2 de septiembre de 2015

Encontrarte a Ti






Encontrarte
fue una experiencia
casi incierta

un sueño
que se quedó dormido

una luz
que agigantó mis ojos
como un ruido
que bailó en mi oídos.

Encontrarte no fue ilusión
fue alegría
o quizás dos gotas de sonrisa
que se grabaron en mi sien

un ventarrón
que sacudió mis nervios
llenándolos de glorias
lustrándolos de sol.

Encontrarte fue verte
frente a frente a mi alma
como una golondrina
que se le escapó al cielo.




® Francisco Henriquez Rosa



1 de septiembre de 2015

PEDRO PÁRAMO

Por Harold Alvarado Tenorio
Escritor tardío y autodidacta, Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, alias Juan Rulfo (Apulco, 1918-1986), fue una especie de anacronismo en el mundo literario: conocía poco, cuando escribió sus cuentos y su novela, a los clásicos de la literatura de su país, y despreciaba los escritores españoles de la Generación del Noventa y ocho. Prefería autores como los escandinavos Knut Hamsun, HalldórLaxness y Selma Lagerlöf o los rusos Vladímir Korolenko y Leonid Andréyev. Alrededor de los años cuarenta comenzó a escribir una extensa novela, que destruyó, porque su lenguaje no expresaba lo que quería decir. Decidió entonces crear personajes que se acercaran a la gente real de Jalisco, en un español del siglo XVI, con léxico escaso, “o no hablaban del todo”.
El llano en llamas (1953), son quince cuentos acerca de campesinos e indígenas en un mundo violento e insensible; vidas que acosadas por la pobreza, la ignorancia, el clima y el paisaje no han podido elegir sus destinos: una muchacha prostituida por las circunstancias, adúlteros que ahogan al marido cornudo en una peregrinación, campesinos revolucionarios que huyen de sus tierras hacia las montañas, felices de abandonar lugares de miseria, todos empujados por fuerzas que no pueden controlar. Desoladas historias contadas de una manera muy lejana al realismo de protesta social de las novelas surgidas durante la Revolución. Impersonales y crueles en el tono, carecen de juicios políticos o morales: perseguidor y perseguido, ganadores y perdedores todos son víctimas de un llano que los quema. La compasión de Rulfo por ellos surge de la poesía de esta prosa lapidaria, en las desnudas, intensas y repicantes frases parecidas a la tierra seca que le sirve de apoyo. El llano en llamas  es la elegía a un mundo que desaparece. Todo se ha hecho piedra tras las quemas. Piedra el tiempo, piedra las esperanzas, piedra la inacabable resignación. Bandidos y víctimas están oprimidos por los muertos, que pesan más que los vivos.
Con Pedro Páramo (1955), la única novela que publicó, el folklorismo y las militancias de la novela de la Revolución fueron superadas. En vez de retratar con los ojos de la civilización occidental los efectos y causas de la contienda, decide ponerla frente a nosotros en carne viva. Su estilo, parco y severo, se depura hasta crear un tono inolvidable e inigualable en las historias de las literaturas de todos los tiempos, un mundo sostenido por la magia y los sueños que sólo la poesía puede crear. Una poesía de los pueblos abandonados, el polvo interminable, las pestes, las insolaciones, las míseras alegrías que dejan las pobres cosechas, el cansancio y la muerte. Una obra que en su apariencia trata de las desgracias amorosas de un viejo y rico hacendado con una muchacha que enloquece. Una historia de amor estorbado, inverosímil y protervo.
Juan Preciado, uno de los tantos hijos de Pedro Páramo regresa a Comala en su busca luego de la muerte de su madre:
 Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo cuando ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en plan de prometerlo todo.
 Así se abre este poema de la desolación y la vida fantasmal de una América Latina poblada por las voces de los muertos vivos que se han amado, odiado y lastimado a sí mismos y a los otros, atrapados en la búsqueda de quiméricas ilusiones donde Pedro Páramo, el sensual y despótico terrateniente, es la viva llama de un mundo acostumbrado a la muerte.
Comala es un pueblo hecho de voces y ecos del ayer, del hoy y del mañana. Preciado se entera por boca de Abundio, otro de los hijos naturales del terrateniente, que su padre ha muerto. Pero también están muertos todos los que habitaron el pueblo. Es Agosto con su calor sofocante. Va de un lado a otro dando con espejismos y fantasmas. La muerte en pecado hace que deambulen, sin reposo, por la tierra.
Pedro Páramo había heredado la Media Luna de su padre Lucas, luego de ser asesinado por un peón. El hijo recibe la tierra y el odio por las gentes del mundo. Joven, enamoradizo y pendenciero, el deseo de venganza le lleva a sobornar o expulsar a sus vecinos, falsifica escrituras, corre los cercos, asesina sin piedad, no paga deudas. Para saldar una de éstas casa con Dolores Preciado. La Media Luna avanza hacia una luna llena de prosperidades. Un día llega la Revolución. La sombra de Pancho Villa ronda el mundo. Luego los Cristeros. Páramo se pone del lado de la Revolución para sacar partido de ella. Acoge rebeldes, promete dinero, hace militar sus secuaces en las filas rebeldes, les vigila. Los intereses del patrón de la Media Luna son favorecidos.
