15 de mayo de 2013

Ensayo de Vallejo contra Gabriel García Márquez


Fernando Vallejo.

UN SIGLO DE SOLEDAD

«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía habría de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo».
En uso del derecho a malpensar que me confiere esta revista, voy a hacerte unas preguntas, Gabito, muchos años después, sobre tu libro genial que así empieza. ¿Muchos años después de qué, Gabito? ¿De la creación del mundo? Si es así, yo diría que tendrías que haberlo dicho, o algún malpensado podrá decir que se te quedó tu frase en veremos, como una telaraña colgada del aire. Pero si no es después de la creación del mundo sino «después de aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo», entonces algo ahí sobra. O te sobra, Gabito, el «remota» pues ya está en «muchos años después», o te sobra el «muchos años después» pues ya está en el «remota».
Pero no te preocupés por la sintaxis, Gabito, que con las computadoras y el Internet ¿hoy a quién le importa? Al que te venga a criticar con el cuento de la sintaxis, decile que ésas son ganas de malpensar, de joder, y mandalo al carajo, que vos estás por encima de eso. Soltales un «carajo» de esos sonoros, tuyos, como los de tu coronel Buendía.
Y en efecto, la originalidad de tu frase inicial, así a algún corto de oído le suene sintácticamente coja, es soberbia, y no está en la sintaxis sino en la escena luminosa que describes. Un viejo que lleva a un niño a conocer el hielo, ¿no es una originalidad genial? ¿Cómo se te ocurrió, Gabito? ¿Cómo se dio el milagro? ¿De veras fue como lo has contado en repetidas ocasiones a la prensa, una tarde calurosa en que ibas camino de Acapulco con Mercedes? ¿En qué ibas pensando camino de Acapulco con Mercedes esa tarde calurosa? Aunque yo soy un pobre autor de primera persona que a las doce del día no recuerdo qué desayuné, y no un narrador omnisciente como vos que todo lo sabés, oís y ves, y que leés los pensamientos y nos podés contar lo que recordó el coronel Buendía muchos años después, apuesto a que sé en qué ibas pensando esa tarde calurosa camino de Acapulco con Mercedes. Ibas pensando en Rubén Darío, en su autobiografía, en la que el poeta nicaragüense, muerto en 1916, cuenta que su tío abuelo político, el coronel Félix Ramírez, esposo de su tía abuela doña Bernarda Sarmiento, lo lleva a conocer el hielo: «Por él aprendí pocos años más tarde a andar a caballo, conocí el hielo, los cuentos pintados para niños, las manzanas de California y el champaña de Francia». ¡Te plagió, Gabito, te plagió ese cabrón nicaragüense! ¡Y con semejante frase tan fea! Y no sólo te robó el hielo y el grado de coronel, sino hasta la expresión genial tuya de «muchos años después», pues el «pocos años más tarde» de ese sinvergüenza ¿no viene a ser lo mismo, aunque al revés? Y después dicen que los colombianos somos ladrones. ¡Ladrones los nicaragüenses! Cuando te acusen de plagio me llamás a mí, Gabito, yo te defiendo. A cambio vos me vas a enseñar a ser autor omnisciente y a leer los pensamientos. Como ves, ya empecé a aprender, vos me diste el ejemplo, ya sé en qué ibas pensando camino de Acapulco con Mercedes esa tarde calurosa en que se te ocurrió lo del hielo: en ese nicaragüense ladrón. Pero explicame ahora la segunda frase de tu libro genial: «Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos». ¿Huevos prehistóricos? ¡Prehistóricos serán los tuyos, güevón! No hay huevos «prehistóricos». Los huevos son del Triásico y del Jurásico, o sea de hace doscientos millones de años, cuando los pusieron los dinosaurios, y nada tienen que ver con la prehistoria, que es de hace diez mil o veinte mil. Los bisontes de las cuevas de Altamira y de Lascaux sí son prehistóricos. Sólo que los bisontes no ponen huevos. ¿O en el realismo mágico sí? En esto de los huevos prehistóricos sí metiste las patas, Gabito. ¡Por no consultarme a mí! ¿Qué te costaba, si yo también vivo en México, llamarme por teléfono desde Acapulco? Yo tengo en México dos o tres libros de paleontología con unos huevos de dinosaurio fosilizados, magníficos, muy útiles para tu creación del mundo y de tu Macondo.
