25 de junio de 2016

Las estaciones íntimas de Soledad Álvarez



POR JOSÉ ALCÁNTARA ALMÁNZAR

La voz poética de Soledad Álvarez resuena con acentos propios en las letras dominicanas desde que era una adolescente, cuando muchos artistas y escritores de la nueva generación querían cambiar el mundo armados de imágenes y palabras, y resultaba inconcebible la distinción entre el quehacer intelectual y la acción política.
Entonces, imbuidos de las utopías de un convulso siglo veinte que alentó revoluciones y sueños, los poetas bisoños intentaban echar por tierra la tradición literaria nacional y construían un universo a su medida, mientras amaban, hacían honor a la amistad y militaban en organizaciones izquierdistas que prometían transformar el país.
Soledad, apasionada y visceral, inmersa en cuerpo y alma en el centro de aquella vorágine de ilusiones y proyectos, asumió su tiempo con el fervor de una sacerdotisa que invoca la poesía y la vida, al tiempo que conjura temores y amenazas. En antologías y manuales leemos que ella formó parte del grupo literario La Antorcha y la Joven Poesía Dominicana, una pertenencia que por fortuna nunca adocenó su obra, lastrándola de la hojarasca verbal vocinglera, tan al uso en esos días, e inteligente al fin, en 1975 viajó a Cuba para cursar estudios universitarios en filología. Trabajó en el Centro de Investigaciones Literarias de Casa de las Américas, en un período de apogeo de esa prestigiosa institución, y allí adquirió una valiosa experiencia junto a Mario Benedetti, gran escritor e incomparable ser humano, además de conocer y leer a los mejores escritores latinoamericanos y europeos.
A su regreso, Soledad era otra. Una sólida preparación en filología y literatura enriqueció su saber de manera irrevocable, como demostró en su ensayo La magna patria de Pedro Henríquez Ureña, tesis universitaria que convirtió en libro para ganar el Premio Siboney de Ensayo en 1980.
En esa década fue asistente de Manuel Rueda en el suplemento literario Isla Abierta, experiencia decisiva que habría de enriquecer su visión literaria. Trabajar con Rueda, ser su discípula y amiga fue un privilegio que Soledad supo aprovechar al máximo, porque Manolo, entonces en la cumbre de su trayectoria literaria, era un maestro riguroso con el que se podían descubrir dimensiones insospechadas de la creación literaria y la interpretación musical. Soledad, que es una lectora voraz y tiene una curiosidad insaciable, dejó en las páginas del suplemento magníficas muestras de crítica literaria, ensayos y entrevistas. Pero la poesía es su primera pasión, un arte para el que está dotada de aptitudes sobresalientes, aunque la vacilación y la inconstancia le hayan impedido escribir la obra para la que está preparada.
En 1994, Soledad publicó su primer libro de poesía, Vuelo posible, que resultó un acontecimiento en la poesía dominicana de aquellos años, cuando aún no se habían extinguido del todo los ecos experimentales de la década anterior. Fue libro importante, de factura impecable, en el que asistimos como espectadores al despliegue del orbe personal de la autora, donde campea una sensualidad perturbadora que evoluciona con intensidad sostenida a través de imágenes singulares, para colocar a su hacedora en un lugar cimero entre el conjunto de mujeres poetas dominicanas. Se advertía en Vuelo posible la conciencia del oficio, la admirable sobriedad expresiva y el acusado sentido crítico de la autora para estructurar sus poemas.
Después de esa prometedora hazaña, durante doce años Soledad apenas publicó un breve libro de ensayos literarios, Complicidades (1998), hasta la aparición, en marzo de 2006, de Las estaciones íntimas, libro de poemas de su madurez que reafirma su gran talento poético y un manejo exquisito de las técnicas y formas de la poesía, género que no desaparece, sino que se renueva de continuo en las manos de sus artífices e interlocutores, esa inmensa minoría de que hablaba Juan Ramón Jiménez, citado por Octavio Paz en La otra voz, al referirse a la minoría selecta, pero inconmensurable, de lectores de poesía en la sociedad contemporánea.
Las estaciones íntimas —con estupendo prólogo del poeta José Mármol—, nos introduce al complejo cuerpo verbal, emocional y cognitivo de Soledad Álvarez, en una etapa de sabia madurez y envidiable destreza técnica. Una veintena de poemas breves, casi todos de una página, en lograda síntesis, le bastan para configurar un mundo interior donde bullen pasiones domesticadas, deseos latentes, recuerdos imborrables, junto a rituales cotidianos, homenajes a figuras admiradas e intertextualidades sutiles. Lo primero que seduce es la adorable presencia del cuerpo femenino en imágenes, posturas y desplazamientos en el reducido circuito de la casa. Un erotismo a flor de piel se instala desde el primer poema (“Ritual”), cuando la mujer descubre, en el agujero de su media de seda —material que evidencia su condición social—, el vacío y la carga de soledad que arrastra. 