Pero el poder no ha logrado dar a Pedro Páramo lo que más desea: a Susana  San Juan, la compañera de juegos de infancia, con quien se bañaba desnudo en los arroyos y elevaba papalotes. Susana, una belleza que no era de este mundo, había quedado huérfana de madre muy joven siendo víctima de las pasiones de su padre. Susana casa con Florencio, pero Páramo ordena darle muerte. Tras treinta años de ausencia, su anciano padre acepta los favores de Páramo y vienen a vivir con él. Susana, de sesenta y dos años, se hace su esposa. La locura la posee. En la cama gime por Florencio. Cuando muere, Páramo hace que las campanas repiquen por tres días.
 Allá hallarás mi querencia, -había dicho a Juan Preciado su madre-. El lugar que yo quise. Donde los sueños me enflaquecieron. Mi pueblo, levantado sobre la llanura. Lleno de árboles y de hojas, como una alcancía donde hemos guardado nuestros recuerdos. Sentirás que allí uno quisiera vivir para la eternidad. El amanecer; la mañana; el mediodía y la noche, siempre los mismos; pero con la diferencia del aire. Allí, donde el aire cambia el color de las cosas; donde se ventila la vida como si fuera un puro murmurar; como si fuera un puro murmullo de la vida..
 La modernidad de Pedro Páramo reside en el uso de técnicas narrativas que imitando la sintaxis del cinematógrafo revolucionaron la literatura finisecular: reducción del papel del narrador, uso del monólogo interior, ruptura de tiempo y espacio, lentitud descriptiva, ausencia de desenlace y uso múltiple de diálogos. Pero todo ello sería nulo si no existiese la voz de Rulfo, la milenaria voz de la poesía:
 Ya mirará usted ese viento que sopla sobre Luvina. Es pardo. Dicen que porque arrastra arena de volcán; pero lo cierto es que es un aire negro. Ya lo verá usted. Se planta en Luvina prendiéndose de las cosas como si las mordiera. Y sobran días en que se lleva el techo de las casas como si se llevara un sombrero de petate, dejando los paredones lisos, descobijados. Luego rasca como si tuviera uñas: uno lo oye mañana y tarde, hora tras hora, sin descanso, raspando las paredes, arrancando tecatas de tierra, escarbando con su pala picuda debajo de las puertas, hasta sentirlo bullir dentro de uno como si se pusiera a remover los goznes de nuestros mismos huesos. Ya lo verá usted.
 Rulfo nació en Saluya, una región de Jalisco, donde tuvieron origen los mariachis y las rancheras, pobre, aislada y devastada por los vientos y el calor, tierra de moribundos, arrayanes y naranjos. Los críticos han creído que sirvió de modelo para Comala.  Su abuelo paterno fue abogado y el materno hacendado. Su padre fue asesinado, cuando el hijo tuvo siete años, durante la revuelta de los Cristeros. De esta época son sus primeras lecturas, en casa de una de sus abuelas, donde un cura había dejado una pequeña biblioteca parroquial. Al morir su madre vivió un tiempo con su abuela en San Gabriel y luego fue enviado a un orfanato en Guadalajara. Logró hacerse contador y se fue a vivir a México en 1933 donde estudió leyes, trabajó en las oficinas de inmigración y entre 1947-1954 en el departamento de publicidad de una fábrica de llantas. En ciudad de México, alrededor de 1940 redactó El hijo del desaliento: «una novela un poco convencional, un tanto hipersensible, pero que más bien trataba de expresar cierta soledad… Quería desahogarme por ese medio de la soledad en que había vivido, no en la ciudad de México, pero desde hace muchos años, desde que estuve en el orfelinato».Entre 1953 y 1954, gracias a una beca de la Fundación Rockefeller, escribió Pedro Páramo. A finales de los cincuentas hizo guiones para televisión. En 1962 ingresó al Instituto Indigenista, ayudando a las comunidades nativas a integrarse en la sociedad mexicana. Traducido a numerosos idiomas poco a poco fue recibiendo reconocimientos como el Premio Xavier Villaurrutia, 1956; Premio Nacional de las Letras Mexicanas, 1970 y Príncipe de Asturias 1983. Como Borges y Onetti, ni el Nobel ni el Cervantes merecieron a Rulfo.
A Juan Rulfo debió habérsele otorgado el Premio Cervantes y darle las gracias por aceptarlo, recordó Juan Carlos Onetti.  Pero es verdad que sólo publicó dos libros. Y también es verdad que durante 30 años se resignó al silencio. Sabía que su obligación literaria había concluido. Era un hombre honrado y respetó su decadencia. Hermoso ejemplo para aquellos que, en el vasto mundo, siguen fatigando máquinas impresoras fingiendo no enterarse.
Fuente: El Magazín, El Espectador de Colombia

