poeta granadino se levantó entonces y dijo:
—A ver, otra vez, por favor, que sólo he entendido el “que”.

3Haruki Murakami se levanta a las 4 de la mañana y trabaja seis horas. Después de comer corre 10 km. o bien nada 1.500 metros, lee, escucha música y se va a la cama a las 21.00. Trata de seguir esta rutina cada día sin ninguna variación de forma que, según explica, termina sumiéndose en una especie de hipnosis que le permite alcanzar un profundo estado mental.

4Jorge Luis Borges se encontraba en el funeral de su madre, Leonor Acevedo de Borges, cuando una mujer se le acercó a dar el pésame:
—Pobre Leonorcita, morirse tan poquito antes de cumplir los 100 años. Si hubiera esperado un poquito más…
—Veo, señora, que es usted devota del sistema decimal —replicó el escritor.

5Victor Hugo se encontraba visitando la Suiza germanófona cuando entró en un restaurante. Dado que no sabía alemán, optó por pedir el plato más caro para asegurarse de que sería bueno, así que se decantó por un “Kalaische nach Rheinfall”. El camarero quedó sorprendido al comprobar que el el escritor francés no quería comer, sino que prefería dar un paseo en calesa hasta las cataratas del Rin, también ofertado en la carta.

6James Joyce (en la imagen superior) escribía cartas muy explícitas y subidas de tono a su amante y futura mujer, Nora. Lo que no es tan conocido es la inquietante obsesión que tenía con las flatulencias. Este fragmento está extraído de uno de sus manuscritos:
Creo que distinguiría un pedo de Nora en cualquier lugar. Incluso podría distinguirlo en una habitación llena de mujeres tirándose pedos. Es un sonido bastante femenino, no como el pedo fuerte y húmedo que imagino estilarán las mujeres gordas.

7Ramón del Valle-Inclán fue citado ante el juez en cierta ocasión con motivo de un alboroto que había armado. Tras declarar su nombre y su oficio, este es el diálogo que mantuvieron:
—¿Sabe leer y escribir?
—No.
—Me extraña la respuesta.
—Más me extraña a mí la pregunta.

8Rudyard Kipling se encontró un día con que el periódico que leía había publicado por error su epitafio. Inmediatamente, escribió a uno de los editores pidiéndole que, ya que estaba muerto, no se olvidaran de borrarlo de la lista de suscriptores.

Gabriel García Márquez
9Gabriel García Márquez recibió un fuerte puñetazo de Mario Vargas Llosa el 12 de febrero de 1976. Esta foto del escritor colombiano salió a la luz 30 años más tarde. Aunque sólo se puede especular con la causa del desafortunado encuentro, esto es lo que García Márquez declaró varios días después al diario Correode Bogotá:
Cuando me vi con Mario, me pareció verlo sonreír y que trataba de abrazarme. A esto se debió que cuando me pegó estaba completamente indefenso y con los brazos abiertos, de lo contrario me habría protegido por lo menos la cara. Caí sin conocimiento. Además, Mario tenía un anillo con el que me rompió la nariz.

10Aldous Huxley tenía una vista deficiente y, aunque no fuera ciego, decidió aprender braille para poder dar descanso a sus resentidos ojos sin tener que renunciar a la lectura. El escritor decía que el esfuerzo mereció la pena sólo por el placer de leer en la cama en la oscuridad, con el libro y las manos situados cómodamente bajo las sábanas

