11 de mayo de 2011

Adios A Sabato

 Mario Sabato: “Mi padre tenía una vitalidad trágica”


Un emotivo homenaje a Ernesto Sabato El público llenó ayer la enorme sala Jorge Luis Borges para recordar al autor, que murió el sábado. En una charla de tono cálido, su hijo contó cómo era el escritor en la casa y habló de su madre, Matilde.

POR Andrés Hax - ahax@clarin.com
Etiquetado como: Mario Sabato Ernesto Sabato El destino decidió que 2011 sea un año de despedidas de grandes figuras de las letras argentinas: primero María Elena Walsh, seguida por David Viñas y el sábado, el gran Ernesto Sabato. Anoche, en un atardecer helado en el enorme pabellón Jorge Luis Borges, el segundo hijo de Ernesto Sabato —el cineasta, Mario— enfrentó noblemente la dolorosa tarea de recordar públicamente a su padre en un homenaje que estaba programado previamente como un tributo al escritor que en 24 junio iba a cumplir 100 años. Se trataba de una charla y la proyección de “Sabato, mi padre”, un documental que hizo Mario y del que al escritor le mostraron sólo 40 minutos “para que no reviviera momentos dramáticos”.
Antes de salir al escenario sonaba la musica de Adiós Nonino de Piazzolla y otros tangos que tanto le gustaban a Sabato.
La forma que tomó el homenaje fue un reportaje público en el cual el presidente del Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires, Juan Carlos D’Amico, entrevistó a Mario Sabato. Antes de comenzar D’Amico pidió disculpas a los periodistas por las posibles torpezas que podría cometer por no ser del rubro. Sin embargo, resultó ser un interlocutor ideal, ya que hizo preguntas que tal vez un periodista no se hubiera animado a formular por pudor de hacer cuestionamientos sumamente íntimos en un momento tan difícil. El resultado fue un encuentro cálido.
Por ejemplo, D’Amico le dijo a Mario: “Ernesto Sabato fue siempre un hombre que padeció llevar como carga muchas de las desgracias que ocurren en el mundo… ¿Transmitía esa pesadumbre en el ambiente familiar?” Y Mario, encorvado en su asiento, mirando hacia la mesa donde se sentaba sobre el escenario delante de casi mil personas, con su pelo gris y un saco gris, respondió: “Trataba de hacerlo, pero no lo dejábamos mucho. Vamos a ser sinceros: era bastante hinchapelotas con eso. No se puede estar triste todo el tiempo, angustiado todo el tiempo… Todo era una exageración. Vivió esa exageración…” ¿Cómo era Ernesto? El hijo lo tenía calado: “Parecía muy duro, pero no lo era tanto. Se escudaba detrás de esos anteojos de armazón grueso y negro”.
Un conocido de Ernesto Sábato, quien estuvo en más de diez cumpleaños del escritor, comentó la increíble semejanza de la voz de Mario y la de su padre; la entonación, las pausas, la melodía. En lo que fue el momento más desgarrador de la noche, D’Amico le pidió que Mario repitiera lo que dijo hoy a la mañana en el entierro. Fue el único momento en el cual se le quebró la voz al hijo de Ernesto (su hermano Jorge, murió en un accidente automovilístico en 1995): “Mi homenaje chiquito es decirle a mi padre y mi madre y a mi hermano que me voy a hacer cargo de la familia. Ahora soy el jefe de la familia.” Al principio de la charla D’Amico anunció que la casa de Sabato en Santos Lugares será declarada patrimonio provincial y convertida en un casa museo “para estar cerca de Sabato el mayor tiempo posible.” Esa casa, se sabe, fue un lugar importante en la vida del escritor. Ayer, Mario contó que, antes que su familia, la habitó el escritor brasileño Jorge Amado.
Mario hizo un homenaje muy sentido a su madre Matilde Kuminsky. Dijo que vivió para sostener, impulsar y estimular a su padre y que postergó su propia carrera como escritora. Sobre el final de su vida publicó dos libros, uno de cuentos y uno de poemas.
Mario aludió a la figura pública de su padre y la reacción del publico frente a su muerte:“En estos dos días tumultuosos, ha sido maravilloso sentir la compañía de la gente. Papá no nos pertenecía, le pertenecía a toda esa gente que fue a darle su último adiós y eso me da alegría y orgullo.” La frase de Mario que resume en una línea el luto del hijo fue: “Mi padre tenía una vitalidad trágica”.

2 de mayo de 2011

Adios Poeta


Mientras más en la muerte
pienso la vida
teniendo vida y muerte
me desvive el amor
y el ser que por mi pasa
con la sombra desnuda
me endurece no ver
que no existe la muerte
ni la vida.