En los poemas de este libro la mujer piensa y se piensa, en un fluir incesante que la lleva a cuestionar su entorno. Es la mujer pudiente, esplendorosa, rodeada de seguridad, incapaz de enfrentarse a la locura, el espanto, la indiferencia y el desvalimiento (“Oblea”); la mujer que retorna al origen en busca del encuentro primigenio de la pareja y emplea la lengua como instrumento exploratorio de zonas y parajes intocados. Y éste es otro de los rasgos distintivos del libro: el imperio de los sentidos. Es una fiesta interminable de roces delicados, olores sensuales, imágenes provocativas y sonidos familiares. Así, lo sensorial activa emociones y recuerdos, convirtiéndose en instrumento ontológico: Marco mi territorio con la lengua, / La tierra de carne y hueso donde retoña el instante / hasta abrir los cauces de la eternidad. (“Primer encuentro”).
El cuerpo se enseñorea de principio a fin en el libro, y hay poemas  (“Zoología”), en que asistimos a la aventura de formas y partes escrutadas, un terreno explorable que deleita y complace, en una dejadez que es parte del ritual de los cuerpos ajenos a toda inquietud o sobresalto. El olor inconfundible, el rastro de los humores, el contacto de los labios, no conducen necesariamente a la entrega absoluta, y pese a que el “otro” puede representar una “tabla de salvación para el naufragio”, siempre hay una reserva, un distanciamiento para eludir la sumisión. A veces el cuerpo es también objeto de reflexión sobre la decadencia femenina y la muerte (“Trofeo”).
Algunos poemas (“Desnudo”) permiten revelar lo que queda de aquella mujer incontenible del pasado. Ahora es una mujer madura en la que palpita un corazón inmenso que se ofrece como albergue al amado. En el gineceo habita la que reflexiona mientras espera. La casa es refugio donde los cuerpos se unen. Y la cama  no es sólo un espacio para yacer y dormir, sino para la entrega y la contemplación, la lucha de cuerpos que se necesitan, como en un mar embravecido y quemante donde el cuerpo del otro, de nuevo se vislumbra como balsa salvadora para una mujer indefensa (“Una cama no es una cama”).
En Las estaciones íntimas nos sumergimos en un universo vegetal, líquido y húmedo, donde el cuerpo es transformado en agua navegable de corrientes tranquilas que se mueven sin cesar (“Aguas profundas”). Se da también, a través siempre de los sentidos, una exaltación del arte culinario, una especie de sensualidad que se desprende de olores de especias y pescados, fragancias de vino y frutas, incluso de la ardua faena de crear manjares como se escriben poemas: Arrancarle la piel a la cebolla. / Desafiante / sobre la tabla de cocina / como en el poema / la palabra. (“Clase de cocina”). Hay un espacio soberano —la casa—, donde las mujeres reinan, entregadas  al ceremonial cotidiano, y cada una —madre, tías, abuela—, con sus atuendos y temores, sus fórmulas y mecanismos de supervivencia, es una mujer vacía y desesperanzada. Es así como la muerte acecha en los manjares de la cotidianidad —el chillo, los ajíes, las cebollas, el vino—, en una verdadera apoteosis de la vida a través de los placeres de la mesa, antes de morir. (“Nocturno festín”)
Siempre me ha llamado la atención la insensibilidad, por así decirlo, de nuestros escritores hacia la música. En muchísimos años asistiendo al teatro, se cuentan con los dedos de una mano los escritores asiduos a conciertos y recitales, movidos por su amor a la música y no por simple compromiso social. Algunos poetas lucen increíblemente sordos a las bondades de la música, mas esa indiferencia se paga caro a la hora de construir un soneto o un poema de versos libres. Soledad es una honrosa excepción en ese panorama y lo prueba con su libro Las estaciones íntimas, en el que ha puesto una cuidadosa atención al ritmo y las cadencias interiores, al fraseo, la melodía, la selección y yuxtaposición de palabras, arriesgándose incluso a destruir la armonía compositiva mediante el uso reiterado de palabras esdrújulas, tan peligrosas en cualquier poema. (“Nocturno festín”, “Misterio de Fez”).