28 de agosto de 2015

Elogio de los senos caídos



Antes de que los senos crecieran en los quirófanos y de que la ciencia los alzara, los juntara o los inflara con silicona, algunos poetas de la antigüedad dedicaron versos y epigramas al amor otoñal y hasta realzaron con palabras lo que los cirujanos de la época no sabían levantar.


Por: Alberto Medina López. El Espectador, Colombia.

Pablo el Silenciario, cuyo trabajo consistía en mantener el silencio del palacio en la era del emperador Justiniano, dedicó parte de su edad adulta a elogiar la voluptuosidad de las mujeres maduras y a gozar de sus senos caídos. “Tus arrugas, Filina, valen más que la savia de cualquier juventud, y en cuanto a mí, estoy más ávido de tener en mis manos tus manzanas, que cuelgan con las puntas hacia abajo, que los senos bien erguidos de una mujer todavía en joven edad”.
Esos cantos, escritos en los albores del cristianismo, eran una verdadera revolución frente a los paganos griegos y romanos que solo veían belleza y atractivo sexual en las mujeres jóvenes.
Rufino, otro de los grandes escritores de la antigüedad, supo pintar a una mujer con juveniles atributos, “terso cuello de mármol, pechos de esplendoroso fulgor”, para luego sorprender en el mismo escrito con que se trataba de una bella dama con canas: “Si ya entre tu pelo, acá y allá, algunas espinas resaltan, no prestaré yo atención a esas blancas vetas. Aún no ha extinguido el tiempo tu belleza”. Agatías, autor de epigramas y sonetos eróticos, rindió tributo a la belleza de la mujer, sin importar el peso de los años: “La esbelta Melité, al fin de una larga vejez, no había perdido nada de esa gracia que viene de la juventud”.
Pero ni Pablo ni Agatías ni Rufino fueron precursores en materia de elogios a la mujer madura. Filodemo de Gadara, un par de siglos antes, dedicó algunos de sus epigramas a una dama de sesenta años. “Conserva sus largas ondas de cabello negro y en su pecho los senos de mármol yerguen aún sus puntas sin que prenda alguna los aprisione; la piel, que no marchita arruga alguna, destila ambrosía como siempre”.
Lo que sí hay que reconocer, y lo dicen los estudiosos del erotismo literario, es que los poetas de la antigüedad pusieron por primera vez a las matronas en la cumbre de la belleza y celebraron, sin tapujos, sus encantos.
“Tu fin de otoño es superior a la primavera de otra y tu invierno más cálido que su verano”, escribió Pablo el Silenciario en una clara alusión al decaimiento del cuerpo en contraste con el engrandecimiento del amor.