Victor Villegas.

El poeta dominicano Víctor Villegas falleció el 23 de abril, precisamente cuando se celebraba el Día Mundial del Libro. Murió a los 85 años luego de varios meses en delicado estado de salud. Sus amigos, poetas como él, lo recuerdan en declaraciones para Librusa.



TOMAS CASTRO BURDIEZ
"Con el fallecimiento del escritor Víctor Villegas se va el padre, el hermano, el amigo, el irrepetible compañero mayor de la generación de los 80. Con él, desde 1948 hasta la fecha, se quebraron las barreras generacionales. Fue la llama para la formación de la Unión de Escritores Dominicanos, la que presidió y de la que fui directivo"


FEDERICO JOVINE BERMUDEZ
"Con la muerte de Víctor Villegas el país pierde a un ser humano que siempre transitó vías de decencia, dignidad y honestidad. Poeta de voz comprometida con su pueblo, Víctor jamás transigió con el facilismo y la inmediatez. Al morir él ha cobrado su verdadera dimensión, por lo que entendemos que su muerte debe de hacernos honrar de manera permanente su recuerdo.
¡Ha muerto Víctor Villegas, que viva la poesía!"

29 de marzo de 2011

Leer Poesía y Conocer lo Desconocido


Vivir frente al mar
para olerlo,
mirarlo al instante del deseo,
oírle el ruidoso silencio,
dormir con él,
caminarle la orilla, las violetas tardes,
conocerle los cambios por instinto,
acompañarlo en sus soledades grises y lluviosas,
predecirlo.  Carmen Valle







"veo
que he acumulado
una serie de
admiradores
con bonito
pensamiento
afilada lengua
miradas obscenas
por demás
olvidadizos"
Maya Cu Choc







No sabes como necesito tu voz;
necesito tus miradas
aquellas palabras que siempre me llenaban,
necesito tu paz interior;
necesito la luz de tus labios
!!! Ya no puedo... seguir así !!!
...Ya... No puedo
mi mente no quiere pensar
no puede pensar nada más que en ti.
Necesito la flor de tus manos
aquella paciencia de todos tus actos
con aquella justicia que me inspiras
para lo que siempre fue mi espina
mi fuente de vida se ha secado
con la fuerza del olvido...
me estoy quemando;
aquello que necesito ya lo he encontrado
pero aun !!!Te sigo extrañando!!!
Mario Benedetti




Tienen sus dulces ojos moribundos
Tal expresión de gozo mundanal,
Que a veces pienso si el genial artista
Diole a su Cristo alma de don Juan.
Fabio Fiallo








La lluvia tiene un vago secreto de ternura,
algo de soñolencia resignada y amable,
una música humilde se despierta con ella
que hace vibrar el alma dormida del paisaje.
Federico Garcia Lorca









Con mi cara de ataúd
y mis mariposas viejas
yo también me hago presente
en esta solemne fiesta.
Nicanor Pabra




Si me quieres, quiéreme entera,
no por zonas de luz o sombra...
Si me quieres, quiéreme negra
y blanca. Y gris, y verde, y rubia,
y morena...
Quiéreme día,
quiéreme noche...
¡Y madrugada en la ventana abierta!
Si me quieres, no me recortes:
¡Quiéreme toda... O no me quieras!
Dulce María Loynaz





El mar no es más que un pozo de agua oscura,

los astros sólo son barro que brilla,
el amor, sueño, glándulas, locura,
la noche no es azul, es amarilla.
Idea Vilariño








Debo saludar la tarde desde lo alto,
poner mis palabras del lado de la vida
y confundirme con los hombres
por calles en donde empieza a caer la noche.
René del Risco Bermúdez






17 de marzo de 2011

Gabriela Mistral rebelde sin fronteras


Por
Hernando Soto
Clarín de Chile


Mistral fue en muchos aspectos una adelantada a cambios y enfoques que hoy parecen naturales, indispensables y muchas veces urgentes. Cristiana de espiritualidad esencial, se definió como partidaria de transformaciones profundas: la necesidad de una reforma agraria, el latinoamericanismo real, el respeto a los indígenas y mestizos, el amor por los niños y los oprimidos. Ejemplar fue su preocupación por la instrucción y la cultura al servicio del pueblo.

Deberíamos tratar de conocerla mejor, más allá de convencionalismos y oscuridades.



Su sentimiento de pertenencia al mundo popular fue indiscutible. En carta a un amigo mexicano le confiaba: “…debo a la aristocracia una protección generosa: la de su defensa cuando se hizo campaña contra mi nombramiento para un liceo, pero la clase dentro de la cual me siento, aquella de la que espero más y a la que amo de corazón es la clase obrera”.

