17 de marzo de 2013

Lo que Vargas no dijo



EL MUNDO CONFIERE PREMIOS Y premios —para eso es mundano—, pero entre éstos hay uno, el Nobel, que a veces nos parece conferido por Dios y por todas las criaturas, y no por la opinión de un grupo de hombres, como es el caso. 

 Por: Carolina Sanín. El Espectador.com

Quizás su origen —el monumental sentimiento de culpa de su fundador— le dé una dimensión religiosa. O quizás su estatus celestial tenga que ver con el lugar donde se otorga: un país cuya libertad y ecuanimidad han sido mundialmente admiradas. (Una vez estuve en Estocolmo y efectivamente me sentí en el cielo: está arriba, es hermosa y fría, su lengua suena a canto de ángeles, y la habita gente bella y uniforme, como debe de ser la gente celestial).
Los discursos de aceptación del premio Nobel de literatura suelen ser espléndidos; a veces parecen oraciones dedicadas al más allá, a veces proclamas dichas desde el techo del mundo. A veces las dos cosas son una. García Márquez se fajó su mejor metáfora, la de la soledad de América Latina; Bashevis Singer aprovechó noblemente la tribuna para enaltecer a su pueblo y su lengua; Coetzee elaboró una fábula compleja, doliente y hermosa sobre la compañía y la imaginación; y el valiente Harold Pinter lanzó una acusación oportuna y tremenda en defensa de la dignidad humana.
El último Nobel, a mi parecer, despilfarró su turno en el tejado sin dar nada a nadie. En la ceremonia de entrega del premio, esa sesión solemne en la que los escritores se gradúan para pasar al Parnaso, leyó algo que precisamente pareció un discurso de grado, pero del Colegio de La Salle, institución que menciona en el primer párrafo, por otra parte claveteado de clichés adolescentes como el de que la lectura es una “magia” que rompe “las barreras del tiempo y del espacio”.
Allá arriba, Vargas Llosa hizo un recuento de su vida de pulcro profesional y elaboró una lista de invitados para celebrar su ascenso: en doce páginas mencionó a cuarenta autores canónicos. Allí donde Faulkner dio ánimo y consejos a los escritores jóvenes y Hemingway honró con humildad a los grandes escritores que no habían recibido el premio, el peruano se dejó venir con esta declaración exitista, excluyente: “Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso —triste consuelo— descubriría un día la posteridad”.
Nos contó que ha vivido en muchos sitios y no se ha sentido extranjero en ninguno (con lo provechoso que habría sido hablar de las diásporas latinoamericanas, por ejemplo, o de esa conjunción del exilio y la escritura que ha sido misteriosa y fecunda de Dante en adelante). Dedicó otros lugares comunes y vagamente machistas a su esposa, en una variación de esa balada de Ricardo Montaner que dice: “La que con dulzura / entiende mis palabras / y ama mi locuraaa”. Hizo eco de G. W. Bush: “(a los terroristas) hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos”, y facturó una arenga que parece de Disney: “Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad”. Reconoció de pasada las injusticias que nuestros gobiernos han cometido contra los indígenas, sin advertir que eso contrastaba con su irrestricto laudo de la democracia liberal y con su calificación simplista del gobierno boliviano, al que llamó “payaso”; y redujo condescendientemente el continente africano a “su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación”.
No hubo, en el discurso de este maestro indiscutible de las estructuras narrativas y este formidable detector de historias, una idea trascendente. Una vez más, Vargas Llosa demostró que es un escribidor (o un escritor: no sé cuál es la diferencia), y también un político, pero no un intelectual notable. Y lo que distingue una cosa de lo otra no es el premio Nobel —ni ningún premio.

16 de marzo de 2013

Julia de Burgos



Armonía de la palabra y el instinto


Todo fue maravilla de armonías
en el gesto inicial que se nos daba
entre impulsos celestes y telúricos
desde el fondo de amor de nuestras almas.

Hasta el aire espigóse en levedades
cuando caí rendida en tu mirada;
y una palabra, aún virgen en mi vida,
me golpeó el corazón, y se hizo llama
en el río de emoción que recibía,
y en la flor de ilusión que te entregaba.

Un connubio de nuevas sensaciones
elevaron en luz mi madrugada.
Suaves olas me alzaron la conciencia
hasta la playa azul de tu mañana,
y la carne fue haciéndose silueta
a la vista de mi alma libertada.

