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10 de febrero de 2012

Julia de Burgos



Media noche

Se ha callado la idea turbadora
y me siento en el sí de tu abrazo,
convertida en un sordo murmullo
que se interna en mi alma cantando.

Es la noche una cinta de estrellas
que una a una a mi lecho han rodado;
y es mi vida algo así como un soplo
ensartado de impulsos paganos.

Mis pequeñas palomas se salen
de su nido de anhelos extraños
y caminan su forma tangible
hacia el cielo ideal de sus manos.

Un temblor indeciso de trópico
nos penetra la alcoba. ¡Entre tanto,
se han besado tu vida y mi vida...
y las almas se van acercando!

¡Cómo siento que estoy en tu carne
cual espiga a la sombra del astro!
¡Cómo siento que llego a tu alma
y que allá tú me estás esperando!

Se han unido, mi amor, se han unido
nuestras risas más blancas que el blanco,
y ¡oh milagro! en la luz de una lágrima
se han besado tu llanto y mi llanto...

¡Cómo mueren las últimas millas
que me ataban al tren del pasado!
¡Qué frescura me mueve a quedarme
en el alba que tú me has brindado!



 Alba

¡Oh la noche regada de estrellas
que envió desde todos sus astros
la más pura armonía de reflejos
como ofrenda nupcial a mi tálamo!

¡Cómo suena en mi alma la clara
vibración pasional de mi amado,
que se abrió todo en surcos inmensos
donde anduve mi amor, de su brazo!

La ternura de todos los surcos
se ha quedado enredada en mis pasos,
y los dulces instantes vividos
siguen, tenues, en mi alma soñando...

La emoción que brotó de su vida
-que fue en mi manantial desbordado-
ha tomado la ruta del alba
y ahora vuela por todos los prados.

Ya la noche se fue; queda el velo
que al recuerdo se enlaza, apretado,
y nos mira en estrellas dormidas
desde el cielo en nosotros rondando...

Ya la noche se fue; y las nuevas
emociones del alba se han atado.
Todo sabe a canciones y a frutos,
y hay un niño de amor en mi mano.

Se ha quedado tu vida en mi vida
como el alba se queda en los campos;
y hay mil pájaros vivos en mi alma
de esta noche de amor en tres cantos...



 VIAJE ALADO

Hoy me acerco a tu alma
con las manos amarillas de pájaros.
La mirada corriendo por el cielo,
y una leve llovizna entre mis labios.

Saltando claridades
he recogido el sol en los tejados,
y una nube ligera que pasaba
me prestó sus sandalias de aire blando.

La tierra se ha colgado a mis sandalias
y es un tren de emoción hasta tus brazos,
donde las rosas sin querer se fueron
unidas a la ruta de mi canto.

La tragedia del mundo
de mi senda de amor se ha separado,
y hay un aire muy suave en cada estrella
removiéndome el polvo de los años.

Hasta mi cara en vuelo
las cortinas del mar se me treparon,
y mis ojos se unieron a los ojos
de todas las pupilas del espacio.

Anudando emociones
sorprendí una sonrisa entre mis manos
caída desde el pájaro más vivo
que se asomó a mirar mi viaje alado.

Por encima del ruido de los hombres
una larga ilusión se fue rodando,
y dio a inclinar la sombra de mi mente
en el rayo de luz de tu regazo.

Como corola al viento,
todo el cosmos abrióseme a mi paso,
y se quedó en el pétalo más rosa
de esta flor de ilusión que hasta ti alargo...



Julia de Burgos (17 de febrero de 1914 - 6 de julio de 1953), nacida en Carolina, Puerto Rico es considerada por muchos críticos como la más excelsa poeta nacida en Puerto Rico.

6 de enero de 2012

 

Carta de una mujer perfumada


Para escribir cartas de amor
no es necesaria
la cautela
ni el orden
ni encontrar la perfecta esquela
tan sólo encender la lámpara
como se enciende el cuerpo del amor.
Untarse toda,
perfumarse toda
de mieles y sortilegios
elegir la caligrafía más desvelada,
la más humilde.
Entonces, se extiende
se acaricia el empeine de sus plumajes
y comienzan a recogerse las palabras
como el deseo del amor.