Tenía una opinión clara sobre el lugar que debía serle reconocido a los trabajadores en la sociedad. Cuando en 1925 fue invitada a participar en el Consejo Nacional de Mujeres condicionó su gustosa aceptación a que en él participaran las sociedades obreras, para que se reflejara la realidad de las clases sociales de Chile: “La clase trabajadora no puede ser menos de la mitad de los representantes en una asamblea cualquiera, cubre la mitad de nuestro territorio, forma nuestras entrañas y nuestros huesos. Las otras clases son una especie de piel dorada que la recubre”.

A esa toma de posición agregaba otros elementos identitarios que la fueron completando, como su calidad esencial de lugareña, del pequeño valle excavado en la aridez de los cerros en que nació y vivió sus primeros años, cerca de La Serena. “Somos la gente de esta zona de Elqui, mineros o agricultores en el mismo tiempo. En el valle el hombre tomaba sobre sí la mina, porque la montaña nos cerca por todos lados y no hay modo de desentenderse de ella: la mujer labraba en el valle. Antes de los feminismos de aldea y de reformas legales, cincuenta años antes, nosotros hemos tenido allá en unos tajos de cordillera el trabajo de la mujer hecho costumbre. He visto de niña regar a las mujeres a la medianoche en nuestras noches claras, la viña y el huerto frutal; las he visto hacer totalmente la vendimia; he trabajado con ellas en la llamada ‘pela del durazno’ con anterioridad a la máquina deshuesadora; he hecho sus arropes, sus uvates y sus infinitos dulces llevados de la bonita industria familiar española”.



En la huella de Martí



A través de la mirada y el recuerdo de su aldea, Gabriela pudo imaginar y tratar de entender el mundo. Su raigambre latinoamericana se hizo profunda, más allá de particularismos y definiciones políticas. Hablando ante el consejo directivo de la Unión Panamericana, en Washington, en 1946, poco después de “eso de Estocolmo”, como decía a veces para referirse al Premio Nobel, señalaba: “No soy una patriota ni una panamericanista que se endroga con las grandezas del continente. Me lo conozco casi entero desde Canadá a Tierra del Fuego; he comido en las mejores y en las peores mesas, tengo esparcida en la propia carne una especie de limo continental. Y me atrevo a decir, sin miedo de parecer un fenómeno, que la miseria de Centroamérica importa tanto como la del indio fueguino y que la desnudez del negro de cualquier canto del trópico me quema como a los tropicales mismos”.

Gabriela seguía la huella de José Martí en Nuestra América y también la visión de Francisco Bilbao, que veía el futuro de América Latina como tierra de promisión para la Humanidad unida, democrática y comprometida con los ideales liberadores. Gabriela reclamaba autenticidad y no copia, originalidad y no imitación y veía que uno de los peligros centrales estaba en Estados Unidos. Apoyó ardientemente la lucha de Sandino contra los invasores norteamericanos de Nicaragua e incluso, llamó a los jóvenes latinoamericanos a defender con las armas esa causa imposible por la infinita desproporción de los adversarios, en la que Sandino y “su pequeño ejército de locos” contaban solamente con su valor para luchar por la dignidad y la justicia.
En 1922, Gabriela publicó El grito , que puede verse como un compendio de su ideario latinoamericano, en que imagina al continente como una gran esperanza: “América y sólo América. ¡Qué embriaguez semejante futuro, qué futuro, qué reinado vasto para la libertad y las excelencias mayores!”. La ve abrumada por la potencia financiera e industrial de Estados Unidos, por su poderío y su influencia. No deriva de ello un odio hacia los norteamericanos sino más bien un reproche a nuestra propia incuria y debilidad. “¿Odio al yankee ? ¡No! Nos está venciendo, nos está arrollando por culpa nuestra, por nuestra languidez tórrida, por nuestro fatalismo indio. Nos está disgregando por obra de algunas de sus virtudes y de todos nuestros vicios raciales. ¿Por qué le odiaríamos? Que odiemos lo que en nosotros nos hace vulnerables a su clavo de acero y oro: a su voluntad y a su opulencia”. Al terminar, llama a dirigir toda la actividad hacia la unificación de América, motivada por “la lengua que le dio Dios y el dolor que le da el Norte”.