Pero aclarame aunque sea otra frase, la tercera, Gabito: «El mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo». Si vos estás escribiendo en español –una de las contadas «lenguas de civilización» de que habla Toynbee, y que ha producido la máxima obra literaria, el Quijote, después de la cual sigue la tuya, si no es que es al revés–, ¿no se te hace que se te fue un poquito la mano con eso de que muchas cosas carecían de nombre y que para mencionarlas había que señalarlas con el dedo? ¿No hay ahí una inadecuación entre la lengua tuya, la del narrador (así sean tan genialmente pobres su léxico y su sintaxis), y el mundo que describes? Para mí que te hubiera quedado mejor tu libro en protobantú o en una lengua de la Amazonia. Pero claro, en protobantú nadie se llama Aureliano Buendía con nombre y apellido, ni mucho menos tiene grado de coronel. Gabito: ¿No se te hace raro que en Macondo muchas cosas no tengan nombre pero las personas sí? Y para colmo con grado militar. En un mundo tan primitivo, Gabito, tan recién bañado por el primer aguacero cual es el caso de Macondo, ¿de dónde salió la jerarquía militar? Pues donde hay un coronel hay generales y mayores y cabos. Pero esto no es un reproche, Gabito, yo a vos te tengo buena voluntad. Nada más te lo recuerdo por si algún cabrón malpensado algún día te lo saca a relucir, estés preparado y sepás qué responder. Respondele: «Animal, ¿no ves que estamos ante el realismo mágico? Por eso es mágico. Si las cosas tienen explicación, ¿dónde está la magia? ¿Qué chiste hay pues?».
De todas formas, Gabito, si cuando escribías tu creación del Universo me hubieras consultado sobre este asunto de los nombres de los personajes, yo te habría aconsejado que para evitar malpensamientos de cabrones los señalaras con el dedo. Además eso de llamar a los personajes cada vez que se mencionan con nombre y apellido en realidad no es manía tuya, es de Rulfo y de Mejía Vallejo: Pedro Páramo, Pedro Canales, Anacleto Morones, Fulgor Sedano, Susana San Juan... Vos que sos tan imaginativo y genial ¡qué vas a copiar a ese par de güevones!
Ahora bien, si no querés señalar a tus personajes con el dedo, pues mencionalos siempre con nombre y dos apellidos para que te distingás de ellos. Por ejemplo: Mauricio Babilonia Asiria, Pietro Crespi Rossini, Pilar Ternera Mesa. Con este cambio tu comienzo te quedaría así: «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía Iguarán habría de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo». Mejora mucho en originalidad. Incluso el «Iguarán» lo podés cambiar por «Iguana»: el coronel Aureliano Buendía Iguana. Suena más paleontológico, más a huevo prehistórico.
Llegados a este punto, Gabito, te quiero preguntar una última cosa, pero si no me la querés contestar no me la contestés: ¿De veras plagiaste a Balzac? ¿O eran elucubraciones sin fundamento de ese guatemalteco envidioso de Miguel Ángel Asturias? ¿Te acordás con la que salió ese güevón? Que dizque vos sacaste a tu coronel Aureliano Buendía del Baltazar Claës de La búsqueda del absoluto de Balzac, quien arruina a su mujer tratando de fabricar oro pero en vez de oro sólo fabrica un diamante. ¡Cómo lo ibas a plagiar si tu coronel Aureliano Buendía no fabrica diamantes sino pescaditos de oro! El tono, claro, de las dos novelas, la tuya y la suya, se parece mucho. Ustedes dos escriben como comadres chismosas, en prosa cocinera. Pero eso está bien para el tema de ambos. Además, ¿quién te puede probar Gabito que le robaste a Balzac el tono? Robarle un autor a otro el tono es como robarle un hombre a otro el alma. Y si a ésas vamos, también a vos te lo robó Salvador Allende. Ah no, fue su sobrina, ¿cómo es que se llama?
En fin, Gabito, para terminar porque ando corrigiendo unas pruebas y muy apurado, una última inquietud, ahora sobre el título de tu libro genial. ¿Por qué le pusiste «Cien años de soledad» en vez de «Un siglo de ausencia» como el bolero? Yo hubiera preferido «un siglo» ya que estás hablando en números redondos y que tuviste el acierto de que no fueran ciento uno o noventa y nueve, lo cual es otra genialidad. ¿Cómo se te ocurrió? Claro que «años» me suena mal. «Año» me suena a «caño», «coño». Yo sería incapaz de poner la palabra «año» en el título de un libro mío. La eñe es fea letra, hay que desterrarla del idioma. En cuanto a la soledad, mejor cambiásela por «ausencia», pues en español «Soledad» también es nombre propio, y así algún malpensado puede pensar que tus «Cien años de Soledad» son los cien años que doña Soledad lleva sola: doña Soledad Acosta viuda de Samper, doña Sola, doña Solita, ¡ay!
Gabito: No te preocupés que vos estás por encima de toda crítica y honradez. Vos que todo lo sabés y lo ves y lo olés no sos cualquier hijo de vecino: sos un narrador omnisciente como el Todopoderoso, un verraco. Y tan original que cuanto hagás con materiales ajenos te resulta propio. Vos sos como Martinete, un locutor de radio manguiancho de mi niñez, que con ladrillos robados a la Curia se construyó en Medellín un edificio de quince pisos propio. E hizo bien. Las cosas no son del dueño sino del que las necesita. Además vos también estás por encima del concepto de propiedad. Por eso te encanta Cuba y no lo ocultás. El realismo mágico es mágico. ¡Qué mágica fórmula!
Por: Nelson Fredy Padilla / editor dominical de El Espectador.  Elespectador.com