II

Para escribir cartas de amor
es necesario estar reposada
elegir las palabras como si fueran banquetes clandestinos
vestirse toda de rojo, color deseo, color relámpago
y decir: en esta tarde arrodillada de luz
yo te amo, te entrego un manojo de suaves palabras
como la llave de mi alma

III

Me ilumino toda al nombrarte
nada se pierde
con llamarte en el bosque fallido
con escribirte como sonámbula como
maga toda vestida
de verde
escribir
más que una carta de amor
basta con extender mi mano hacia la tuya
es esa la
vigencia
del perfume.

Marjorie Agosin

20 de noviembre de 2011

Adios Elena Tamargo



La escritora cubana Elena Tamargo falleció hoy al amanecer en Miami. Tamargo, de 54 años, había luchado durante varios años contra el cáncer a la vez que se mantenía activa en la vida cultural de la ciudad, y seguía escribiendo poesía además de crítica de teatro

Nació en La Habana, Cuba (1954). Poeta y escritora. Recibió el Premio Nacional de Poesía de la Universidad de La Habana en 1984 por su libro Lluvia de rocío, y el Premio Nacional de Poesía "Julián de Casal" de la Union de Escritores y Artistas de Cuba en 1987 por Sobre un papel mis trenos. Estudió Germanística y Filología en la Universidad de La Habana y realizó estudios de posgrado en la Universidad Lomonosov de Moscú y la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México. Su preocupación por la memoria, sobre todo en el drama exiliar, la ha llevado a investigar el tema en poetas como F. Hölderlin (del cual es traductora), Marina Tsvietáieva, Anna Ajmátova y Juan Gelman. Ha publicado el poemario Habana tú (México, 2000) y el libro de texto y crítica Juan Gelman: poesía de la sombra de la memoria (México, 2000).




HABANA TÚ

Y hoy está crecido el mar
no es que la marea suba por un hecho natural
es que llora Yemayá
Juan Formell
De niña, entre las grietas de la tierra
buscaba en ti mi aurora
a semejanza mía, a semejanza tuya
cuerpo oscuro y esbelto de mi sueño.
Puras ante la espera las imágenes
emisarias de la tarde que caía
pegada a su horizonte.
Tenías en secreto tu espigón de metales
inclinada en tu borde busco el ancla perdida
te busco en el regreso, estás llena de pájaros
vuelve a secar tus manos y cuéntamelo todo.
Era esto el abandono y lo sabías.
Óyeme estos lamentos que me salen ardiendo
yo sólo te deseo.
La sombra de aquel tiempo en ti misma entrevista
con inútil ternura
y tú me dabas fuerza
rendida y dócil como el mar sabe serlo.


SINCOPADA O FUERA DE TIEMPO

Todos los días se matan en La Habana
dos millones de gatos y quinientos caballos.
Quinientas yeguas solas sostienen el rencor de su dureza
se abrazan
en la pira arrogante del león babilónico.
Trasgos de sangre suspenden el azul y el animal del trópico
se agota.
Diez millones de vacas ya murieron
tres mil palomas agonizan
y el olor de los lirios se deslíe
en un prurito de ácidas hormigas.
Los ciudadanos temblando se repliegan
a construir el escenario de la nada
si no quedan caballos ni lenguas ni jazmines
si los trenes de leche detuvieron su paso
donde cantaba la belleza
y ahora se escuchan los terribles quejidos de las vacas
si los lirios, los gatos, las palomas
son animales muertos.
Pero yo no he venido a ver el cielo
cómo voy a ordenar pedazos de paisajes
ordenar los amores que son fotografías
y luego tambor tosco, bocanada de sangre.
Ay, voz lejana
ay, voz de la sordera
estás aquí bebiendo mi humor de niña muerta
quiero llorar mi talco, como lloran las niñas
porque yo no soy ni mujer ni poeta ni azucena
soy el agua y el vino y el aceite
una llaga tal vez que debe al fuego
y me andan buscando.


COMPÁS DE ESPERA

Mi pasado está invadido
y lloro lentamente.
Me ha llenado de miedo una noche en el Neva
me ha llenado de fe una tarde en Bakú.
Se quedó Samarcanda como alguna promesa
y la calle de Arbat para soñar a eszenin
siempre, siempre.
Erré como torcaz
aplastada en la calle por un caballo ciego.
me dan miedo mi pueblo y sus hombres
mientras Jesús del Monte se derrumba en silencio.
Una ciudad de espejos y banderas
y su empinada ronda de tenores.
Yo regreso a mis pájaros
al pequeño amarillo que no canta.
Ya no tengo balcón ni noches junto al mar
y otra campana traza mis compases de espera.
Estorbo como estorban los almendros
y en el farol se queman algunas mariposas.
Ciudad y almendro y yo
ay, qué desgracia.