Unidad de América Latina


Su convicción de la necesidad y urgencia de la unidad de América Latina no la abandonó. Y fue más específica: “Nosotros debemos unificar nuestras patrias en lo interior, por medio de una educación que se trasmuta en conciencia nacional y de reparto del bienestar que se nos vuelva equilibrio absoluto, y debemos unificar esos países nuestros dentro de un ritmo abordado un poco pitagórico, gracias al cual aquellas veinte esferas se muevan sin choque, con libertad y también con belleza… Nos trabaja una ambición oscura y confusa todavía, pero que viene rodando por el torrente desde los arquetipos platónicos hasta el rostro calenturiento y padecido de Bolívar cuya utopía queremos volver realidad de cantos cuadrados”.
Desde la adolescencia, Gabriela Mistral tuvo preocupaciones sociales que se acentuaron con la lectura, los estudios y el contacto con la realidad de la educación pública. Después, la permanencia en México fue determinante. Joaquín Edwards Bello la recuerda en París en misiones oficiales, “ensimismada soñaba con la democracia, con el reparto agrario, con la suerte de Puerto Rico y Nicaragua”. Y precisamente en uno de los textos de apoyo a la gesta de Sandino, Gabriela escribió: “…voy convenciéndome de que caminan por la América vertiginosos tiempos en que no digo las mujeres, sino los niños también, han de tener que hablar de política, porque vendría a ser (perversa política) la entrega de las riquezas de nuestros pueblos, el latifundio de puños cerrados que impide una decorosa y salvadora división del suelo, la escuela vieja que no da oficios al niño pobre y da al profesional a medias su especialidad, el jacobinismo avinagrado de puro añejo que niega la libertad de cultos que conocen los países cultos, las influencias extranjeras que ya desnudan con absoluto impudor ante nuestros gobernantes”.
Su permanencia en México, entre 1922 y 1924, invitada por el ministro de Educación, José Vasconcelos, y donde volvió muchas veces, cambió su vida. La distribución de la tierra se convirtió en una de sus preocupaciones permanentes. Entendió que el latifundio era un problema central para América Latina, mucho antes que se pusiera en el centro de la agenda política. En 1954, cuando vino por segunda y última vez a Chile, preguntó por la marcha de la reforma agraria, sin saber (o sabiendo) que no estaba entre las preocupaciones del gobierno encabezado por Carlos Ibáñez del Campo. En México también tomó mayor conciencia de la situación desmedrada de los pueblos indígenas y del carácter mestizo del continente, que destaca en su obra, a partir de una suerte de revelación que aparece en sus conocidos versos: “En el campo de Mitla, un día de cigarras, de sol, de marcha/ me doblé a un pozo y vino/ un indio a sostenerme sobre el agua/ y mi cabeza como un fruto estaba dentro de sus palmas./ Bebía yo lo que bebía/ que era su cara con mi cara/ y en un relámpago yo supe/ carne de Mitla ser mi casta” . En los “Himnos” de su libro Tala se ha visto incluso una sustitución de la raíz judeocristiana de su obra por un misticismo indígena, en que son el Sol, la Cordillera y la Tierra las divinidades tutelares.

Denuncia del fascismo


Gabriela ya tenía veintiséis años cuando estalló la primera guerra mundial en Europa, una carnicería hasta entonces inimaginada. Vivió después los tiempos de la gran oleada revolucionaria que inició la revolución rusa en 1917, la contraofensiva capitalista marcada por el fascismo en Italia, Portugal y Rumania, y a comienzos de los años 1930, el ascenso incontenible de Hitler y los nazis en Alemania. Gabriela Mistral estuvo entre los primeros que advirtieron el peligro fascista. En algún momento se negó a ser cónsul en una ciudad italiana mientras gobernara Mussolini. En la guerra civil española apoyó la causa de los republicanos y donó a los niños vascos -desplazados por el ataque de los fascistas- los derechos de autor de su libro Tala . En un elogio fúnebre a Pablo de la Torriente, joven comunista cubano voluntario en las tropas republicanas españolas, caído en combate, destaca su heroísmo y generosidad y concluye que su muerte no habrá sido en vano “si este mundo satánico, de hierro color pardinegro color de fiera que desean darnos se disuelve como una pesadilla antes de cuajar”. Abominaba de Franco y no volvió a pisar tierra española. Fueron tiempos de monstruosas convulsiones sociales y políticas que se extendieron a Asia y Africa y no dejaron incólume a América Latina.
La segunda guerra mundial, con el Holocausto, los campos de concentración y los bombardeos atómicos a Hiroshima y Nagasaki daban cuenta del término de una época, y del despuntar de nuevas esperanzas y también de la amenaza de enormes peligros. Después de la guerra, la causa de la paz pasó a ser crucial. La amenaza de un ataque nuclear a la Unión Soviética por parte de Estados Unidos pasó a ser una amenaza real denunciada por intelectuales, científicos y artistas que la propaganda occidental acusaba de instrumentos del comunismo. Gabriela Mistral contribuyó con “La palabra maldita”, un texto que fue conocido en todo el mundo: “Hay palabras que, sofocadas hablan más, precisamente por el sofoco y el exilio y la de ‘paz’ está saltando hasta las gentes sordas o distraídas porque al fin y al cabo, los cristianos extraviados de todas las ramas, desde la católica hasta la cuáquera, tienen que acordarse de pronto como los desvariados de que la palabra más insistente en los Evangelios es ella precisamente, ese vocablo tachado en los periódicos, este vocablo metido en un rincón, este monosílabo que nos está vedado como si fuera una palabra obscena. Es la palabra por excelencia y la que, repetida, hace presencia en las Escrituras sacras como una obsesión. Hay que seguir vocéandola día a día, para que algo del encargo divino flote aunque sea como un pobre corcho sobre la paganía reinante… Digásmola cada día en donde estemos, por donde vayamos, hasta que tome cuerpo y se cree una ‘militancia de la paz’ la cual llene el aire denso y sucio y vaya purificándolo”.