17 de marzo de 2013

Lo que Vargas no dijo



EL MUNDO CONFIERE PREMIOS Y premios —para eso es mundano—, pero entre éstos hay uno, el Nobel, que a veces nos parece conferido por Dios y por todas las criaturas, y no por la opinión de un grupo de hombres, como es el caso. 

 Por: Carolina Sanín. El Espectador.com

Quizás su origen —el monumental sentimiento de culpa de su fundador— le dé una dimensión religiosa. O quizás su estatus celestial tenga que ver con el lugar donde se otorga: un país cuya libertad y ecuanimidad han sido mundialmente admiradas. (Una vez estuve en Estocolmo y efectivamente me sentí en el cielo: está arriba, es hermosa y fría, su lengua suena a canto de ángeles, y la habita gente bella y uniforme, como debe de ser la gente celestial).
Los discursos de aceptación del premio Nobel de literatura suelen ser espléndidos; a veces parecen oraciones dedicadas al más allá, a veces proclamas dichas desde el techo del mundo. A veces las dos cosas son una. García Márquez se fajó su mejor metáfora, la de la soledad de América Latina; Bashevis Singer aprovechó noblemente la tribuna para enaltecer a su pueblo y su lengua; Coetzee elaboró una fábula compleja, doliente y hermosa sobre la compañía y la imaginación; y el valiente Harold Pinter lanzó una acusación oportuna y tremenda en defensa de la dignidad humana.
El último Nobel, a mi parecer, despilfarró su turno en el tejado sin dar nada a nadie. En la ceremonia de entrega del premio, esa sesión solemne en la que los escritores se gradúan para pasar al Parnaso, leyó algo que precisamente pareció un discurso de grado, pero del Colegio de La Salle, institución que menciona en el primer párrafo, por otra parte claveteado de clichés adolescentes como el de que la lectura es una “magia” que rompe “las barreras del tiempo y del espacio”.
Allá arriba, Vargas Llosa hizo un recuento de su vida de pulcro profesional y elaboró una lista de invitados para celebrar su ascenso: en doce páginas mencionó a cuarenta autores canónicos. Allí donde Faulkner dio ánimo y consejos a los escritores jóvenes y Hemingway honró con humildad a los grandes escritores que no habían recibido el premio, el peruano se dejó venir con esta declaración exitista, excluyente: “Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso —triste consuelo— descubriría un día la posteridad”.
Nos contó que ha vivido en muchos sitios y no se ha sentido extranjero en ninguno (con lo provechoso que habría sido hablar de las diásporas latinoamericanas, por ejemplo, o de esa conjunción del exilio y la escritura que ha sido misteriosa y fecunda de Dante en adelante). Dedicó otros lugares comunes y vagamente machistas a su esposa, en una variación de esa balada de Ricardo Montaner que dice: “La que con dulzura / entiende mis palabras / y ama mi locuraaa”. Hizo eco de G. W. Bush: “(a los terroristas) hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos”, y facturó una arenga que parece de Disney: “Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad”. Reconoció de pasada las injusticias que nuestros gobiernos han cometido contra los indígenas, sin advertir que eso contrastaba con su irrestricto laudo de la democracia liberal y con su calificación simplista del gobierno boliviano, al que llamó “payaso”; y redujo condescendientemente el continente africano a “su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación”.
No hubo, en el discurso de este maestro indiscutible de las estructuras narrativas y este formidable detector de historias, una idea trascendente. Una vez más, Vargas Llosa demostró que es un escribidor (o un escritor: no sé cuál es la diferencia), y también un político, pero no un intelectual notable. Y lo que distingue una cosa de lo otra no es el premio Nobel —ni ningún premio.