En los homenajes a Manuel Rueda y Franklin Mieses Burgos —dos maestros entrañables que tuvieron “oídos” únicos para la poesía—, Soledad convierte la música no en simple leit motif, sino en fundamento del ser que escapa del  tedio cotidiano; la mujer que intenta salir del laberinto y encontrar la salida. Sólo la música convierte lo baldío en fértil y lo yermo en vivo: Música, sálvame de la vigilia estéril / entrégame la clave para abrir los laberintos, / la melodía que germina el milagro (“Por la música”). O bien es una búsqueda de identidades, a través de esa música que está en la amalgama original de nuestro pueblo, y que indica atracción por esa dinámica primaria que nos pone en la ruta de los instintos, el aturdimiento y el dolor de la “otredad” a la que nos acercamos hipnotizados (“Merengue final”). En el poema que da título al libro, el homenaje a Marguerite Yourcenar —otra presencia tutelar en la obra— sirve de pretexto para revelar el significado profundo del alejamiento: ese ostracismo voluntario de la extraordinaria escritora francesa en la isla de Main, Estados Unidos; su opción por la vida simple, junto a la naturaleza virgen, esa búsqueda de eternidad en la imagen del río que fluye, la sucesión infinita de la vida y la muerte.
Las estaciones estallan con toda su fuerza en cada página. En primavera, la felicidad es una flor en el silencio. En verano, los frutos en sazón expresan abundancia, mientras el incendio de los cuerpos por el deseo desemboca en la entrega.  Hay, pues, vasos comunicantes entre erotismo y naturaleza: Ah, si como a los frutos el verano madura el deseo.
Con el otoño se abren de par en par las ventanas del tiempo. Más bien, el recuerdo, sin rostros, de otro tiempo. La quietud de la estación templada ofrece un refugio seguro donde todavía puede sentirse el calor de brasas entre las cenizas. Y en el invierno, en medio de paisajes serenos, lluvias incesantes y olores familiares que invaden los rincones, el recuerdo retorna pertinaz: abrigo del recuerdo ovillándose en sí mismo, / evocada plenitud, cuando todo termina. En este hermoso poema en cuatro partes, Soledad logra elevar su voz a considerable altura, con un refinamiento y una mesura admirables que convierten el poema —cincelado con apasionada ternura— en una exquisitez.
Como en una partitura, además de palabras para sentir y pensar, en el libro está presente el silencio, que es tan elocuente como el sonido. Un silencio fecundo que la autora emplea para buscar formas suspendidas en el tiempo, escribir un poema, nombrar las cosas.  Silencio para evocar, con palabras reveladoras, la historia de un desamparo: Escribo silencio y la página es una casa de salones vacíos / grande como la muerte de las ballenas / donde una niña sola grita su nombre / Soledad    soledad. (“Variaciones del silencio”, II).  Silencio de sí misma, que la hace retornar a los hombres amados, a la ciudad de su juventud, a la ciudad de posguerra, la misma de los versos dolientes de un  René del Risco desencantado, que le hace guiños desde el espacio inmenso de la eternidad.
En uno de los últimos poemas de Las estaciones íntimas (“Misterio de Fez”), la visita a la lejana capital marroquí incita a la curiosidad. Allí, el culto a lo sagrado es indisociable de la sensualidad pagana y los sentidos se enardecen ante la mirada de escenas callejeras y el festín de sabores y olores exóticos en esquinas y rincones, en contraste con el paisaje marino de nuestra isla, donde el azul es obsesión y avidez de inmensidades (“Portillo”). En el breve poema final (“Preguntas”)  se agolpa el sentido de la vida, un trayecto surcado de sueños y olvidos.
En los últimos tiempos, gracias a la generosidad de un poeta español, amigo mío, he podido conocer la obra poética de las nuevas promociones de escritores ibéricos, a veces con agradables descubrimientos, es cierto, otras con desencanto. Pero no recuerdo una voz que haya dejado en mí una impresión perdurable, ni un conjunto de poemas que pueda equiparar con los contenidos en Las estaciones íntimas, que es no sólo un libro memorable —por su acabada factura compositiva, la selecta precisión, la diafanidad verbal—, sino el mejor libro de poesía que he leído en muchos años.
Al hacer esta segunda entrega, Soledad Álvarez contrae con sus lectores el ineludible compromiso de continuar publicando su obra, para placer de todos y en beneficio de la cultura dominicana y las letras hispánicas.
Por 
info[@]hoy.com.do 
08 julio, 2006

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