“Una enorme revolucionaria”


Gabriela fue, como escribió el pintor Roberto Matta, “una enorme revolucionaria en el sentido más humano del término”. No fue marxista ni menos anarquista, pero no se opuso a las transformaciones profundas. Elogiaba muchas cosas del comunismo y criticaba duramente otras, como la política antirreligiosa y las medidas que ponían en riesgo la familia. Denunció la invasión soviética a Finlandia, en 1939, y apoyó la política de paz de la URSS durante la segunda postguerra. Del mismo modo rechazó la política anticomunista de González Videla en Chile.
Estuvo cerca de los principales líderes socialcristianos como Eduardo Frei y Radomiro Tomic, de quien fue amiga y comadre, pero es dudoso que se hubiera definido como democratacristiana. Hubiera deseado una Iglesia al servicio de los pobres y una vez se definió como una comunista individualista, queriendo decir que no se oponía al trabajo colectivo y comunitario y a una distribución equitativa de la riqueza con respeto inamovible por el individuo, su singularidad y su derecho a autogobernar sus decisiones. Quería, aseguraba, conservar “la mayor suma de individualismo dentro de una norma colectivista”. Su fundamento era básicamente ético y cristiano, dentro de una religiosidad singular, inicialmente católica, luego budista y con inclinaciones teósoficas, hasta volver al catolicismo inicial teñido por la permanente lectura de la Biblia y la admiración por San Francisco de Asís. Tal como Clotario Blest, en sus últimos días Gabriela fue seglar de la Orden Franciscana Menor.
Una reflexión de Gabriela Mistral, de hace más de sesenta años, sobre la juventud merece ser recordada: “Busca la juventud de hoy más o menos estas cosas: un orden social en el cual las diferencias de clase no sigan correspondiendo a nombre y dineros sino a la capacidad comprobada del oficio o la profesión, es decir a los valores reales. Todas ellas desean eliminar la lacra de la miseria que ha sido lacra en el rostro noble de la latinidad. Todos quieren que el trabajo no sea asunto de azar y de dolor, de casualidad desordenada y de esfuerzo excesivo. Y aunque se quiera ver sobre esas juventudes la costra de un materialismo craso que no mostraban las anteriores, la verdad es que ella va buscando una espiritualidad nueva”.


Fuente: http://www.elclarin.cl/web/index.php?option=com_content&view=article&id=623:gabriela-mistral-rebelde-sin-fronteras&catid=5:cultura-y-espectaculos&Itemid=6

6 de marzo de 2011

Nicolas Gullen



"Un poema de amor"




No sé. Lo ignoro.

Desconozco todo el tiempo que anduve

sin encontrarla nuevamente.

¿Tal vez un siglo? Acaso.

Acaso un poco menos:

noventa y nueve

años.

¿O un mes? Pudiera ser.

En cualquier forma

un tiempo enorme, enorme, enorme.



Al fin, como una rosa súbita,

repentina campánula temblando,

la noticia.

Saber de pronto

que iba a verla otra vez, que la tendría

cerca, tangible, real, como en los sueños.

¡Qué explosión contenida!

¡Qué trueno sordo

rodándome en las venas,

estallando allá arriba

bajo mi sangre, en una

nocturna tempestad!

¿Y el hallazgo, en seguida? ¿Y la manera

de saludarnos, de manera

que nadie comprendiera

que ésa es nuestra propia manera?