16 de marzo de 2013

Julia de Burgos



Armonía de la palabra y el instinto


Todo fue maravilla de armonías
en el gesto inicial que se nos daba
entre impulsos celestes y telúricos
desde el fondo de amor de nuestras almas.

Hasta el aire espigóse en levedades
cuando caí rendida en tu mirada;
y una palabra, aún virgen en mi vida,
me golpeó el corazón, y se hizo llama
en el río de emoción que recibía,
y en la flor de ilusión que te entregaba.

Un connubio de nuevas sensaciones
elevaron en luz mi madrugada.
Suaves olas me alzaron la conciencia
hasta la playa azul de tu mañana,
y la carne fue haciéndose silueta
a la vista de mi alma libertada.

Como un grito integral, suave y profundo
estalló de mis labios la palabra;
Nunca tuvo mi boca mas sonrisas,
ni hubo nunca más vuelo en mi garganta!

En mi suave palabra, enternecida,
me hice toda en tu vida y en tu alma;
y fui grito impensado atravesando
las paredes del tiempo que me ataba;
y fui brote espontáneo del instante;
y fui estrella en tus brazos derramada.

Me di toda, y fundiéndome por siempre
en la armonía sensual que tu me dabas;
y la rosa emotiva que se abría
en el tallo verbal de mi palabra,
uno a uno fue dándote sus pétalos,
mientras nuestros instintos se besaban.

6 de marzo de 2013

Poesía de Venezuela


Andrés Eloy Blanco

 Cumaná, 1896 - México, 1955
Poeta, ensayista,humorista y dramaturgo. Se graduó en Derecho en 1918 cuando ya había publicado sus primeros versos. Desde muy joven se dedicó a la actividad política, oponiéndose al régimen que ostentaba el poder, razón que lo llevó a permanecer en el exilio por mucho tiempo.

La órbita del agua


Vamos a embarcar, amigos,
para el viaje de la gota de agua.
Es una gota, apenas, como el ojo de un pájaro.

Para nosotros no es sino un punto,
una semilla de luz,
una semilla da agua,
la mitad de lágrima de una sonrisa,
pero le cabe el cielo
y sería el naufragio de una hormiga.

Vamos a seguir, amigos,
la órbita de la gota de agua:
De la cresta de un ola
salta, con el vapor de la mañana;
sube a la costa de una nube
insular en el cielo, blanca, como una playa;
viaja hacia el Occidente,
llueve en el pico de una montaña,
abrillanta las hojas,
esmalta los retoños,
rueda en una quebrada,
se sazona en el jugo de las frutas caídas,
brinca en las cataratas,
desemboca en el Río, va corriendo hacia el Este,
corta en dos la sabana,
hace piruetas en los remolinos
y en los anchos remansos se dilata
como la pupila de un gato,
sigue hacia el Este en la marea baja,
llega al mar, a la cresta de su ola
y hemos llegado, amigos... Volveremos mañana.

 






 Vicente Gerbasi

 Canoabo, 1913 - Caracas, 1992
Poeta diplomático. Una de las principales voces de la poesía venezolana cuya influencia es reconocidad por poetas de varias generaciones. Viene a la luz en Canoabo, un pueblo del Estado Carabobo inmerso en los imponentes espacios de la selva nublada en Venezuela.

Mi padre el inmigrante (fragmento)

"Mi padre, Juan Bautista Gerbasi, cuya vida es el motivo de este poema, nació en una aldea viñatera de Italia, a orillas del Mar Tirreno, y murió en Canoabo, pequeño pueblo venezolano escondido en una agreste comarca delestado Carabobo"