25 de junio de 2016

Las estaciones íntimas de Soledad Álvarez



POR JOSÉ ALCÁNTARA ALMÁNZAR

La voz poética de Soledad Álvarez resuena con acentos propios en las letras dominicanas desde que era una adolescente, cuando muchos artistas y escritores de la nueva generación querían cambiar el mundo armados de imágenes y palabras, y resultaba inconcebible la distinción entre el quehacer intelectual y la acción política.
Entonces, imbuidos de las utopías de un convulso siglo veinte que alentó revoluciones y sueños, los poetas bisoños intentaban echar por tierra la tradición literaria nacional y construían un universo a su medida, mientras amaban, hacían honor a la amistad y militaban en organizaciones izquierdistas que prometían transformar el país.
Soledad, apasionada y visceral, inmersa en cuerpo y alma en el centro de aquella vorágine de ilusiones y proyectos, asumió su tiempo con el fervor de una sacerdotisa que invoca la poesía y la vida, al tiempo que conjura temores y amenazas. En antologías y manuales leemos que ella formó parte del grupo literario La Antorcha y la Joven Poesía Dominicana, una pertenencia que por fortuna nunca adocenó su obra, lastrándola de la hojarasca verbal vocinglera, tan al uso en esos días, e inteligente al fin, en 1975 viajó a Cuba para cursar estudios universitarios en filología. Trabajó en el Centro de Investigaciones Literarias de Casa de las Américas, en un período de apogeo de esa prestigiosa institución, y allí adquirió una valiosa experiencia junto a Mario Benedetti, gran escritor e incomparable ser humano, además de conocer y leer a los mejores escritores latinoamericanos y europeos.
A su regreso, Soledad era otra. Una sólida preparación en filología y literatura enriqueció su saber de manera irrevocable, como demostró en su ensayo La magna patria de Pedro Henríquez Ureña, tesis universitaria que convirtió en libro para ganar el Premio Siboney de Ensayo en 1980.
En esa década fue asistente de Manuel Rueda en el suplemento literario Isla Abierta, experiencia decisiva que habría de enriquecer su visión literaria. Trabajar con Rueda, ser su discípula y amiga fue un privilegio que Soledad supo aprovechar al máximo, porque Manolo, entonces en la cumbre de su trayectoria literaria, era un maestro riguroso con el que se podían descubrir dimensiones insospechadas de la creación literaria y la interpretación musical. Soledad, que es una lectora voraz y tiene una curiosidad insaciable, dejó en las páginas del suplemento magníficas muestras de crítica literaria, ensayos y entrevistas. Pero la poesía es su primera pasión, un arte para el que está dotada de aptitudes sobresalientes, aunque la vacilación y la inconstancia le hayan impedido escribir la obra para la que está preparada.
En 1994, Soledad publicó su primer libro de poesía, Vuelo posible, que resultó un acontecimiento en la poesía dominicana de aquellos años, cuando aún no se habían extinguido del todo los ecos experimentales de la década anterior. Fue libro importante, de factura impecable, en el que asistimos como espectadores al despliegue del orbe personal de la autora, donde campea una sensualidad perturbadora que evoluciona con intensidad sostenida a través de imágenes singulares, para colocar a su hacedora en un lugar cimero entre el conjunto de mujeres poetas dominicanas. Se advertía en Vuelo posible la conciencia del oficio, la admirable sobriedad expresiva y el acusado sentido crítico de la autora para estructurar sus poemas.
Después de esa prometedora hazaña, durante doce años Soledad apenas publicó un breve libro de ensayos literarios, Complicidades (1998), hasta la aparición, en marzo de 2006, de Las estaciones íntimas, libro de poemas de su madurez que reafirma su gran talento poético y un manejo exquisito de las técnicas y formas de la poesía, género que no desaparece, sino que se renueva de continuo en las manos de sus artífices e interlocutores, esa inmensa minoría de que hablaba Juan Ramón Jiménez, citado por Octavio Paz en La otra voz, al referirse a la minoría selecta, pero inconmensurable, de lectores de poesía en la sociedad contemporánea.