ALGO DE MENOS

Esta tarde yo olía a una ciudad de invierno
a vela derretida, a leños en la estufa.
Esta tarde
todos pasan a echar de menos algo
a consultar mis manos
y en mi reja dejar cosas ajenas.
Quién ha estado esta tarde en el umbral
que me ha puesto tan triste
sin mi golpe de luz
sin mi santa cruzada de polvo y desconcierto
de pan fresco y loción.
Que traspase el zaguán de mi extravío
y me cubra y me ampare
de tanta frialdad
aquel que se ha llevado de mi horno el alma.


HABANERA YO

Soy otra vez muchacha en el invierno
y nadie me regala una gardenia.
Pero al regreso de mis lunas
ahíjo taciturna del fondo de la calle
casi feliz, aletargada
bajo esta piedra roja.
Retozo como un campo de caña florecido
es la herencia adecuada de una mujer despierta
un sueño desprendido del cuerpo que lo ha usado.
Los lirios de Rosita
mis únicos testigos
esperan la lechuza
en el silencio mío del oeste.
Vuelvo en la medianoche de este invierno
acércate a escuchar mi tambor y mi oboe
acércate con riesgo de hechizarme.
Ciudad, ciudad
no mates mi manía de ser bella
de pasearme desnuda y cepillarme el pelo.
Ciudad con pajaritos y cisternas
el probable lugar donde acabó una historia.
Ay, mi ciudad
mi pasto
mi sitio recurrente
a la hora en que duermen las palomas.
Ciudad que has bendecido mis vigilias
arrástrame hacia el mar
sin farolas ni víctimas
con algas en mi pelo
y en tu pelo sal.

20 de octubre de 2011

Crucero de hambre




A los dominicanos que mueren
 en alta mar tratando de llegar
a Puerto Rico.

Se comieron el mar
bebiéndose las piedras,
se alejaron las costas
desnudas de cangrejos.

Nubes amotinadas,
como cocos heridos
secuestraron la luna
que guiaba las balsas.

Las piedras no brillaban,
la arena se encendía,
la isla se enterraba
con el color del frío.

Las tripas anunciaban
escandalosos truenos
el hambre se hizo diosa
del mar y las miradas.

No cruzaron jamás
el amplio enredo
se convirtió la balsa
estropajo de hielo.

Los gritos de burbujas,
los adioses quebrados
mordidos por dos islas:
de Encanto y desencanto.

® Francisco Henriquez
® Ilustracion Hamlet Zurita

19 de octubre de 2011

Plagios y robos literarios


NERUDA RECONOCIÓ QUE EN SU CASO EL PLAGIO FUE UN PECADO DE SU PRIMERA JUVENTUD

Manlio Argueta
San Salvador

En los albores de la información tecnológica, se tuvo como primer extraterrestre insigne a un poeta fenómeno por su temprana edad, como lo había sido Darío: Pablo Neruda, que en su prestigioso “Veinte Poemas de Amor y una canción desesperada” comenzó con un traspié, el poema 15 es una idea íntegra del Nobel Rabindranath Tagore. Años después, el poeta uruguayo Carlos Sabat Ercasty acusó a Neruda de plagiar un poema suyo que el chileno publicó como “El hondero entusiasta”. En ambos casos, hubo razón de la denuncia, aunque Neruda reconoció que solo fue una inspiración en sus maestros.

También se acusó a García Márquez de plagio por “Cien años de soledad”; de la obra “En Búsqueda del Infinito”, de Balzac, la denuncia la hizo otro Nobel, Miguel Ángel Asturias. Y a otro Nobel, Mario Vargas Llosa, se le denunció de plagio por “La guerra del fin del mundo”, basado en “La Guerra de los canudos”, del brasileño Euclides da Cunha.

Denuncias que a ninguno de ellos les resta grandeza, pues las confesaron como pecados de juventud, en el caso de Neruda; o de exagerada investigación policial literaria en el caso de García Márquez y Vargas Llosa.

Lo inexplicable son los plagios del peruano, presidente del Premio Alfaguara en España Alfredo Bryce Echenique a quien conocí en París. Me interesó siempre por una novela con un personaje principal, una salvadoreña que trabajó conmigo como ilustradora de libros infantiles, cuando fui director de la Editorial Universitaria Centroamericana. Escribiré más sobre esta novela, vale la pena.