. ...................................I
Venimos de la noche y hacia la noche vamos.
Atrás queda la tierra envuelta en sus vapores,
donde vive el almendro, el niño y el leopardo.
Atrás quedan los días, con lagos, nieves, renos,
con volcanes adustos, con selvas hechizadas
donde moran las sombras azules del espanto.
Atrás quedan las tumbas al pie de los cipreses,
solos en la tristeza de lejanas estrellas.
Atrás quedan las glorias como antorchas que apagan
ráfagas seculares.
Atrás quedan las puertas quejándose en el viento.
Atrás queda la angustia con espejos celestes.
Atrás el tiempo queda como drama en el hombre:
engendrador de vida, engendrador de muerte.
El tiempo que levanta y desgasta columnas,
y murmura en las olas milenarias del mar.
Atrás queda la luz bañando las montañas,
los parques de los niños y los blancos altares.
Pero también la noche con ciudades dolientes,
la noche cotidiana, la que no es noche aún,
sino descanso breve que tiembla en las luciérnagas
o pasa por las almas con golpes de agonía.
La noche que desciende de nuevo hacia la luz,
despertando las flores en valles taciturnos,
refrescando el regazo del agua en las montañas,
lanzando los caballos hacia azules riberas,
mientras la eternidad, entre luces de oro,
avanza silenciosa por prados siderales.

10 de febrero de 2013

Poesía de Francisco “Paco” Urondo


Francisco Urondo nació en Santa Fe en 1930. Poeta, periodista, académico y militante político, Paco Urondo dio su vida lunchando por el ideal de una sociedad más justa. "No hubo abismos entre experiencia y poesía para Urondo." –dice Juan Gelman– "corregía mucho sus poemas, pero supo que el único modo verdadero que un poeta tiene de corregir su obra es corregirse a sí mismo, buscar los caminos que van del misterio de la lengua al misterio de la gente. Paco fue entendido en eso y sus poemas quedarán para siempre en el espacio enigmático del encuentro del lector con su palabra. Fue –es– uno de los poetas en lengua castellana que con más valor y lucidez, y menos autocomplacencia, luchó con y contra la imposibilidad de la escritura. También luchó con y contra un sistema social encarnizado en crear sufrimiento."
Murió en Buenos Aires en junio 1976, enfrentando a la genocida dictadura militar. "Empuñé un arma porque busco la palabra justa", dijo alguna vez.

Como bola sin manija

puedo ir para un lado
puedo ir para otro lado
encontrar estuarios pálidos cisnes quietos
buques mansos que como a las nubes
me llevan de un lado para otro lado

puedo dar con lugares apacibles
o sombras excitantes
la primera piel de una mujer
el aroma de una mujer el sonido de una fiesta
puedo beber de cierto cuidado y enfermarme levemente
y sentir en las sábanas el olor del sol

puedo llegar a tener suerte en el juego y en la vida
puedo cambiar de vida y de nombre
puedo peinarme de otra manera
y vestir como nunca lo hice

puedo sorprender
ser irascible o piadoso
comprensivo con las mujeres
o despiadado con sus increíbles sentimientos

puedo como antaño volver a enamorarme
puedo padecer por un vago recuerdo
o tirar todo por la borda
o no soportar la memoria

–hoy te he recordado vagamente–
puedo reír y cantar
divertir a la gente
y esperar a que todos estén completamente locos
y ya no parezca tan divertido

puedo envejecer y enmudecer para siempre
y decir palabras sin mayor fundamento
puedo gozar de placeres fáciles y complicados

–eras alta antes de conocerte
y hoy no he recordado tu nombre
y pienso que otro día podré humillarlo–

puedo tener rasgos bondadosos
arranques de conmovedora caridad
puedo echarme a perder
o tener más hijos como si ofreciera
el más estupendo y bonito de los mundos posibles

puedo ambicionar una amplia fortuna
hasta puedo trabajar o pensar en el as de oro
o seducir a una adolescente frágil-como-un-pétalo-de-agosto

puedo hacer viajes exóticos morder la espesura de un follaje
jugar mi vida por unos diamantes impuros
o por lánguidos ojos saturados de sabiduría

puedo emborracharme aquí o en el extranjero
y caer exhausto en la turgencia de un muslo
o en el filo de una dudosa alcantarilla

puedo investigar o escribir luminosos párrafos
que abrirían por sí el futuro
puedo ser un intelectual responsable o desaprensivo
firmar o no firmar traicionar o jugar a la lealtad

puedo ser adorado
puedo ser odiado
tener amantes
distintas en su belleza singulares en sus caprichos
o no tener a nadie
y no guardar un solo recuerdo

puedo rechazar la ternura
o mendigarla como hace unas horas
puedo vivir alternativas viejas o recientes
fáciles y peligrosas

puedo elegir mi destino
aunque no sepa darle forma adecuada
ni por dónde empezar

puedo imaginar el tiempo que desconozco
luchar por esa o por otra dulce aspiración
puedo olvidar

–hoy no he podido recordar tu nombre–
de la memoria puedo imaginar las interminables apuestas
y sus mañas de vieja tramposa
puedo no pensar en que distribuye los signos
de ese futuro tangible y ajeno



El ocaso de los dioses

No hay nadie en la calle, en los ruidos húmedos, en el
      vuelo de las hojas y mis pasos quieren reiniciar
      las maderas de la adolescencia.