Las estaciones íntimas —con estupendo prólogo del poeta José Mármol—, nos introduce al complejo cuerpo verbal, emocional y cognitivo de Soledad Álvarez, en una etapa de sabia madurez y envidiable destreza técnica. Una veintena de poemas breves, casi todos de una página, en lograda síntesis, le bastan para configurar un mundo interior donde bullen pasiones domesticadas, deseos latentes, recuerdos imborrables, junto a rituales cotidianos, homenajes a figuras admiradas e intertextualidades sutiles. Lo primero que seduce es la adorable presencia del cuerpo femenino en imágenes, posturas y desplazamientos en el reducido circuito de la casa. Un erotismo a flor de piel se instala desde el primer poema (“Ritual”), cuando la mujer descubre, en el agujero de su media de seda —material que evidencia su condición social—, el vacío y la carga de soledad que arrastra. 
En los poemas de este libro la mujer piensa y se piensa, en un fluir incesante que la lleva a cuestionar su entorno. Es la mujer pudiente, esplendorosa, rodeada de seguridad, incapaz de enfrentarse a la locura, el espanto, la indiferencia y el desvalimiento (“Oblea”); la mujer que retorna al origen en busca del encuentro primigenio de la pareja y emplea la lengua como instrumento exploratorio de zonas y parajes intocados. Y éste es otro de los rasgos distintivos del libro: el imperio de los sentidos. Es una fiesta interminable de roces delicados, olores sensuales, imágenes provocativas y sonidos familiares. Así, lo sensorial activa emociones y recuerdos, convirtiéndose en instrumento ontológico: Marco mi territorio con la lengua, / La tierra de carne y hueso donde retoña el instante / hasta abrir los cauces de la eternidad. (“Primer encuentro”).
El cuerpo se enseñorea de principio a fin en el libro, y hay poemas  (“Zoología”), en que asistimos a la aventura de formas y partes escrutadas, un terreno explorable que deleita y complace, en una dejadez que es parte del ritual de los cuerpos ajenos a toda inquietud o sobresalto. El olor inconfundible, el rastro de los humores, el contacto de los labios, no conducen necesariamente a la entrega absoluta, y pese a que el “otro” puede representar una “tabla de salvación para el naufragio”, siempre hay una reserva, un distanciamiento para eludir la sumisión. A veces el cuerpo es también objeto de reflexión sobre la decadencia femenina y la muerte (“Trofeo”).
Algunos poemas (“Desnudo”) permiten revelar lo que queda de aquella mujer incontenible del pasado. Ahora es una mujer madura en la que palpita un corazón inmenso que se ofrece como albergue al amado. En el gineceo habita la que reflexiona mientras espera. La casa es refugio donde los cuerpos se unen. Y la cama  no es sólo un espacio para yacer y dormir, sino para la entrega y la contemplación, la lucha de cuerpos que se necesitan, como en un mar embravecido y quemante donde el cuerpo del otro, de nuevo se vislumbra como balsa salvadora para una mujer indefensa (“Una cama no es una cama”).
En Las estaciones íntimas nos sumergimos en un universo vegetal, líquido y húmedo, donde el cuerpo es transformado en agua navegable de corrientes tranquilas que se mueven sin cesar (“Aguas profundas”). Se da también, a través siempre de los sentidos, una exaltación del arte culinario, una especie de sensualidad que se desprende de olores de especias y pescados, fragancias de vino y frutas, incluso de la ardua faena de crear manjares como se escriben poemas: Arrancarle la piel a la cebolla. / Desafiante / sobre la tabla de cocina / como en el poema / la palabra. (“Clase de cocina”). Hay un espacio soberano —la casa—, donde las mujeres reinan, entregadas  al ceremonial cotidiano, y cada una —madre, tías, abuela—, con sus atuendos y temores, sus fórmulas y mecanismos de supervivencia, es una mujer vacía y desesperanzada. Es así como la muerte acecha en los manjares de la cotidianidad —el chillo, los ajíes, las cebollas, el vino—, en una verdadera apoteosis de la vida a través de los placeres de la mesa, antes de morir. (“Nocturno festín”)
Siempre me ha llamado la atención la insensibilidad, por así decirlo, de nuestros escritores hacia la música. En muchísimos años asistiendo al teatro, se cuentan con los dedos de una mano los escritores asiduos a conciertos y recitales, movidos por su amor a la música y no por simple compromiso social. Algunos poetas lucen increíblemente sordos a las bondades de la música, mas esa indiferencia se paga caro a la hora de construir un soneto o un poema de versos libres. Soledad es una honrosa excepción en ese panorama y lo prueba con su libro Las estaciones íntimas, en el que ha puesto una cuidadosa atención al ritmo y las cadencias interiores, al fraseo, la melodía, la selección y yuxtaposición de palabras, arriesgándose incluso a destruir la armonía compositiva mediante el uso reiterado de palabras esdrújulas, tan peligrosas en cualquier poema. (“Nocturno festín”, “Misterio de Fez”).