Hace tres años a Bryce se le acusó de plagiar a 16 periodistas de diversos países, con trabajos sacados de internet. Fue condenado judicialmente a pagar los derechos de autor, algo mortal para cualquiera.

El caso extraño de Echenique se parece al suceso de un salvadoreño, Mario Hernández Aguirre, quien siendo secretario privado del presidente José María Lemus, ganó un premio nacional de poesía con un plagio total del argentino José Portogalo: “El hombre del alba”, dedicado al filósofo José Carlos Mariategui; Mario Hernández tituló su poema como “El hombre a quien la aurora señalaba”, dedicado al maestro Masferrer. En el descubrimiento tuvo que ver el poeta exiliado guatemalteco Otto René Castillo y mi persona que dirigía un periódico universitario. Castillo me mostró las dos obras similares y decidí publicar las versiones, Hernández solo cambiaba cinco palabras. La presidencia de la república sacó un comunicado, diciendo que era una falacia para desestabilizar a su gobierno, y que sabía que el argentino plagió al salvadoreño.

Reproduje en el mismo periódico estudiantil la portada del libro argentino con año de publicación. Mario no había nacido. Nobleza obliga, el coronel Lemus le pidió la renuncia; aunque lo envió con un cargo diplomático a París, ciudad que en las varias visitas que hice estuve tentado de encontrarlo para que me explicara por qué una persona con una carrera diplomática desde joven, con estudios en Europa, había llegado a extremos de delito intelectual.

Nunca lo busqué. Además sucedió algo peor que hundió al compatriota. Desde París ganó el premio centroamericano más importante organizado en El Salvador de la época, con sus ensayos “La rama verde”. Los jurados eran personas maduras, no jovenzuelos como Otto y yo. Al darse cuenta del nombre del ganador, hicieron público la anulación del premio. Estoy seguro de que esta obra no era un plagio, pero los jueces fueron implacables. Tuve tacto en no atreverme a abordar a Hernández, preferí quedarme con el misterio inexplicable.

Si no eres creativo, confórmate con lo que Dios te da.

Fuente: Listin Diario

9 de octubre de 2011

Chismes de famosos escritores


Pasiones, odios y miserias de los monstruos sagrados de la literatura. Historias de golpes, celos, provocaciones y excesos con el alcohol.
Por Mónica López Ocón

Existen géneros literarios considerados menores, marginales. Tal es el caso de las recetas de cocina, los horóscopos, la amplia gama de predicciones que van desde el milenario tarot a los mensajes cifrados del chicle Bazooka. Muchos de ellos, sin embargo, han sido reivindicados por grandes escritores como Günter Grass que, en “El rodaballo”, ha rescatado la receta de cocina de su desprestigiada existencia hogareña, para hacerla refulgir en un maravillosa historia basada en la enumeración de ingredientes y procedimientos culinarios. Ítalo Calvino, por su parte, elevó al tarot a la categoría de máquina generadora de historias en “El castillo de los destinos cruzados” y “La taberna de los destinos cruzados”.

Al chisme, en cambio, parece ser la televisión quien mejor lo ha explotado.

Edgardo Cozarinsky, autor de “Museo del chisme”, lo reconoce, sin embargo. como una forma “plebeya, incipiente, de literatura” que, como todo género, tiene sus propias reglas: “Puede concebirse que se cuente una trivialidad de un alguien prestigioso, o un algo insólito de un sujeto oscuro; difícilmente, una trivialidad de un desconocido, y no es frecuente que coincidan personaje y proeza”. Además, el chisme se caracteriza por tener vocación de leyenda: nunca se sabe bien cuál es su fuente y, dado que es, sobre todo, un género oral, nunca se repite de manera idéntica. Otra de sus marcas distintivas es que, para ser bien sabroso, tiene que ser políticamente incorrecto: tiene que hacer quedar mal a su protagonista o a un tercero. Por eso es que los chismes referidos a los “monstruos sagrados” tienen tanto púbico: permiten asomarse al “lado oscuro” del quien siempre muestra su lado claro.

Los chismes sobre Gabo. El libro de Cozarinsky no es el único empeñado en darle al chisme un status literario. “De cuando Mario Vargas Llosa noqueó a Gabo”, de Luis Fernández Zaurín, cuenta casi 300 chismes relacionados con escritores y “Borges” de Adolfo Bioy Casares puede ser leído como un compendio monumental –tiene más de 1.600 páginas– sobre su relación con Borges en la que no faltan los chismes sobre él y sobre otros personajes de la cultura, muchos de los cuales resultan destruidos por el comentario mordaz, por esa ironía hiriente que se reserva sólo para la intimidad.