Un roce apenas, un contacto eléctrico,

un apretón conspirativo, una mirada,

un palpitar del corazón

gritando, aullando con silenciosa voz.

Después

(ya lo sabéis desde los quince años)

ese aletear de las palabras presas,

palabras de ojos bajos,

penitenciales,

entre testigos enemigos.

Todavía

un amor de «lo amo»

de «usted», de «bien quisiera

pero es imposible»...De «no podemos,

no, piénselo usted mejor»...

Es un amor así,

es un amor de abismo en primavera,

cortés, cordial, feliz, fatal.

La despedida, luego,

genérica,

en el turbión de los amigos.

Verla partir y amarla como nunca;

seguirla con los ojos,

y ya sin ojos seguir viéndola lejos,

allá lejos, y aun seguirla

más lejos todavía,

hecha de noche,

de mordedura, beso, insomnio,

veneno, éxtasis, convulsión,

suspiro, sangre, muerte...

Hecha

de esa sustancia conocida

con que amasamos una estrella.

28 de enero de 2011

Poesía Dominicana











Así la Vida Es Hoy


He amanecido. ¡Qué raro estar vivo otra vez!
Se lo pregunto con ternura a mi mesa de trabajo.
Ella no sabe nada. ¿Estoy vivo, por qué?
Y es raro sentir el hueso que te besa un poco
bajo mis fuertes labios de varón.

¡Qué raro tengo el mismo peso de otros días amargos!
El camino es muy largo y la vida muy corta.
Ella no sabe nada. ¡La pobre vida a golpes va pasando!
Me enamoré una vez; en el bolsillo tuve su retrato
lleno de primavera y de jamás

todos los días me asomo a la ventana
y veo que la vida está muy bella, que es imposible estar
en otra primavera. Al sur daré mi corazón;
será alondra cada gota de sangre de su voz.
Está tranquilo. Calla bajo el sol.

He amanecido. ¡Qué raro que mis ojos
vean, llenos de amanecer que estoy ya vivo!
La primavera, ¿dónde está?
Tal vez la tenga en el retrato aquél
Lleno de tiempo. Así la vida es hoy...

© Antonio Fernández Spencer


Nacido en Santo Domingo el 22 de junio de 1922 y fallecido en su ciudad natal el 10 de marzo de 1995, Antonio Fernández Spencer fue uno de los arquitectos del gran movimiento literario que fue La Poesía Sorprendida. Tras una primera etapa de formación en el país viajó a España donde fue alumno en los cursos de filosofía y estética de José Ortega y Gasset.

Aquella fue la época de una gran producción poética que quedó reconocida con importantes reconocimientos como los prestigiosos galardones poéticos Premio Adonais 1952 y Premio Leopoldo Panero 1969. Si la etapa española ha sido importante, mucho más lo será la de su regreso al país donde fundará la Colección Arquero.

Antonio Fernández Spencer fue un poeta y crítico culto y apasionado que daba mayor importancia a la fidelidad y transparencia de la imagen poética que a la supuesta objetividad de la labor crítica. Su obra lleva una carga de grandiosidad , y trascendencia-.

Obra
Vendaval interior (1944), Bajo la luz del día (1953), Nueva poesía dominicana (1953), A orillas del filosofar (1960), Ensayos literarios (en colaboración con Manuel Valldeperes) y Carlos Federico Pérez, 1960), Los testigos (1962), Caminando por la literatura hispánica (1964), Noche infinita (1967), Diario del mundo 1952-1967 (1970), El regreso de Ulises (1985), Obra poética completa (1985), Poemas sin misterio (1988), Cuando pasan los soles (1990), Abismos (1991).



26 de enero de 2011

La Hipocresía del Señor Vargas Llosa


Rafael Inocente
Rebelión

Alguien mencionó alguna vez que Arequipa había producido lo peor y lo mejor del Perú. Mencionaba ese alguien a Vladimiro Montesinos, Abimael Guzmán, Héctor Cornejo Chávez, Hernando de Soto y Mario Vargas Llosa, como ejemplos palmarios de su afirmación extremista. En 1996 Montesinos ya se había hecho del poder en complicidad con los militares y Kenya Fujimori. Abimael Guzmán, encerrado en las mazmorras de la Base Naval, se descamaba lentamente, y don Mario, huido a Europa, publicaba a sus 59 años —la misma edad que tenía Arguedas cuando se disparó un tiro en la Agraria— el libro que yo devoraba vorazmente. Una legislación antiterrorista, violatoria de todas las garantías del debido proceso, permanecía incólume, mientras los jueces sin rostro encerraban a miles de inocentes a través de una maquinaria atroz que concedía facultades extraordinarias a la policía en la fase de investigación y se juzgaba a civiles en cortes militares, con la más absoluta impunidad. Más de veinte mil peruanos de a pie, culpables e inocentes, sufrían cruel carcelería y sus derechos básicos eran vulnerados hasta la náusea por las condiciones de las mazmorras fujimontesinistas.

