24 de agosto de 2018

Rosario Castellanos.

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Muro de lamentaciones

I

Alguien que clama en vano contra el cielo:
la sorda inmensidad, la azul indiferencia,
el vacío imposible para el eco.
Porque los niños surgen de vientres como ataúdes
y en el pecho materno se nutren de venenos.
Porque la flor es breve y el tiempo interminable
y la tierra un cadáver transformándose
y el espanto la máscara perfecta de la nada.

Alguien, yo, arrodillada: rasgué mis vestiduras
y colmé de cenizas mi cabeza.
Lloro por esa patria que no he tenido nunca,
la patria que edifica la angustia en el desierto
cuando humean los granos de arena al mediodía.
Porque yo soy de aquellos desterrados
para quienes el pan de su mesa es ajeno
y su lecho una inmensa llanura abandonada
y toda voz humana una lengua extranjera.

Porque yo soy el éxodo.
(Un arcángel me cierra caminos de regreso
y su espada flamígera incendia paraísos.)
¡Más allá, más allá, más allá! ¡Sombras, fuentes,
praderas deleitosas, ciudades, más allá!
Más allá del camello y el ojo de la aguja,
de la humilde semilla de mostaza
y del lirio y del pájaro desnudos.

No podría tomar tu pecho por almohada
ni cabría en los pastos que triscan tus ovejas.

Reverbera mi hogar en el crepúsculo.

Yo dormiré en la Mano que quiebra los relojes.

II

Detrás de mí tan sólo las memorias borradas.
Mis muertos ni trascienden de sus tumbas
y por primera vez estoy mirando el mundo.

Soy hija de mí misma.
De mi sueño nací. Mi sueño me sostiene.

No busquéis en mis filtros más que mi propia sangre
ni remontéis los ríos para alcanzar mi origen.
En mi genealogía no hay más que una palabra:
Soledad.

III

Sedienta como el mar y como el mar ahogada
de agua salobre y honda
vengo desde el abismo hasta mis labios
que son como una torpe tentativa de playa,
como arena rendida
llorando por la fuga de las olas.

Todo mi mar es de pañuelos blancos,
de muelles desolados y de presencias náufragas.
Toda mi playa un caracol que gime
porque el viento encerrado en sus paredes
se revuelve furioso y lo golpea.

IV

Antes acabarán mis pasos que el espacio.
Antes caerá la noche de que mi afán concluya.

Me cercarán las fieras en ronda enloquecida,
cercenarán mis voces cuchillos afilados,
se romperán los grillos que sujetan el miedo.

No prevalecerá sobre mí el enemigo
si en la tribulación digo Tu nombre.

V

Entre las cosas busco Tu huella y no la encuentro.
Lo que mi oído toca se convierte en silencio,
la orilla en que me tiendo se deshace.

¿Dónde estás? ¿Por qué apartas tu rostro de mi rostro?
¿Eres la puerta enorme que esconde la locura,
el muro que devuelve lamento por lamento?
Esperanza,
¿eres sólo una lápida?

VI

No diré con los otros que también me olvidaste.
No ingresaré en el coro de los que te desprecian
ni seguiré al ejército blasfemo.

Si no existes
yo te haré a semejanza de mi anhelo,
imagen de mis ansias.

Llama petrificada
habitarás en mí como en tu reino.

VII

Te amo hasta los límites extremos:
la yema palpitante de los dedos,
la punta vibratoria del cabello.

Creo en Ti con los párpados cerrados.
Creo en Tu fuego siempre renovado.

Mi corazón se ensancha por contener Tus ámbitos.

VIII

Ha de ser tu substancia igual que la del día
que sigue a las tinieblas, radiante y absoluto.
Como lluvia, la gracia prometida
descenderá en escalas luminosas
a bañar la aridez de nuestra frente.

Pues ¿para qué esta fiebre si no es para anunciarte?

Carbones encendidos han limpiado mi boca.

Canto tus alabanzas desde antes que amanezca.

De De la Vigilia Estéril (1950

Rosario Castellanos
Nace en México el 25 de mayo de 1925 y muere en Israel en 1974. Desde pequeña vive en Comitán, Chiapas, donde estudia hasta segundo de secundaria. Regresa a la capital a los dieciséis años e ingresa a la Facultad de Filosofía y Letras para graduarse de maestra en Filosofía en 1950. Viaja a España y visita algunos países. A su regreso trabaja en el Instituto Mexicano de Ciencias y Arte y dos años después recibe la beca Rockefeller de poesía y ensayo. Más adelante colaborará en diferentes centros y en revistas, periódicos, suplementos culturales con cuentos, ensayos, crítica literaria, etc.