Pero todo está abandonado, no hay nada que pueda
      favorecernos; ningún aire de inconsciencia, ningún
      reino de libertad. Sólo hábitos tolerantes haciendo
      crujir nuestra memoria. "Ha estado bien", decimos.

Dueños del incendio, de la bondad del crepúsculo,
      de nuestro hacer, de nuestra música, del único
      amor incoherente; soberanos de esa calle donde los
      tactos y la impresión hicieron su universo.

Las sombras acarician aún sus veredas, tu mismo
      nombre y tu gesto son una forma nocturna que en
      esa constelación crece y sabe enrostrar nuestra
      culpa.

Y todo termina con una esperanza, con una dilación
      –"ha estado bien"–, o en un bostezo, o en otro
      lugar donde es menester el coraje.


Fuente: Literatura Argentina Contemporanea.Poesia de Francisco Urondo

6 de febrero de 2013

Esta noche quiero dormir con Sylvia


Esta noche voy a dormir con Sylvia Plath, 
no vamos a hacer el amor tampoco lo vamos a deshacer, 
simplemente vamos a compartir insomnios y evitar suicidios.
Sylvia, no es 11 de febrero todavía y estas viva, 
vamos a dormir, vamos a soñarte 
como la ultima vez que cantaste el poema del insomnio 
cuando no querías despertar.
Hoy, mas que el amor, haré la noche con Sylvia 
tejido en su inconfundible pelo rubio y despierto.
Si no querías soñar por que te fuiste sin respiración, 
con un corazón tan lleno de música?
Viviste los inviernos mas intensos de 1962 y 63, inviernos o infiernos? 
No se, pero decidiste dejar de soñar 
y hacer de tu vigilia una mortaja 
dejando la noche huérfana con las estrellas empañadas.
Hoy me dormiré contigo, con tu nombre Sylvia 
que huele a tiempo y a cenizas, 
que huele a palabras y lagrimas 
que huele a tus ojos cuando vieron por ultima vez 
la ventana que cerraba tu vida.
Sylvia hace 50 años que dejaste de soñar 
y te fuiste con tu vigilia y tu música a otros cielos, 
quizás los cielos de tu rabia y tu ternura, 
los cielos de tu amor y tus locuras.
Hoy duermo contigo Sylvia 
enredado en la lumbre de tus versos 
y la coquetería de tus palabras 
nocturnas y brillantes.
Esta noche voy a dormir contigo Sylvia, 
aunque no despiertes.

Francisco Henriquez Rosa.

25 de enero de 2013

Poesia en La Casa Blanca

"Un día": análisis del poema inaugural de Barack Obama.

Una tradición en EE.UU., iniciada por JFK y retomada por Clinton y Obama, elige a un poeta contemporáneo para que escriba y lea un texto en verso en el acto de asunción. El 21 de enero pasado, cuando se inició el segundo mandato de Barack Obama, Richard Blanco subió al estrado. A continuación, un análisis de su poema de nueve estrofas y espíritu optimista, que aborda muchos de los grandes temas de la vida del país, de la violencia al trabajo, aunque deja otros sin nombrar.

El lunes pasado el poeta Richard Blanco leyó su poema "One Today" (Un hoy) en la ceremonia de asunción del segundo mandato de Barack Obama. Blanco es solo el quinto poeta de ejercer esa función: el primero fue Robert Frost, en 1961, para la asunción de John F. Kennedy; la segunda fue Maya Angelou, en 1993, para el primer mandato de Bill Clinton (para el segundo de 1997 fue Miller Williams); y la cuarta, Elizabeth Alexander, cuando Obama llegó a la Casa Blanca en 2009.