25 de agosto de 2015

Los Versos del Capitán



EN TI LA TIERRA


Pequeña
rosa,
rosa pequeña,
a veces,
diminuta y desnuda,
parece
que en una mano mía
cabes,
que así voy a cerrarte
y a llevarte a mi boca,
pero
de pronto
mis pies tocan tus pies y mi boca tus labios,
has crecido,
suben tus hombros como dos colinas,
tus pechos se pasean por mi pecho,
mi brazo alcanza apenas a rodear la delgada
línea de luna nueva que tiene tu cintura:
en el amor como agua de mar te has desatado:
mido apenas los ojos más extensos del cielo
y me inclino a tu boca para besar la tierra.



BELLA

Bella 
como en la piedra fresca
del manantial, el agua
abre un ancho relámpago de espuma,
así es la sonrisa en tu rostro,
bella.
Bella,
de finas manos y delgados pies
como un caballito de plata,
andando, flor del mundo,
así te veo,
bella.
Bella,
con un nido de cobre enmarañado
en tu cabeza, un nido
color de miel sombría
donde mi corazón arde y reposa,
bella.
Bella,
no te caben los ojos en la cara,
no te caben los ojos en la tierra.
Hay países, hay ríos
en tus ojos,
mi patria está en tus ojos,
yo camino por ellos,
ellos dan luz al mundo
por donde yo camino,
bella.
Bella,
tus senos son como dos panes hechos
de tierra cereal y luna de oro,
bella.
Bella,
tu cintura
la hizo mi brazo como un río cuando
pasó mil años por tu dulce cuerpo,
bella.
Bella,
no hay nada como tus caderas,
tal vez la tierra tiene
en algún sitio oculto
la curva y el aroma de tu cuerpo,
tal vez en algún sitio,
bella.
Bella, mi bella,
tu voz, tu piel, tus uñas
bella, mi bella,
tu ser, tu luz, tu sombra,
bella,
todo eso es mío, bella,
todo eso es mío, mía,
cuando andas o reposas,
cuando cantas o duermes,
cuando sufres o sueñas,
siempre,
cuando estás cerca o lejos,
siempre,
eres mía, mi bella,
siempre.


Pablo Neruda

17 de agosto de 2015

Tu Piel



Hay algo en tu piel
que me salva del presente
algo en la oscuridad
de tu epidermis
que alumbra
mis noches perdidas.

Hay algo en tu piel cobriza
que me lleva a los rincones
de la esperanza
y detiene el tiempo
para quedarme contigo.

Tu piel es como un rio
con espumas de besos
y piedras de sonrisas.

Tu piel rayo de luz
con la música encendida
por dentro y por fuera.

Tu Piel acordeón
de múltiples oscuridades
y centenares tentaciones.

Tu piel engrifada de espanto
ante las manos tentadoras
que dibujan sus dedos
con marcas de deseos.