En su producción literaria los textos que más destacaron son los siguientes: Apuntes para una declaración de fe (Eds. América, Revista Antológica, México, 1948), De la vigilia estéril (Eds. América, México 1950), Poemas 1953-1955(Col. Metáfora, núm. 6, México, 1957), Lívida luz (UNAM México, 1960), entre otros. En relato el libro que más destacó fue: Los convidados de agosto (Col. Letras Latinoamericanas, núm. 4, Eds. ERA, México, 1964). Algunas de sus novelas son: Balun-Canan (Col. Letras Mexicanas, núm. 36, FCE, México, 1957) y Oficio de tinieblas (Ed. Joaquín Mortiz, México, 1962) que mereció el premio "Sor Juana Inés de la Cruz". También escribió varios ensayos, así como prólogos a algunos libros.
Pero soy el olvido, la traición,
el caracol que no guardó del mar
ni el eco de la más pequeña ola.
Ante tantos trabajos sobre la Rosario Castellanos feminista, hemos querido, en esta breve antología, ocuparnos ahora de un poeta (poetisa diría ella). El criterio de esta selección prescinde de algunos poemas citados más por otros motivos que por su valor poético. Hemos dejado así "Memorial de. Tlatelolco" y "Kinsey Report" entre otros. Nuestra intención sería la de reivindicar la poesía de una gran poeta que ha sido valorado más por su condición de mujer que por las cualidades que posee. En su poesía se encuentra, vive su condición de mujer; es un tema que recorre el total de su obra pero siempre trenzado con otros, tensado por otros.

A través de esta búsqueda Rosario se descubre y se enfrenta como mujer. Durante toda la lectura de sus poemas se percibe un oleaje de solitario, una soledad en donde la celda forzará la condición de poeta; la ironía de ser todo poeta, de pasar más allá de sus celdas y sus muros, de escribir varios libros en que ella era y al vivirlo decir: Poesía no eres tú. O como en algún nocturno;
No es posible sino soñar, morir,
soñar que no morimos,
y, a veces, un instante, despertar.
Otro de los motivos que hacen de Rosario un poeta violento, crudo, y a veces irónico, es ese juego (duelo y dualidad) del amor y la muerte, soledad de ella misma en relación continua con el "otro", posibilidad de su amor que es espejo y sombra. Un eco inalcanzable será conclusión en varios de sus poemas.

Sin embargo, esto no hará de Rosario una poeta difícil, oscura y oculta. Su modo de adjetivar, sus metáforas son como se llama alguno de sus poemas: "Lo cotidiano". Ella no necesita salir de su transcurrir callado para hacernos ver, a través de su poesía, un tolo que se fragmenta y se reúne continuamente:
porque la realidad es reductible
a los últimos signos
y se pronuncia en sólo una palabra
La relación entre la muerte y el amor cambia de poema a poema. A veces los enfrenta, y el amor es la eternidad redimida: "Entre la muerte y yo he erigido tu cuerpo"; a veces van unidos: "Matamos lo que amamos/lo demás/no ha estado vivo nunca". El amor es la salvación como en "Límite" o la perdición: "más que la derrota, el desamparo".

El poema "A la mujer que vende frutas en la plaza" es uno de los pocos logrados de ese libro en el cual Rosario trata de dar un giro a su poesía y se acerca a aquello que podemos llamar "un otro" ajeno y al cual casi nunca, en El Rescate del Mundo puede rescatar; el mundo, visto desde este ángulo "costumbrista" se mantiene lejano. Sólo cuando acerca a la persona (en este caso a la mujer, no a la fotografía) logra hacer poético este mundo, logra de verdad rescatarlo:
Tendrías que cantar para decir el nombre
de estas frutas, mejores que tus pechos.
Cuando inserta su mundo personal, su prisión, logra hacer vívidos sus poemas: Y es ahí donde la mujer está presente en toda la dimensión del poeta (en este caso coinciden); volviendo al poema reconocemos en la siguiente cita la coincidencia que hay entre Rosario, el poema y la mujer en continua e infinita soledad:
Y llevas a sentarte entre las otras
una ignorante dignidad de isla
Rosario enfrenta su soledad al mundo. La ironía aparece en el momento en que ella está más desamparada y se siente desierto, "piedra congelada" y el amor ya no es un mundo aparte del mundo sino está inserto en él, la realidad se lo ha robado. El "límite" es ahora la ironía y bajo ella la desconfianza viene al mundo y al poema. Este gesto cruel la mutila y el poema se vuelve un parto que comienza después del punto.

Su primer poema "Apuntes para una declaración de fe" es el fantasma que va a estar presente en un ir y venir, esconderse e ilustrarse durante toda su obra. Estos Apuntes serán, en sus últimos poemas, trazos firmes en los que su búsqueda se convertirá en un conocimiento. Sus poemas ya no serán más proposiciones o preguntas. Otro aspecto que recoge su obra, dejando cimiento sólido en el lector, es el tratamiento (poético) de su realidad. Nos referimos a la habilidad para el manejo de ciertos temas que se repiten; las analogías de una muerte vivida desde la raíz, desde el momento de nacer: "Porque los niños surgen de vientres como ataúdes/y en el pecho materno se nutren de venenos". A partir de lo citado, las metáforas y las imágenes en R.C. se convierten en un aguijón que hace al lector detenerse en el poema, llenándose de un nuevo veneno que lo embarca en una agonía clara y sola.

Rosario Castellanos, como poeta, va más allá de un mero enunciar el mundo, se sumerge en él y se rebela utilizando sus mismas armas. Hay que verla por lo tanto, como un poeta de este siglo que además es mujer.
Pablo Mora y Pedro Serrano



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