9 de octubre de 2011

Chismes de famosos escritores


Pasiones, odios y miserias de los monstruos sagrados de la literatura. Historias de golpes, celos, provocaciones y excesos con el alcohol.
Por Mónica López Ocón

Existen géneros literarios considerados menores, marginales. Tal es el caso de las recetas de cocina, los horóscopos, la amplia gama de predicciones que van desde el milenario tarot a los mensajes cifrados del chicle Bazooka. Muchos de ellos, sin embargo, han sido reivindicados por grandes escritores como Günter Grass que, en “El rodaballo”, ha rescatado la receta de cocina de su desprestigiada existencia hogareña, para hacerla refulgir en un maravillosa historia basada en la enumeración de ingredientes y procedimientos culinarios. Ítalo Calvino, por su parte, elevó al tarot a la categoría de máquina generadora de historias en “El castillo de los destinos cruzados” y “La taberna de los destinos cruzados”.

Al chisme, en cambio, parece ser la televisión quien mejor lo ha explotado.

Edgardo Cozarinsky, autor de “Museo del chisme”, lo reconoce, sin embargo. como una forma “plebeya, incipiente, de literatura” que, como todo género, tiene sus propias reglas: “Puede concebirse que se cuente una trivialidad de un alguien prestigioso, o un algo insólito de un sujeto oscuro; difícilmente, una trivialidad de un desconocido, y no es frecuente que coincidan personaje y proeza”. Además, el chisme se caracteriza por tener vocación de leyenda: nunca se sabe bien cuál es su fuente y, dado que es, sobre todo, un género oral, nunca se repite de manera idéntica. Otra de sus marcas distintivas es que, para ser bien sabroso, tiene que ser políticamente incorrecto: tiene que hacer quedar mal a su protagonista o a un tercero. Por eso es que los chismes referidos a los “monstruos sagrados” tienen tanto púbico: permiten asomarse al “lado oscuro” del quien siempre muestra su lado claro.

Los chismes sobre Gabo. El libro de Cozarinsky no es el único empeñado en darle al chisme un status literario. “De cuando Mario Vargas Llosa noqueó a Gabo”, de Luis Fernández Zaurín, cuenta casi 300 chismes relacionados con escritores y “Borges” de Adolfo Bioy Casares puede ser leído como un compendio monumental –tiene más de 1.600 páginas– sobre su relación con Borges en la que no faltan los chismes sobre él y sobre otros personajes de la cultura, muchos de los cuales resultan destruidos por el comentario mordaz, por esa ironía hiriente que se reserva sólo para la intimidad.