Me dejo ver en tu piel
como un espejo de goces
que me abraza
y me ahoga en cada poro.

Piel que es mi sábana
mi luna, mi sol
y la esperanza
de armonizar el frio.

Piel sonrisa
piel quimera
piel que es noche
piel que es día.

Me quedaré en tu piel
Hasta que amanezca
y no se escuche mas
que el murmullo

del deseo.


Francisco Henriquez Rosa

10 de agosto de 2015

Nuestro Tiempo es todo lo que tenemos





El discurso de amor 

pronunciado por la poeta 

María Gómez Lara.

En su ceremonia de grado como literata, en la Universidad de los Andes, la autora habló de poesía.

  El poeta venezolano Eugenio Montejo nos recuerda, en su poema Lo nuestro, que "solo trajimos el tiempo de estar vivos / entre el relámpago y el viento". 

Nuestro tiempo es todo lo que tenemos, es lo que somos, es la vida. Y para mí la vida tiene sentido gracias a la poesía; por un verso que llega en el momento correcto; por un poeta que dijo algo que yo tenía adentro y había olvidado, y al fin lo recuerdo; por la música inexplicable que resuena en un poema; por las palabras que han estado ahí para salvarme las horas, para ahuyentar el tedio, para señalar lo importante. 

Les quiero contar la historia de mi tiempo, porque hoy ustedes también celebran lo que han hecho con el suyo, lo que harán en otros años, lo que serán sus días y sus horas. Hemos elegido que esto es lo nuestro, citando de nuevo a Montejo: "la llama que arde con la vela, no la vela, / el hoy, el grito delante del milagro; / la nada de donde todo se suspende, / -eso es lo nuestro". Lo nuestro, más que una idea o un propósito o una carrera, es una colección de instantes, los días que uno tras otro son la vida, decía Aurelio Arturo. Lo nuestro es una chispa detrás de cada cosa que hacemos. El barro que nos moldea se parece a lo más simple: la tarea de ese día, el rato que pasamos con un amigo, o acaso una luz preciosa que descubrimos esa tarde, cuando volvíamos a la casa. Lo nuestro es cada paso. 

Entonces, ahora que terminamos la universidad, podemos reunir una colección de pasos, como quien organiza un álbum de estampillas. Y nos iremos encontrando en cada cosa que recordamos, en las pequeñas hazañas, en los derrumbes cotidianos que resolvimos, -aunque en ese momento fueran la peor tragedia-, en los obstáculos que saltamos y también en las caídas. Estaremos ahí, en nuestro pasado, intuyendo nuestro futuro. Pero, aún más al fondo, nos iremos encontrando en nuestra mirada, en la perspectiva con la que inventamos el mundo, en los ojos que entrenamos para ver. 

Dice el poema de Montejo: "Tuyo es el tacto de las manos, no las manos; / la luz llenándote los ojos, no los ojos; / acaso un árbol, un pájaro que mires, / lo demás es ajeno. / Cuanto la tierra presta aquí se queda, / es de la tierra".


 Eugenio Montejo

Los invito a que nos quedemos con lo que no es ajeno, a que seamos nuestro tacto, nuestra luz. Los invito a que las herramientas que aprendimos para ejercer un oficio sean, de alguna manera, una forma de tocar, una forma de ver, una forma de estar en el mundo. Es cierto que lo que uno hace no es lo que uno es, pero al hacer se aprende a mirar. Y somos esa mirada, porque el mundo, afortunadamente, nunca será el mismo para todos. 

Estudiar literatura me demostró, entre otras cosas, que no es necesario resignarse a la realidad del día a día, que hay tantas realidades, tantos mundos posibles, que podemos escoger en cuál vivir. Y creer en la fantasía es una manera de cambiar, de ver que la lógica no es una camisa de fuerza, que las cosas pueden ser distintas, que existen los giros. 