En los homenajes a Manuel Rueda y Franklin Mieses Burgos —dos maestros entrañables que tuvieron “oídos” únicos para la poesía—, Soledad convierte la música no en simple leit motif, sino en fundamento del ser que escapa del  tedio cotidiano; la mujer que intenta salir del laberinto y encontrar la salida. Sólo la música convierte lo baldío en fértil y lo yermo en vivo: Música, sálvame de la vigilia estéril / entrégame la clave para abrir los laberintos, / la melodía que germina el milagro (“Por la música”). O bien es una búsqueda de identidades, a través de esa música que está en la amalgama original de nuestro pueblo, y que indica atracción por esa dinámica primaria que nos pone en la ruta de los instintos, el aturdimiento y el dolor de la “otredad” a la que nos acercamos hipnotizados (“Merengue final”). En el poema que da título al libro, el homenaje a Marguerite Yourcenar —otra presencia tutelar en la obra— sirve de pretexto para revelar el significado profundo del alejamiento: ese ostracismo voluntario de la extraordinaria escritora francesa en la isla de Main, Estados Unidos; su opción por la vida simple, junto a la naturaleza virgen, esa búsqueda de eternidad en la imagen del río que fluye, la sucesión infinita de la vida y la muerte.
Las estaciones estallan con toda su fuerza en cada página. En primavera, la felicidad es una flor en el silencio. En verano, los frutos en sazón expresan abundancia, mientras el incendio de los cuerpos por el deseo desemboca en la entrega.  Hay, pues, vasos comunicantes entre erotismo y naturaleza: Ah, si como a los frutos el verano madura el deseo.
Con el otoño se abren de par en par las ventanas del tiempo. Más bien, el recuerdo, sin rostros, de otro tiempo. La quietud de la estación templada ofrece un refugio seguro donde todavía puede sentirse el calor de brasas entre las cenizas. Y en el invierno, en medio de paisajes serenos, lluvias incesantes y olores familiares que invaden los rincones, el recuerdo retorna pertinaz: abrigo del recuerdo ovillándose en sí mismo, / evocada plenitud, cuando todo termina. En este hermoso poema en cuatro partes, Soledad logra elevar su voz a considerable altura, con un refinamiento y una mesura admirables que convierten el poema —cincelado con apasionada ternura— en una exquisitez.
Como en una partitura, además de palabras para sentir y pensar, en el libro está presente el silencio, que es tan elocuente como el sonido. Un silencio fecundo que la autora emplea para buscar formas suspendidas en el tiempo, escribir un poema, nombrar las cosas.  Silencio para evocar, con palabras reveladoras, la historia de un desamparo: Escribo silencio y la página es una casa de salones vacíos / grande como la muerte de las ballenas / donde una niña sola grita su nombre / Soledad    soledad. (“Variaciones del silencio”, II).  Silencio de sí misma, que la hace retornar a los hombres amados, a la ciudad de su juventud, a la ciudad de posguerra, la misma de los versos dolientes de un  René del Risco desencantado, que le hace guiños desde el espacio inmenso de la eternidad.
En uno de los últimos poemas de Las estaciones íntimas (“Misterio de Fez”), la visita a la lejana capital marroquí incita a la curiosidad. Allí, el culto a lo sagrado es indisociable de la sensualidad pagana y los sentidos se enardecen ante la mirada de escenas callejeras y el festín de sabores y olores exóticos en esquinas y rincones, en contraste con el paisaje marino de nuestra isla, donde el azul es obsesión y avidez de inmensidades (“Portillo”). En el breve poema final (“Preguntas”)  se agolpa el sentido de la vida, un trayecto surcado de sueños y olvidos.
En los últimos tiempos, gracias a la generosidad de un poeta español, amigo mío, he podido conocer la obra poética de las nuevas promociones de escritores ibéricos, a veces con agradables descubrimientos, es cierto, otras con desencanto. Pero no recuerdo una voz que haya dejado en mí una impresión perdurable, ni un conjunto de poemas que pueda equiparar con los contenidos en Las estaciones íntimas, que es no sólo un libro memorable —por su acabada factura compositiva, la selecta precisión, la diafanidad verbal—, sino el mejor libro de poesía que he leído en muchos años.
Al hacer esta segunda entrega, Soledad Álvarez contrae con sus lectores el ineludible compromiso de continuar publicando su obra, para placer de todos y en beneficio de la cultura dominicana y las letras hispánicas.
Por 
info[@]hoy.com.do 
08 julio, 2006