En este contexto leí ese híbrido llamado La Utopía Arcaica. ¿A qué se refiere el título del libro? ¿En qué consiste una utopía arcaica? Elaborada mediante el cruce de tres temas capitales —la vida de José María Arguedas, el análisis de su obra literaria y la historia del indigenismo peruano—, el libro es un alegato sobre la vida y obra de José María Arguedas, partiendo de la premisa de que literatura y biografía son partes indisociables de un todo. A lo largo de sus páginas se respira un ambiente de degradación, bronca y encono. Según Vargas Llosa en la obra literaria de Arguedas existiría un anhelo de reivindicación prehispánica, proyecto irreal, que consistiría en el restablecimiento de un Perú antiguo, arcaico, colectivista, tradicional, rural y mágico-religioso. El gran tema es el mundo andino, que por sus características geográficas y culturales representaría una forma más profunda y auténtica de humanidad que los desiertos y valles costeros. El Perú aparece como una sociedad fragmentada, enfrentada, injusta, pícara pero sumisa, un rompecabezas mal hecho y estropeado. Ahora como en aquél 1996 me cuesta mucho comprender cómo una sociedad así, pueda seguir sobreviviendo. Quizá la violencia interna que vivimos en los últimos años sea un indicador de que tales contraposiciones sociales y culturales desembocan en graves conflictos, cuando no en sangrientas guerras fratricidas. Así, según Vargas Llosa, en la obra de Arguedas se vería expresada una fantasía histórica, según la cual el pueblo indígena creó en los Andes una civilización moralmente superior a la que trajeron los europeos y que sobreviviría en los indígenas de hoy. Siguiendo su razonamiento, la obra de Arguedas sería parte de una tendencia reaccionaria dentro de la corriente indigenista, con contenido notoriamente racista, parte de una “superchería audaz” del autor de inventarse una sierra y un Perú a la medida de sus fantasías.

Esto es, letras más, letras menos, lo que nos plantea Vargas Llosa frente al desgarrador panorama peruano. En el epílogo de su novela póstuma El Zorro de arriba y el Zorro de abajo, Arguedas inserta un texto titulado “No soy un aculturado”. Aquí expone su ideal de un Perú moderno y multicultural con matriz andina, muy lejos de una utopía indigenista reaccionaria como la ha presentado Vargas Llosa, premio Rockfeller 1988. En el planteamiento de Arguedas se hace presente la tensión entre el ideal de la modernidad por un lado, y el ideal de la diversidad cultural, por otro. Al leer las obras de Arguedas, sus artículos periodísticos, sus ensayos y cartas, vemos que lo que plantea el andahuaylino es una síntesis entre ambos proyectos opuestos. Para Vargas Llosa, por el contrario, modernizarse es abolir lo mágico y renunciar a las creencias y costumbres tradicionales. El camino a la modernidad, según las fanáticas posiciones ultraderechistas del arequipeño admirador de Margaret Tatcher, llegará a través del libre mercado, las elecciones libres y la alternancia de poderes.