La anécdota que le da título al libro de Zaurín, según parece, tuvo lugar hace más de treinta años y tiene como protagonistas absolutos a dos de los máximos exponentes del boom “latinoamericano”. En 1976, Vargas Llosa y García Márquez confluyeron en México en una sala en la que se proyectaba “La odisea de los Antes”. Al terminar la proyección, “Gabo” se acercó al autor peruano para saludarlo y recibió a modo de respuesta una trompada en el mentón que lo dejó tendido sobre la alfombra poniendo de manifiesto una inesperada agresividad de su colega. Antes de asestarle el golpe que lo derribó dejándole el ojo morado, el escritor peruano habría dicho: “¿Cómo te atreves a querer abrazarme después de lo que hiciste a Patricia en Barcelona? Patricia era su esposa. “Algunos cronistas explican que Vargas Llosa –dice Zaurín– había abandonado a su familia para perseguir a una modelo norteamericana (…) y Gabo, tratando de consolar a su mujer, Patricia, le aconsejó pedir el divorcio y tomar acciones legales por abandono del hogar”. Cuando en el 2000 Vargas Losa presentó su libro “La fiesta del chivo”, le preguntaron sobre ese lejano encontronazo con Gabo, respondió que era mejor dejar el tema a los historiadores. Es posible que si no los hubiera separado aquel suceso, igual habrían terminado separándolos sus diametralmente opuestas posiciones políticas.
Otros autores latinoamericanos. El mexicano Juan Rulfo y el uruguayo Juan Carlos Onetti tenían varias cosas en común, lo que explicaría la amistad que mantuvieron y la alegría que les daba encontrarse en los congresos de escritores. No sólo se convirtieron en dos autores insoslayables de la literatura latinoamericana, sino que a ninguno de los dos les bastó la literatura y la fama que obtuvieron con ella para aplacar la angustia de existir. Ambos, además, necesitaron del alcohol. Zaurín dice que Rulfo, con frecuencia, protagonizaba “desnudos involuntarios”. Bebía de una forma tan desmedida que a menudo lo encontraban dormido en las veredas de Ciudad de México; “Su estado de inconsciencia era tan profundo que la cantidad de alcohol que corría por sus venas le imposibilitaba darse cuenta de que le robaban la ropa”. Cuando se encontraba con Onetti en algún congreso, su forma de comunicación más habitual era el silencio. Ambos se sentaban frente a frente, botella de whisky de por medio, y se miraban a los ojos sin decirse nada, porque el alcohol hacía innecesarias las palabras.
A Pablo Neruda no sólo le gustaban los mascarones de proa y los caracoles, sino también los perros. María Rita Figueira da cuenta de su pasión perruna en “Los ladridos de la Historia”, más precisamente en el capítulo “Es tan corto el 'guau' y tan largo el olvido”. A fines de la década del '20, el poeta chileno partió a Asía. Allí fue cónsul en Birmania, Ceilán y en Yakarta, que en ese momento pertenecía a las Indias holandesas, hoy Indonesia. Allí tuvo un perro que se llamó Cutaca. Un mucamo fiel y exageradamente amable se ocupaba de la alimentación del perro y continuamente interrogaba al poeta sin que este entendiera lo que quería decir. La lengua era una barrera infranqueable. Luego de varios días de distracciones, compromisos y viajes, el cónsul poeta se enteró de que Cutaca había muerto. El inentendible interrogatorio del mucamo al que Neruda no le dio importancia estaba referido a la dieta del animal y como las preguntas quedaron sin respuesta, el perro murió de hambre. Lo sucedido sólo puede entenderse dentro de los parámetros de una cultura en la que la obediencia a los superiores es un mandato tan fuerte que prima sobre el sentido común. De la anécdota es posible extraer por lo menos dos moralejas. Hay situaciones en que resulta imprescindible tomar decisiones por cuenta propia. Además, es sumamente útil saber idiomas.
Made in Argentina. En la casa de Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo, Jorge Luis Borges conoció a Estela Canto, una escritora y traductora de la que se enamoró. Ella fue la inspiradora del famoso cuento “El Aleph” y la poseedora del manuscrito original que Borges le llevó para que lo pasara a máquina. Bioy cuenta en “Borges”: “Estela quería que Borges se acostara con ella. Una tarde, en la calle, se lo dijo brutalmente: 'Nuestras relaciones no pueden seguir así. O nos acostamos o no vuelvo a verte'. Borges se mostró muy emocionado, exclamó: 'Cómo, ¿entonces no me tenés asco?' y le pidió permiso para abrazarla. Llamó a un taxi. Ordenó al chofer: 'A Constitución', y agregó, para Estela: 'Vamos a comer a Constitución. We must celebrate'”.

Borges, según parece, era muy enamoradizo, pero la mayoría de las veces no era correspondido. Bioy cuenta su amor sin esperanza por otra escritora: “Borges estaba muy enamorado de Silvina Bullrich. Un día ésta le preguntó: '¿Qué hiciste anoche, cuando volviste del Tigre?´. Borges: 'Fui caminando a casa, pero pasé frente a la tuya: tenía que pasar frente a tu casa esa noche'. Silvina: 'A esa hora yo estaba en mi cuarto, en mi cama, con un amante'”.
A Bioy y a Borges no sólo lo unía una amistad hecha de amores literarios comunes, sino también de odios compartidos. Ambos detestaban a Ernesto Sabato. Dice Bioy en el libro citado: “Sabato también desaparecerá (antes se había referido a Mallea), sin dejar rastro, después de su muerte. Es curioso el caso de Sabato: ha escrito poco, pero ese poco es tan vulgar que nos abruma como una obra copiosa”. Borges agrega: “Nunca le tuve afecto”. Otras perlitas de Bioy referidas a las actitudes políticas de Sabato: “Ya verás, va a quedar como el hombre que protestó por las torturas. Va a quedar en la Historia como un negro Falucho” y “Borges me asegura que le ha tomado tanto odio a Sabato, que ya no imagina su cara tal como es, sino en caricatura”.

Como se ve, los chismes les restituyen a los escritores famosos el costado humano que les quita la celebridad.

Fuente: http://www.revista-noticias.com.ar

1 comentario:

Marina dijo...

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