Aunque esta nota concierne a un análisis del poema de Blanco, vale hacer una acotación antes de comenzar.
Que Clinton, primero, y después Obama hayan elegido restaurar la tradición de un poeta inaugural habla de los valores culturales de ambos; y de su identificación con el optimismo de J.F.K. y su lucha por los derechos civiles y una sociedad justa. Hay que decir, también, que de todas las artes mayores, la poesía es la más marginalizada. Desde o Neruda o Frost —justamente— que no hay una poeta popular. Hoy nadie puede ganarse la vida como poeta, como ningún alumno en ningún país del mundo es obligado a memorizar poemas sistemáticamente. Y seguramente casi nadie podría nombrar cinco poetas vivos importantes de cinco diferentes países junto con sus obras mayores. Si les parece excesiva esta prueba, consideran que cualquier niño de 12 años podría contestar fácilmente lo mismo sobre jugadores de fútbol.
La poesía no es un arte menor. Es un arte de catacumbas.
Por eso, que el Presidente de los Estados Unidos decida que un poeta contemporáneo escriba una obra original para su acto de asunción, y la lea en esa misma celebración, es un dato significativo.
¿Qué hizo Richard Blanco con esta oportunidad? ¿Cómo interpretamos su texto? (Un Día/One Today, poema en español e inglés).
El poema de Blanco consiste de nueve estrofas —de entre 5 y 10 líneas largas— en verso libre. Como dijo el mismo Blanco, su intención fue hablar de la unidad del país, pensando tanto en su infancia como en la de Obama. Es decir, de individuos que no necesariamente conformaban la idea estereotipada de un “Americano” pero que, sin embargo, podían aspirar a ser parte del “Sueño Americano”.
Blanco es hijo de padres cubanos. Nació en España y se crió en Miami. Además fue formado como ingeniero civil y trabajó de eso. Llegó a la poesía tarde en su vida. Y también, como lo presentan los medios de comunicación de su país, es el primer poeta en leer en un ceremonia de asunción que es “abiertamente gay” (¿Como si Frost o Maya Angelou, tal vez, hubieran estado en el closet?).
Vamos al poema.
La primera estrofa presenta la imagen del amanecer sobre el territorio de los Estados Unidos. Es una visión no cósmica, pero sí de una perspectiva muy elevada. De la luz del sol pasando por sobre el país, de Este a Oeste, iluminando las montañas y las praderas. Blanco humaniza esta imagen mostrando el sol sobre los techos de las casas del país.
En la segunda estrofa profundiza un nivel más. La visión del poema penetra los techos soleados de la mañana y se imagina las personas dentro de las casas: “Mi cara, tu cara, millones de caras en los espejos de la mañana”. Ya aterrizado, el poema sale a las calles. La gente sale a trabajar, las autopistas llevan su carga de tránsito comercial pero también civil. Es un país de gente que trabaja y todos valen lo mismo. En este momento entra la memoria personal del poeta, un recurso que usará varias veces en lo que resta del poema. Se acuerda de su madre y sus sacrificios. El está allí gracias a ella. Las generaciones se superan. Uno se sacrifica para mejorar la vida del que sigue.
En la tercera estrofa vuelve a la imagen de la luz y, como es de esperar, comienza algo de propaganda política. Debe ser enormemente difícil escribirle un poema al presidente de los Estados Unidos. Si te eligió, inevitablemente es para que le des una voz a su visión. En esta estrofa, lo que fue un poema paisajístico se vuelve político. Hace referencia a Martin Luther King y a los 20 niños recientemente asesinados en Newtown Connecticut.
En la cuarta estrofa vuelve a la idea de unidad, pero en vez de un sol que nos une, el símbolo unificador es el suelo. Retrata un paisaje industrial y agrícola alabando la fecundidad de la tierra que rinde gracias a las manos que la trabajan.
Además de describir lo que hay en el poema, es necesario marcar lo que no esta. No están, en esta estrofa, los miles de inmigrantes ilegales que cosechan las tierras de California, Texas, Florida, y otros estados del país. (Aunque Obama sí quiere regularizar la situación de los inmigrantes ilegales). Blanco solo habla de “manos gastadas” que trabajan. De todas maneras, la figura del inmigrante se presenta en el padre del poeta “cortando caña / para que mi hermano y yo pudiéramos tener libros y zapatos”.
En la quinta estrofa se profundiza el concepto de unidad con la imagen del aliento. Por ahora tenemos: Sol, Cara, Luz, Suelo y Aliento. Cada estrofa tiene su funcionamiento simbólico y se encadena con la próxima. El símbolo del aliento de la quinta estrofa se encarna en el ruido del comercio, nuevamente. El aliento es tanto nuestro, como de las bocinas de los autos, el ruido del metro y, en una de las imágenes más simples y bellas del poema, en “el canto inesperado de un pájaro sobre tu soga de ropa”.
