17 de septiembre de 2018

Poesía de Ida Vitale


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La obra poética de Ida Vitale (Uruguay, 1923) se presenta como un cuerpo coherente en la actual poesía latinoamericana gracias a una doble actitud crítica que pone bajo la lente de la sospecha al lenguaje y al mundo. La conciencia de pérdida de mundo, de irreparable escisión entre Naturaleza y Hombre —presente siempre en la obra de Vitale— se vincula con la parte más romántica, la cual —ante la algarabía generalizada de una civilización ebria de progreso— dará testimonio de esa falla —en el sentido geológico y en el sentido de equívoco—, de ese corrimiento de los bordes que imbricaban lenguaje y mundo. A partir de ahí la poesía moderna se desnaturaliza, se vacía de mundo y deviene carencia o cardo en el desierto de la significación. Si entonces, a partir de ahí, el mundo está en otra parte, es comprensible que la poesía quiera compensar la carencia objetualizándose, estrenando cuerpo propio en el lugar que ocupara el árbol, el pájaro, la roca. Será la vanguardia quien asumirá esta actitud y la llevará hasta los límites últimos de la experimentación.   Víctor Sosa


Estar solo

Un desventurado estar solo,
un venturoso al borde de uno mismo.¿Qué menos? ¿Qué más sufres?¿Qué rosa pides, sólo olor y rosa,sólo tacto sutil, color y rosa,sin ardua espina?


(1953)
Este mundo

Sólo acepto este mundo iluminado
cierto, inconstante, mío.
Sólo exalto su eterno laberinto
y su segura luz, aunque se esconda.
Despierta o entre sueños,
su grave tierra piso
y es su paciencia en mí
la que florece.
Tiene un círculo sordo,
limbo acaso,
donde a ciegas aguardo
la lluvia, el fuego
desencadenados.
A veces su luz cambia,
es el infierno;
a veces, rara vez,
el paraíso.
Alguien podrá quizás
entreabrir puertas,
ver más allá
promesas, sucesiones.
Yo sólo en él habito,
de él espero,
y hay suficiente asombro.
En él estoy,
me quede,
renaciera.

Obligaciones diarias

Acuérdate del pan,
no olvides aquella cera oscura
que hay que tender en las maderas,
ni la canela guarneciente,
ni otras especias necesarias.
Corre, corrige, vela,
verifica cada rito doméstico.
Atenida a la sal, a la miel,
a la harina, al vino inútil,
pisa sin más la inclinación ociosa,
la ardiente grita de tu cuerpo.
Pasa, por esta misma aguja enhebradora,
tarde tras tarde,
entre una tela y otra,
el agridulce sueño,
las porciones de cielo destrozado.
Y que siempre entre manos un ovillo
interminablemente se devane
como en las vueltas de otro laberinto.

Pero no pienses,
no procures,
teje.


De poco vale hacer memoria,
buscar favor entre los mitos.
Ariadna eres sin rescate
y sin constelación que te corone.

La palabra

Expectantes palabras,
fabulosas en sí,
promesas de sentidos posibles,
airosas,
aéreas,
airadas,
ariadnas.

Un breve error
las vuelve ornamentales.
Su indescriptible exactitud
nos borra.



Cuadro

Construimos el orden de la mesa,
el follaje de la ilusión,
un festín de luces y sombras,
la apariencia del viaje en la inmovilidad.
Tensamos un blanco campo
para que en él esplendan
las reverberaciones del pensamiento
en torno del icono naciente.
Luego soltamos nuestros perros,
azuzamos la cacería,
la imagen serenísima, virtual,
cae desgarrada.

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