Como un grito integral, suave y profundo
estalló de mis labios la palabra;
Nunca tuvo mi boca mas sonrisas,
ni hubo nunca más vuelo en mi garganta!

En mi suave palabra, enternecida,
me hice toda en tu vida y en tu alma;
y fui grito impensado atravesando
las paredes del tiempo que me ataba;
y fui brote espontáneo del instante;
y fui estrella en tus brazos derramada.

Me di toda, y fundiéndome por siempre
en la armonía sensual que tu me dabas;
y la rosa emotiva que se abría
en el tallo verbal de mi palabra,
uno a uno fue dándote sus pétalos,
mientras nuestros instintos se besaban.

6 de marzo de 2013

Poesía de Venezuela


Andrés Eloy Blanco

 Cumaná, 1896 - México, 1955
Poeta, ensayista,humorista y dramaturgo. Se graduó en Derecho en 1918 cuando ya había publicado sus primeros versos. Desde muy joven se dedicó a la actividad política, oponiéndose al régimen que ostentaba el poder, razón que lo llevó a permanecer en el exilio por mucho tiempo.

La órbita del agua


Vamos a embarcar, amigos,
para el viaje de la gota de agua.
Es una gota, apenas, como el ojo de un pájaro.

Para nosotros no es sino un punto,
una semilla de luz,
una semilla da agua,
la mitad de lágrima de una sonrisa,
pero le cabe el cielo
y sería el naufragio de una hormiga.

Vamos a seguir, amigos,
la órbita de la gota de agua:
De la cresta de un ola
salta, con el vapor de la mañana;
sube a la costa de una nube
insular en el cielo, blanca, como una playa;
viaja hacia el Occidente,
llueve en el pico de una montaña,
abrillanta las hojas,
esmalta los retoños,
rueda en una quebrada,
se sazona en el jugo de las frutas caídas,
brinca en las cataratas,
desemboca en el Río, va corriendo hacia el Este,
corta en dos la sabana,
hace piruetas en los remolinos
y en los anchos remansos se dilata
como la pupila de un gato,
sigue hacia el Este en la marea baja,
llega al mar, a la cresta de su ola
y hemos llegado, amigos... Volveremos mañana.

 






 Vicente Gerbasi

 Canoabo, 1913 - Caracas, 1992
Poeta diplomático. Una de las principales voces de la poesía venezolana cuya influencia es reconocidad por poetas de varias generaciones. Viene a la luz en Canoabo, un pueblo del Estado Carabobo inmerso en los imponentes espacios de la selva nublada en Venezuela.

Mi padre el inmigrante (fragmento)

"Mi padre, Juan Bautista Gerbasi, cuya vida es el motivo de este poema, nació en una aldea viñatera de Italia, a orillas del Mar Tirreno, y murió en Canoabo, pequeño pueblo venezolano escondido en una agreste comarca delestado Carabobo"


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Venimos de la noche y hacia la noche vamos.
Atrás queda la tierra envuelta en sus vapores,
donde vive el almendro, el niño y el leopardo.
Atrás quedan los días, con lagos, nieves, renos,
con volcanes adustos, con selvas hechizadas
donde moran las sombras azules del espanto.
Atrás quedan las tumbas al pie de los cipreses,
solos en la tristeza de lejanas estrellas.
Atrás quedan las glorias como antorchas que apagan
ráfagas seculares.
Atrás quedan las puertas quejándose en el viento.
Atrás queda la angustia con espejos celestes.
Atrás el tiempo queda como drama en el hombre:
engendrador de vida, engendrador de muerte.
El tiempo que levanta y desgasta columnas,
y murmura en las olas milenarias del mar.
Atrás queda la luz bañando las montañas,
los parques de los niños y los blancos altares.
Pero también la noche con ciudades dolientes,
la noche cotidiana, la que no es noche aún,
sino descanso breve que tiembla en las luciérnagas
o pasa por las almas con golpes de agonía.
La noche que desciende de nuevo hacia la luz,
despertando las flores en valles taciturnos,
refrescando el regazo del agua en las montañas,
lanzando los caballos hacia azules riberas,
mientras la eternidad, entre luces de oro,
avanza silenciosa por prados siderales.

El dolor de estar vivo

Raúl Gómez Jattin (1945-1997): El dolor de estar vivo y el placer de estarlo Cultura 15 Ene 2019 - 4:06 PM Luis Carlos Muñoz Sar...