10 de julio de 2009

Adios Jorge Enrique

El destacado escritor, político y poeta ecuatoriano Jorge Enrique Adoum murió el pasado 3 de Julio a los 83 años de edad en Quito, Ecuador, de un paro cardio-respiratorio. Nacido en la ciudad de Ambato, capital de la provincia de Tungurahua, se destacó por sus obras de temas sociales, recibió varios premios nacionales e internacionales y fue nominado al Premio Cervantes.
Entre sus mayores y más conocidos éxitos aparecen la novela Entre Marx y una mujer desnuda, publicada en 1976, que fue llevada al cine en 1996 por el realizador ecuatoriano Camilo Luzuriaga.
Su primer libro Ecuador amargo fue publicado un año después y recibió comentarios de Pablo Neruda y Carlos Drummond de Andrade. Se desempeño también como redactor cultural del Diario del Ecuador, de Quito, colaboró con numerosas revistas latinoamericanas de cultura y fue profesor de literatura en diversas instituciones. Publicó otros libros de poesía, entre ellos Notas del hijo pródigo (1953) y Relato del extranjero (1955), y uno de ensayos críticos Poesía del siglo XX, que abarca estudios sobre Paúl Valery, Rainer María Rilke, César Vallejo, entre otros. En 1960 obtuvo con su obra Dios trajo la sombra, tercer volumen de los cuadernos de la tierra, el premio de poesía en el primer Concurso de la Casa de las Américas de la Habana. Posteriormente, publicó el cuarto volumen, El dorado y las ocupaciones nocturnas. Ha traducido al español la poesía de T.S. Elliot, Langston Hughes, Jacques Prévert, Yannis Ritsos, Vinícius de Moraes, Nazım Hikmet, Fernando Pessoa, Joseph Brodsky, y Seamus Heaney.

POESIA DE JORGE ENRIQUE ADOUM.


No es nada, no temas, es solamente América

Cuando supe

(porque yo soy así, aquel que se levanta

a golpes, se desentierra, se pone el cuerpo

que dejó en la silla, la esperanza que ya no

le servía sino como una mala dentadura,

y sale, más bien se saca, para ver cómo han ido

los días de allá afuera, cómo sigue la insolente

estatua de los dictadores, casco arriba y casco

abajo, animal de baraja, poniéndose mala

madre por su cuenta, mala hostia en el verano

enamorado, mala piedra en su rocío, su memoria,

solo para que tropiece el desterrado, caiga

apenas, a duras penas, crea que se equivoca,

que no tiene razón en su raíz)

me desperté

asustado. En dónde estoy, grité, después

de tanto esfuerzo, hasta cuándo

es antes todavía, cómo me llamo

entonces, para qué me llamo.

(Porque todo

olía a siempre, a sufrimiento viejo, muerte

de ayer que no valió de nada, absurdo

en que han quedado restos de la telarañada

cena, y todavía, todavía hay que poner

la mesa, camareros, perezosos profetas

consuetudinarios, ponerle voluntad al pan,

servir el desayuno de los pobres, sin tanto

regresar a hoy, error de fecha, digo,

y tantos siglos sin lavar la servilleta.)

Y no pude seguir desaprendiendo a pura

historia, y no pude apretarle el cinturón

al corazón para que aguante. Mejor nos fuimos,

prójimo y yo, a rehacer lo roto, los vestidos,

a preparar las vísperas.

Aún no he vuelto

y no sé cuándo volveré a morir: no tengo tiempo.


© Jorge Enrique Adoum
(Ecuador, 1926-2009)

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