La anécdota que le da título al libro de Zaurín, según parece, tuvo lugar hace más de treinta años y tiene como protagonistas absolutos a dos de los máximos exponentes del boom “latinoamericano”. En 1976, Vargas Llosa y García Márquez confluyeron en México en una sala en la que se proyectaba “La odisea de los Antes”. Al terminar la proyección, “Gabo” se acercó al autor peruano para saludarlo y recibió a modo de respuesta una trompada en el mentón que lo dejó tendido sobre la alfombra poniendo de manifiesto una inesperada agresividad de su colega. Antes de asestarle el golpe que lo derribó dejándole el ojo morado, el escritor peruano habría dicho: “¿Cómo te atreves a querer abrazarme después de lo que hiciste a Patricia en Barcelona? Patricia era su esposa. “Algunos cronistas explican que Vargas Llosa –dice Zaurín– había abandonado a su familia para perseguir a una modelo norteamericana (…) y Gabo, tratando de consolar a su mujer, Patricia, le aconsejó pedir el divorcio y tomar acciones legales por abandono del hogar”. Cuando en el 2000 Vargas Losa presentó su libro “La fiesta del chivo”, le preguntaron sobre ese lejano encontronazo con Gabo, respondió que era mejor dejar el tema a los historiadores. Es posible que si no los hubiera separado aquel suceso, igual habrían terminado separándolos sus diametralmente opuestas posiciones políticas.
Otros autores latinoamericanos. El mexicano Juan Rulfo y el uruguayo Juan Carlos Onetti tenían varias cosas en común, lo que explicaría la amistad que mantuvieron y la alegría que les daba encontrarse en los congresos de escritores. No sólo se convirtieron en dos autores insoslayables de la literatura latinoamericana, sino que a ninguno de los dos les bastó la literatura y la fama que obtuvieron con ella para aplacar la angustia de existir. Ambos, además, necesitaron del alcohol. Zaurín dice que Rulfo, con frecuencia, protagonizaba “desnudos involuntarios”. Bebía de una forma tan desmedida que a menudo lo encontraban dormido en las veredas de Ciudad de México; “Su estado de inconsciencia era tan profundo que la cantidad de alcohol que corría por sus venas le imposibilitaba darse cuenta de que le robaban la ropa”. Cuando se encontraba con Onetti en algún congreso, su forma de comunicación más habitual era el silencio. Ambos se sentaban frente a frente, botella de whisky de por medio, y se miraban a los ojos sin decirse nada, porque el alcohol hacía innecesarias las palabras.
A Pablo Neruda no sólo le gustaban los mascarones de proa y los caracoles, sino también los perros. María Rita Figueira da cuenta de su pasión perruna en “Los ladridos de la Historia”, más precisamente en el capítulo “Es tan corto el 'guau' y tan largo el olvido”. A fines de la década del '20, el poeta chileno partió a Asía. Allí fue cónsul en Birmania, Ceilán y en Yakarta, que en ese momento pertenecía a las Indias holandesas, hoy Indonesia. Allí tuvo un perro que se llamó Cutaca. Un mucamo fiel y exageradamente amable se ocupaba de la alimentación del perro y continuamente interrogaba al poeta sin que este entendiera lo que quería decir. La lengua era una barrera infranqueable. Luego de varios días de distracciones, compromisos y viajes, el cónsul poeta se enteró de que Cutaca había muerto. El inentendible interrogatorio del mucamo al que Neruda no le dio importancia estaba referido a la dieta del animal y como las preguntas quedaron sin respuesta, el perro murió de hambre. Lo sucedido sólo puede entenderse dentro de los parámetros de una cultura en la que la obediencia a los superiores es un mandato tan fuerte que prima sobre el sentido común. De la anécdota es posible extraer por lo menos dos moralejas. Hay situaciones en que resulta imprescindible tomar decisiones por cuenta propia. Además, es sumamente útil saber idiomas.
Made in Argentina. En la casa de Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo, Jorge Luis Borges conoció a Estela Canto, una escritora y traductora de la que se enamoró. Ella fue la inspiradora del famoso cuento “El Aleph” y la poseedora del manuscrito original que Borges le llevó para que lo pasara a máquina. Bioy cuenta en “Borges”: “Estela quería que Borges se acostara con ella. Una tarde, en la calle, se lo dijo brutalmente: 'Nuestras relaciones no pueden seguir así. O nos acostamos o no vuelvo a verte'. Borges se mostró muy emocionado, exclamó: 'Cómo, ¿entonces no me tenés asco?' y le pidió permiso para abrazarla. Llamó a un taxi. Ordenó al chofer: 'A Constitución', y agregó, para Estela: 'Vamos a comer a Constitución. We must celebrate'”.