El uso de Blanco de los pronombres personales es fundamental en el poema y su construcción. Crea una sensación de unidad íntima enunciando: “yo”, “tu” y” “nosotros.” Pero nunca dice “ellos”. No hay ni un enemigo, o rival o vecino en el poema.
Hay un concepto histórico-filosófico en los Estados Unidos que se llama “American Exceptionalism”. Es decir, el excepcionalismo americano. Dice que ese país tiene un propósito moral que es totalmente nuevo en la historia y exclusivo a su país. Según este concepto, los Estados Unidos tienen el derecho y obligación de perseguir su destino único, aparte de los demás países del planeta. Concientemente, o inconcientemente, el poema de Blanco subscribe este concepto.
La sexta estrofa se aparta de los símbolos de unidad —las cosas que nos unen a todos más allá de nuestras diferencias— y resalta las diferencias. La gente se saluda en diferentes idiomas: “Hello, shalom, bon giorno, howdy, namaste o buenos días”. En un recurso que ya hemos visto, Blanco justifica su corrección política —o su cliché, si uno quiere ser cruel— llamando atención a su propia biografía. Su mamá le decía “Buenos días”. No es que está meramente versificando. Está hablando de su vida.
En la séptima estrofa, Blanco vuelve al cielo, a las montañas, a los majestuosos ríos del país y a sus grandes obras de infraestructura que invocó en las primeas dos. Una vez más, sin embargo, es necesario en esta crítica nombrar tanto lo que no está como lo que sí está. Blanco nombra manos “cociendo un uniforme”. ¿Es el uniforme de un soldado? Y si lo es, ¿por qué no los nombra directamente? En especial, todos los soldados estadounidenses que murieron en la guerra de Irak. Una guerra que ha durado más tiempo que la Segunda Guerra Mundial. O de los caídos del otro bando, tantos soldados como civiles.
No aparecen. Sí aparece la construcción del “Freedom Tower” que reemplazará a las torres gemelas caídas el 11 de Septiembre del 2001. El esfuerzo del hombre por terminar su construcción, Blanco escribe, lucha contra la resistencia del cielo mismo.
En la octava estrofa ese cielo que se rinde a la ambición y valentía del hombre vuelve a ser un símbolo de nuestra unidad. Todos, al fin del día de trabajo, miramos al cielo, pensando en nuestros seres queridos, en el clima, en nuestros padres. Y así también el poema va cerrando un círculo que comenzó por una mañana y termina en un atardecer.
En la novena y última estrofa volvemos a casa después de un día de trabajo. En la distancia todos vemos una nueva constelación. La nombraremos juntos.
El poema de Blanco es optimista y feliz. Retrata un clima de orden cívico y de orgullo patriótico. El subtexto biográfico enfatiza que cualquiera que quiera esforzarse puede triunfar en el país. Pero reiteramos, en una lectura detallada resaltan tanto las ausencias como las presencias.
El poema habla de camiones, de trenes, de ladrillos, de petróleo. Todas tecnologías del siglo pasado y más allá. Habla de los 20 niños trágicamente muertos en un absurdo ataque nihilista, pero no menciona los miles y miles de muertos en las últimas guerras de Irak y Afganistán. Habla de la tierra y de su cosecha pero no habla de los trabajadores ilegales que también cosechan esa tierra.
El sol era el símbolo central de la primera estrofa del poema que abre con el principio de un día. El símbolo central de la última estrofa es la luna, ya que el poema cierra en una noche. Pero, tanto para el poema como para el país, la luna es un símbolo vacío. Entre muchas otras cosas, J.F.K. enunció el sueño llevar al hombre a la luna. Ese sueño se logró.
Muchas décadas después, sabemos que todos nosotros vivimos en un planeta en el centro de un desolador vacío cósmico. Lo único que nos queda es vivir en paz entre nosotros y tal vez, si somos muy ambiciosos, intentar explorar nuestro sistema solar.
El poema de Blanco, tanto como la visión política de Obama (¡y del mundo!) es de un arte menor. No nos da escalofríos. No nos desafía a soñar a lo grande, todos juntos, buscando una paz universal, como se lo imaginaba J.F.K. y sus contemporáneos de los años 60. Ojalá que sea un tiempo de reparación, de un fin de guerras, de una regulación de la industria y el comercio autodestructivos, del fin del racismo y el nacionalismo.
En algo hay que soñar.
Tomado de La Revista Ñ Clarin.

POR Andrés Hax

Poesía de Juan Gelman.

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