Por eso no me ha asombrado la tosquedad ideológica del discurso Nobel de Mario Vargas Llosa ni el hipócrita besito en la mejilla a un Alan García que antes despreciaba, al mejor estilo de la Camorra napolitana. Su grosero llamado a la defensa de la democracia liberal, el pluralismo político, la tolerancia, los derechos humanos, las elecciones libres y toda esa monserga liberal que le ha convertido en portavoz de los malcriados del mundo. Para don Mario el asunto es de una claridad meridiana: modernidad o atraso, libre mercado o estado. Lo que olvida convenientemente el novelista arequipeño es que tal dicotomía en épocas de globoidiotización es falaz: el mercado compra estados, los corrompe, los coopta, los prostituye. El estado, una figura tradicionalmente irrelevante en las sociedades sudamericanas, ha sido absolutamente incapaz de cumplir con su principal función contemporánea, a saber, dotar de bienestar a los grupos desposeídos, pero sí ha servido para monopolizar el uso de la violencia y cobrar los impuestos. El mercado en un modelo económico excluyente e injusto como el que defiende Vargas con sus veinte uñas usurpa las funciones del estado para beneficio de las multinacionales, aquellas que portarían los estandartes del progreso y la modernidad, mitos caros de Varguitas, tan mortales como el nacionalismo que dice detestar con fervor anarquista. Una tremenda ficción ha traficado Vargas Llosa en su discurso, ¡qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene identidad porque las tiene todas!, en medio de la algarabía de una Lima tan colonial como hace cuatrocientos años. Aclamado por la intelectualidad criollo-parasitaria y por el populacho feroz, aplaudido a rabiar por esa partida de huevones que son sus herederos literarios nativos, la palabra de don Mario es ley. Osar contradecir las ideas que ha soltado desde su particular Olimpo sueco, significa ganarse la condena a muerte en este mezquino y argollero mundo literario. Pero como lo que menos me interesa es convertirme en un escritor profesional —aquél tipo que diariamente se sienta frente a su escritorio y escribe novelas como quien va a la oficina— cojo la flor lanzada por don Mario y se lo espeto: no sea usted tan memo, señordón, menos aún cite a Borges para refrendar la falacia que pretende comerciar bajo el manto de un pretendido pluralismo. Ni en Argentina, un país cuyas tres cuartas partes de habitantes descienden directamente del hambre de Europa (o de los barcos como prefería decirlo Borges con filosa ironía), permitirían esa infeliz provocación al más majadero de sus escritores. Pretender que el Perú —un país fragmentado en donde domina una élite corrupta descendiente de encomenderos, un país cuyo componente poblacional indígena es tan sólo comparable al de Guatemala o Bolivia— no tiene identidad porque las tiene todas, es como querer tapar el sol con un dedo y negarse a ver lo evidente: tras quinientos años de invasión europea, evangelización, masacres y leyes ilegítimas, la sangre y la cultura indígenas están todavía vivas y resisten activamente a ruines, ladrones, asesinos y escritores profesionales. Pretender que en estas tierras en donde germinó y se desarrolló uno de los grandes focos culturales de la humanidad entera, merced a un solo tronco étnico, no hay identidad porque hay muchas, es como soltar la especie de que en Egipto no hay identidad porque un grupúsculo de alemanes e ingleses se asentó en tierras del Nilo. ¿O es que acaso nos tragamos el sapo de que por un puñadito de italianos, chinos o negros que los poderosos importaron para labores subalternas, tenemos la identidad de aquellos pueblos? La matriz cultural del país, la que nos otorga potencia y flexibilidad, aquí en la China o en la Cochinchina es la Andina, sin caer en chauvinismos ni en localismos excluyentes.

Como si esto fuera poco, don Mario se ha atrevido a arrogarse para sí y para los de su etnoclase el papel emancipador del indígena. Enorgullecido del arrojo de los tatarabuelos peninsulares que vinieron a invadir, violar y robar a estas tierras, ha tenido el descaro de eximir de su responsabilidad histórica a la Metrópoli en el saqueo y expoliación de las riquezas de Abya-Yala, las que sirvieron para edificar la prosperidad europea. Pareciera que el exilio, que más bien debería ser una prueba de fuego de toda identidad, a Vargas Llosa sólo le ha exacerbado el apego endogámico al clan materno. Si nos atenemos a quienes si han sufrido un verdadero exilio, éste no da, en rigor, ninguna identidad. Por el contrario, supone un desafío. Pone a prueba la identidad que uno trae. La cháchara de Vargas Llosa, los lugares comunes que ha repetido en su imprudente discurso, el insulto callejonero a pueblos sudamericanos (Cuba, Venezuela y Bolivia) que han elegido un camino diferente al de su utopía fanática, la obcecada defensa del imperio y la democracia liberal, ese “buen camino” que imponen los Bush y los bildelbergers a sangre y fuego, resulta a estas alturas intragable y pintan al novelista bipolar, peruano por accidente geográfico como se reputó él mismo, arruinado moralmente desde antes de la eyección del Informe Uchuraccay: sus ficciones son supuestamente libertarias, pero en la realidad patrocina un sistema económico basado en la injusticia y el robo. Si alguna vez Mario Vargas Llosa intentó explicar su itinerario ideológico-político como un tránsito de Sartre a Camus, hoy tamaña impertinencia cae por sí sola. Como afirma Miguel Gutiérrez, en un espectacular salto hacia atrás Mario Vargas Llosa ha caído en el lugar exacto dejado por Riva Agûero. Sí: la derecha peruana cuenta con MVLl con un Riva Agûero redivivo. Y por eso hay que combatirlo. *Rafael Inocente. Lima, 1969. Escritor peruano, autor de La Ciudad de los Culpables y Discursos contra la Bestia Tricéfala
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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