Borges, según parece, era muy enamoradizo, pero la mayoría de las veces no era correspondido. Bioy cuenta su amor sin esperanza por otra escritora: “Borges estaba muy enamorado de Silvina Bullrich. Un día ésta le preguntó: '¿Qué hiciste anoche, cuando volviste del Tigre?´. Borges: 'Fui caminando a casa, pero pasé frente a la tuya: tenía que pasar frente a tu casa esa noche'. Silvina: 'A esa hora yo estaba en mi cuarto, en mi cama, con un amante'”.
A Bioy y a Borges no sólo lo unía una amistad hecha de amores literarios comunes, sino también de odios compartidos. Ambos detestaban a Ernesto Sabato. Dice Bioy en el libro citado: “Sabato también desaparecerá (antes se había referido a Mallea), sin dejar rastro, después de su muerte. Es curioso el caso de Sabato: ha escrito poco, pero ese poco es tan vulgar que nos abruma como una obra copiosa”. Borges agrega: “Nunca le tuve afecto”. Otras perlitas de Bioy referidas a las actitudes políticas de Sabato: “Ya verás, va a quedar como el hombre que protestó por las torturas. Va a quedar en la Historia como un negro Falucho” y “Borges me asegura que le ha tomado tanto odio a Sabato, que ya no imagina su cara tal como es, sino en caricatura”.

Como se ve, los chismes les restituyen a los escritores famosos el costado humano que les quita la celebridad.

Fuente: http://www.revista-noticias.com.ar

8 de octubre de 2011

Gallinero del libro dominicano en Nueva York

¿qué más se puede esperar de la mediocridad? Sería como pedirle peras al olmo; y las peras no se verían bien en ese magnánimo gallinero del libro dominicano que se celebra en Washington Heights.


Por José Carvajal

No hay nada más vergonzoso que la cultura administrada desde el oficialismo. Vergonzoso porque para gozar del beneficio de esa administración los intelectuales infelices tienen que doblegarse; deben convertirse primero en corderitos de líderes populistas que en la mayoría de los casos no generan ni siquiera un pensamiento consecuente con la errada política que practican.

Sin embargo, los únicos culpables de que la cultura caiga en manos del oficialismo son esos intelectuales desesperados por lograr con las relaciones sociales esa fama que nunca alcanzarán con las obras malogradas que acumulan en su historial de vida.

En ese panorama cae sin miedo a equivocarme la Feria del Libro de Nueva York, organizada por el Comisionado Dominicano de Cultura, y dedicada este año al ex jefe de esa dependencia del gobierno, Franklin Gutiérrez, que a lo próximo que aspira, sin lugar a dudas, es ganar el Premio Nacional de Literatura.

No pongo en tela de juicio la trayectoria académica del homenajeado, ni el aporte que haya hecho a la literatura dominicana, pues todo activista, por más malo que parezca, algo aporta a su alrededor, aunque sea una sarta de mediocridad intelectual en una obra cargada de imprecisiones y falta de vuelo creativo, como la de Franklin Gutiérrez.

Pero los trabajadores de la cultura que se sirven del oficialismo pierden todo derecho de cuestionamiento, y a veces carecen de una amplitud del sentido común que no los deja darse cuenta cuándo sus acciones rayan en lo ridículo. Porque ridícula fue la Feria del Libro de Nueva York dedicada a Jorge Piña, y ridícula es también ésta (del 7 al 9 de octubre) dedicada a Franklin Gutiérrez.

El año pasado la Feria se utilizó como una plataforma política para acercar más a Piña al oficialismo, y este año sería quizá la última oportunidad del actual gobierno dominicano para agradecer, mediante un homenaje ridículo, el aporte de Franklin Gutiérrez a la creación del mismo Comisionado Dominicano de Cultura.

Por supuesto, ¿qué más se puede esperar de la mediocridad? Sería como pedirle peras al olmo; y las peras no se verían bien en ese magnánimo gallinero del libro dominicano que se celebra en Washington Heights.