Los invito a que impulsemos esos giros, a que ampliemos la línea del horizonte, a que intentemos siempre ir más lejos, aún más lejos, más allá de lo conocido, de la costumbre. La educación que recibimos es la mejor arma de cambio, el detonante, el punto clave, si sabemos cómo usarla, si creemos que no solamente tenemos conocimiento, sino el potencial enorme de darle la vuelta a nuestra historia. 

No permitamos, como dice Cavafis, que la vida se nos convierta en una extraña inoportuna. Hagamos lo que nos gusta. Queramos lo que hacemos. Dibujemos nuestro mundo, esculpámoslo como una obra de arte, siendo también capaces de ver el dolor del otro, de hacer lo que esté a nuestro alcance para aliviarlo o acompañarlo. En ese mismo poema nos recomienda el poeta griego: "Aunque no puedas vivir tu vida como quieras, inténtalo al menos / cuanto puedas."

Tenemos la suerte, muy escasa en este país, de poder escoger qué queremos hacer y ese privilegio es, tal vez, el más grande de todos los que nos tocaron. Es la libertad de elegir cómo invertir nuestras horas, en qué gastar nuestra energía, cómo dirigir nuestro camino. Y podemos inventar un camino. Crearnos es el gran reto, el salto al vacío. Podemos crearnos con cada paso que damos, con cada cosa que hacemos, con lo que decimos y lo que callamos. Podemos crearnos escogiendo una carrera, pero, también, escogiendo unos afectos, unas emociones, una manera de sentir, una forma particular de querer a los nuestros. Y eso, en últimas, es lo nuestro. 

Ahora, vuelvo al principio, al tiempo. Dice Montejo: "tuyo es el tiempo cuando tu cuerpo pasa con el temblor del mundo / el tiempo, no tu cuerpo, / tu cuerpo estaba aquí, tendido al sol, soñando, / se despertó contigo una mañana / cuando quiso la tierra". 

Lo nuestro es cada segundo que trajimos para estar vivos entre el relámpago y el viento. Lo nuestro es ese instante fugaz que podemos amar, ese trazo, esa cosa que hicimos porque nos apasiona, porque sería lo único que querríamos hacer si no nos obligaran. Esa es la vida. Lo demás es de la tierra: el cuerpo, las cosas, la fama, el poder, todo aquí se queda. Pero lo nuestro, la nada de donde todo se suspende, está en la manera como miramos, en las decisiones momentáneas de qué hacer con este tiempo, con cada fragmento de tiempo. 

Y lo mío es la palabra. Con las palabras toco, con las palabras veo. Quiero compartirles lo mío, mi historia, les decía al principio, porque es lo que conozco, lo que puedo dejarles hoy cuando ustedes celebran cómo han escrito la suya hasta ahora. Yo decidí contarme con palabras, decidí crearme con imágenes, decidí que el umbral que traje, entre el relámpago y el viento, solo tiene sentido si lo lleno de poesía. Eso es lo que puedo decirles.

Hoy, que nos graduamos, que cada uno irá encontrando su rumbo, quiero compartir con ustedes esta historia de amor que empezó cuando aprendí a garabatear las primeras letras en la arena y que sigue vigente hoy, más viva que nunca, cuando recibo el título de literata. Este ha sido mi grito delante del milagro, mi asombro, mi suerte. Este ha sido el milagro: regalarle mi tiempo a la literatura. Y no me refiero a estudiar una carrera, me refiero a respirar al ritmo de un verso, compartiendo los poemas que me han salvado con las personas que me han salvado. Esto es lo que yo tengo. Es lo que yo soy, lo que puedo ser. Yo puedo ser lo que digan mis palabras, y lo que no digan. Puedo ser el silencio. Puedo ser el error al nombrar el mundo. Puedo ser, también, lo que han dicho otros, lo que me digan otros. Puedo ser mi nueva historia. 

