10 de febrero de 2013

Poesía de Francisco “Paco” Urondo


Francisco Urondo nació en Santa Fe en 1930. Poeta, periodista, académico y militante político, Paco Urondo dio su vida lunchando por el ideal de una sociedad más justa. "No hubo abismos entre experiencia y poesía para Urondo." –dice Juan Gelman– "corregía mucho sus poemas, pero supo que el único modo verdadero que un poeta tiene de corregir su obra es corregirse a sí mismo, buscar los caminos que van del misterio de la lengua al misterio de la gente. Paco fue entendido en eso y sus poemas quedarán para siempre en el espacio enigmático del encuentro del lector con su palabra. Fue –es– uno de los poetas en lengua castellana que con más valor y lucidez, y menos autocomplacencia, luchó con y contra la imposibilidad de la escritura. También luchó con y contra un sistema social encarnizado en crear sufrimiento."
Murió en Buenos Aires en junio 1976, enfrentando a la genocida dictadura militar. "Empuñé un arma porque busco la palabra justa", dijo alguna vez.

Como bola sin manija

puedo ir para un lado
puedo ir para otro lado
encontrar estuarios pálidos cisnes quietos
buques mansos que como a las nubes
me llevan de un lado para otro lado

puedo dar con lugares apacibles
o sombras excitantes
la primera piel de una mujer
el aroma de una mujer el sonido de una fiesta
puedo beber de cierto cuidado y enfermarme levemente
y sentir en las sábanas el olor del sol

puedo llegar a tener suerte en el juego y en la vida
puedo cambiar de vida y de nombre
puedo peinarme de otra manera
y vestir como nunca lo hice

puedo sorprender
ser irascible o piadoso
comprensivo con las mujeres
o despiadado con sus increíbles sentimientos

puedo como antaño volver a enamorarme
puedo padecer por un vago recuerdo
o tirar todo por la borda
o no soportar la memoria

–hoy te he recordado vagamente–
puedo reír y cantar
divertir a la gente
y esperar a que todos estén completamente locos
y ya no parezca tan divertido

puedo envejecer y enmudecer para siempre
y decir palabras sin mayor fundamento
puedo gozar de placeres fáciles y complicados

–eras alta antes de conocerte
y hoy no he recordado tu nombre
y pienso que otro día podré humillarlo–

puedo tener rasgos bondadosos
arranques de conmovedora caridad
puedo echarme a perder
o tener más hijos como si ofreciera
el más estupendo y bonito de los mundos posibles

puedo ambicionar una amplia fortuna
hasta puedo trabajar o pensar en el as de oro
o seducir a una adolescente frágil-como-un-pétalo-de-agosto

puedo hacer viajes exóticos morder la espesura de un follaje
jugar mi vida por unos diamantes impuros
o por lánguidos ojos saturados de sabiduría

puedo emborracharme aquí o en el extranjero
y caer exhausto en la turgencia de un muslo
o en el filo de una dudosa alcantarilla

puedo investigar o escribir luminosos párrafos
que abrirían por sí el futuro
puedo ser un intelectual responsable o desaprensivo
firmar o no firmar traicionar o jugar a la lealtad

puedo ser adorado
puedo ser odiado
tener amantes
distintas en su belleza singulares en sus caprichos
o no tener a nadie
y no guardar un solo recuerdo

puedo rechazar la ternura
o mendigarla como hace unas horas
puedo vivir alternativas viejas o recientes
fáciles y peligrosas

puedo elegir mi destino
aunque no sepa darle forma adecuada
ni por dónde empezar

puedo imaginar el tiempo que desconozco
luchar por esa o por otra dulce aspiración
puedo olvidar

–hoy no he podido recordar tu nombre–
de la memoria puedo imaginar las interminables apuestas
y sus mañas de vieja tramposa
puedo no pensar en que distribuye los signos
de ese futuro tangible y ajeno



El ocaso de los dioses

No hay nadie en la calle, en los ruidos húmedos, en el
      vuelo de las hojas y mis pasos quieren reiniciar
      las maderas de la adolescencia.

Pero todo está abandonado, no hay nada que pueda
      favorecernos; ningún aire de inconsciencia, ningún
      reino de libertad. Sólo hábitos tolerantes haciendo
      crujir nuestra memoria. "Ha estado bien", decimos.

Dueños del incendio, de la bondad del crepúsculo,
      de nuestro hacer, de nuestra música, del único
      amor incoherente; soberanos de esa calle donde los
      tactos y la impresión hicieron su universo.

Las sombras acarician aún sus veredas, tu mismo
      nombre y tu gesto son una forma nocturna que en
      esa constelación crece y sabe enrostrar nuestra
      culpa.

Y todo termina con una esperanza, con una dilación
      –"ha estado bien"–, o en un bostezo, o en otro
      lugar donde es menester el coraje.


Fuente: Literatura Argentina Contemporanea.Poesia de Francisco Urondo

6 de febrero de 2013

Esta noche quiero dormir con Sylvia


Esta noche voy a dormir con Sylvia Plath, 
no vamos a hacer el amor tampoco lo vamos a deshacer, 
simplemente vamos a compartir insomnios y evitar suicidios.
Sylvia, no es 11 de febrero todavía y estas viva, 
vamos a dormir, vamos a soñarte 
como la ultima vez que cantaste el poema del insomnio 
cuando no querías despertar.
Hoy, mas que el amor, haré la noche con Sylvia 
tejido en su inconfundible pelo rubio y despierto.
Si no querías soñar por que te fuiste sin respiración, 
con un corazón tan lleno de música?
Viviste los inviernos mas intensos de 1962 y 63, inviernos o infiernos? 
No se, pero decidiste dejar de soñar 
y hacer de tu vigilia una mortaja 
dejando la noche huérfana con las estrellas empañadas.
Hoy me dormiré contigo, con tu nombre Sylvia 
que huele a tiempo y a cenizas, 
que huele a palabras y lagrimas 
que huele a tus ojos cuando vieron por ultima vez 
la ventana que cerraba tu vida.
Sylvia hace 50 años que dejaste de soñar 
y te fuiste con tu vigilia y tu música a otros cielos, 
quizás los cielos de tu rabia y tu ternura, 
los cielos de tu amor y tus locuras.
Hoy duermo contigo Sylvia 
enredado en la lumbre de tus versos 
y la coquetería de tus palabras 
nocturnas y brillantes.
Esta noche voy a dormir contigo Sylvia, 
aunque no despiertes.

Francisco Henriquez Rosa.

El dolor de estar vivo

Raúl Gómez Jattin (1945-1997): El dolor de estar vivo y el placer de estarlo Cultura 15 Ene 2019 - 4:06 PM Luis Carlos Muñoz Sar...