17 de junio de 2016

Soledad Alvarez


 Premio Nacional de Poesía Salomé Ureña de Henríquez", 
por  la obra  "Autobiografía en el agua"


DECLARACIÓN

Juro vivir mi vida
sin treguas
armada hasta la muerte
sin aflicciones ni miserias
con mis culpas y derrotas bien lavaditas
y aireadas   vivir
sin torturadores o con ellos
pero sin pie para la traición
sin santos ni sobornos
sin traidores o con ellos
pero sin pie para la traición
vivir   amor
aunque me rompa el alma
pasajera de desastres
ventrilocua de lo indecible
contrabandista de valijas rotas
de amores y contramores
aunque me toque la muerte
aunque me claven las uñas
vivir con lentitud o con demencia
con la luz o sus negruras
ahora y después
hasta ganar la batalla.


MOMENTO

Duele el gozo que propones
de quedarme quieta
sin respiros ni suspiros
sin delicias de desnudo
sufrirte llama cuando me quemas
pero qué alivio cuando me haces
agüita de yerbabuena
en el justo momento que tus manos
caen sobre mis senos
y se escapan buganvillas
y flamboyanes
relojes de mares y no de arena
turbados camafeos familiares
augurios y ceremonias
los mil y un nombres ilustres
que le han dado a esta franca unión
de cuerpo a cuerpo
de alma a cuerpo
de labio
que dolería más si resistiera
el dócil camino que le señalas.
Quedarme presa en esta furia
quiebra de todos los rompientes
presos en este prendiapaga
en el compás de la danza antiquísima
que seguimos
hasta la redondez de su misterio.

DEL AMOR CORTÉS
I
Dos árboles y dos palmeras inician la crueldad de la noche
Prendo las lámparas de aceite
y te invito a cruzar el puente levadizo de la locura
Nos reciben bufones con caperuzas y cascabeles
juglares y trovadores inventan metáforas como requiebros
delirios que hacen transparentes mis enaguas
Yo estoy desnuda en el centro de esta agua nocturna
y tú eres hermoso
y comienza el festejo


II
Desde la techumbre almenada que brilla
un río de iridiscencias rumorosas nos envuelve
La noche es un solo resplandor de hojas y alabastros
La noche es un pifano arrebatado una música que no termina
Allí los perros persiguen a un caballero
disfrazado de lobo para alegrar a su dama
florecen tréboles de cuatro hojas
surtidores y aljibes con olor de malvas y rodaballos
Allí el banquete de volaterías la danza el vino como de ámbar
Aquí arde el verano y también yo pero en mi propia llama
ceremonia de consagración en el último resplandor del sueño
Tu mano borra lo que mi deseo manda
al tiro de la ballesta    flecha
y entonces estocada.

Soledad Alvarez nació en Santo Domingo, el 12 de noviembre de 1950. Estudió Filología, con especialidad en Literatura Hispanoamericana, en La Habana, Cuba. Trabajó junto a Manuel Rueda en el suplemento cultural «Isla Abierta», del periódico Hoy. Es autora de De tierra morena vengo (1986) y Vuelo posible (1994) uno de los libros de poesía más originales publicados en la República Dominicana durante los útimos treinta años. También ha publicado La magna patria de Pedro Henríquez Ureña (1980), Ponencias del Congreso Crítico de Literatura Dominicana (1994) y Complicidades (1998)

16 de junio de 2016

De la ceniza a la flor




(I)

Fue tu mirar silencio oscuro
una sombra floreada de misterios
que el año trajo en su plumaje frio.

Alfombra entre las nubes
sonrisa entre las flores
coros de multitudes en el cielo.

La paloma ya no trae los mensajes
se fueron con la brisa de la playa
y quedaron las piedras con su brillo.

La noche se congela sin un grito
la ternura utopía que no vuela
esperando la luz de las tinieblas.

(2)

En torno a la silueta está tu nombre
grabado en letras largas
con tinta de la selva.

Hoy miro tus cabellos
peinados por el tiempo
esperando mis manos en silencio.

Mi pensamiento es tuyo
y tu voz es mi boca
que te llama con besos.

La despedida, nunca
bienvenida, tal vez
ahora y en la hora, amén.

(3)

De cuando en vez de vez en cuando
sigo pensando en ti
muriéndome de años.

Desojar margaritas, para que?
Si el amor no es ruleta
ni el cariño ajedrez.

Y tal vez hubo fuego
y cenizas no quedan
que tiznen este verso.

®  Francisco Henriquez Rosa