Entonces, les dejo mi historia, junto a la página en blanco que empezamos hoy. 

Y les regalo otra vez estas palabras que no son mías, sino de mi querido Eugenio Montejo: "solo trajimos el tiempo de estar vivos / entre el relámpago y el viento". 

Se las regalo para que, si les dicen algo, las atesoren. Para que sigan descubriendo de qué quieren llenar el tiempo que trajeron, después del relámpago, antes del viento, para que sigan caminando por una vida que es todo menos extraña, todo menos inoportuna. 

Muchas gracias y felicitaciones a todos.

¿Quién es María Gómez Lara?
Bogotá, 1989. Poemas suyos han aparecido en la revista 'Golpe de dados'. En el 2007, publicó su libro 'Preguntas para el azar'. Su tesis de grado fue sobre el poeta venezolano Eugenio Montejo. En la Feria del Libro presentará 'Después del horizonte' 
(Caza de Libros Editores).
María Gómez Lara
Especial para EL TIEMPO

9 de agosto de 2015

Descubrir Lo Malo, en la literatura


Así como existen ediciones de “Lo mejor de..”, Las Mejores poesías de..” , “Los mejores cuentos del escritor tal cual”, etc, deberían existir ediciones “adversas”, por ejemplo: “ Los peores poemas de Neruda”, “Antología de poemas malos”, “Los peores cuentos del mundo”, y así por el estilo.
Seria interesante buscar lo bueno dentro de lo malo, o, de lo que creemos que es malo. Presentar al lector lo que nosotros creemos que es “malo” y descubrir que al lector le gusta o no ese cuento o ese poema “malo” y ese lector encontrarse con la realidad del copilador o critico.
Le delegaría la tarea de editar una antología de este tipo de trabajos “no aceptados por la critica” o considerados “mal logrados” (o malogrados?) a nuestro amigo Periodista y Escritor, José Carvajal, crítico incisivo e inclemente, con ojo de doble filo, que pocas veces puede considerar una obra contemporánea como aceptable. Y decimos “obra contemporánea” porque a los clásicos y a los escritores del Boom el critico los deja donde están ya consagrados.
Seria interesante que el publico y no los escritores sino los lectores, conozcan las peores obras de los buenos escritores. No les busquemos la 5ta pata al gato, porque seria un gato imperfecto, pero si, comprobemos que de el lodo sale el barro y que del barro puede hacerse arte.

Nota del Diario El País de España: “El 25 de Abril de 2009 El Centro Cultural de la Generación del 27 hizo una rendición de la "Tontología" o selección de poemas malos de poetas buenos que Gerardo Diego publicó en 1928 en el último número de "Lola", suplemento de la revista "Carmen".
En aquella época se dijo que Diego había contado con la colaboración, para la selección de esta "Tontología", de Dámaso Alonso, Jorge Guillén y Rafael Alberti, pero en 1976 rectificó diciendo "es toda ella de mi personal investigación y temerario juicio. El tontólogo que la firma soy yo".
La "Tontología" recoge poemas de Antonio y Manuel Machado, Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, Enrique Diez-Canedo, Ramón Pérez de Ayala, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Manuel Altolaguirre, Dámaso Alonso, Rafael Alberti y el propio Gerardo Diego, quien incluyó su poema "El epitalamio de los faroles". Quiere decir que nosotros quizás tenemos un “Tontologo”, que es José Carvajal y en vez de criticarlo ante sus adversas criticas, observemos esos “Malos” trabajos y quizás podamos descubrir otra vez la penicilina. Porque no tiene nada de malo buscar lo bueno en lo malo. Aquel que se sienta libre de pecados literarios, que tire la primera metáfora.
Ustedes que creen?


Francisco Henriquez Rosa

La poesía contra la guerra

Letanía de las ganancias de guerra Allen Ginsberg Dedicado a Ezra Pound Estos son los hombres de las compañías que han sacado               ...