16 de febrero de 2016

La mujer en las crónicas de Rubén Darío

Por Esther Andradi.
La Jornada Semanal.



Llegué a Rubén Darío caminando entre las piedras de tres biografías del siglo XIX entre Buenos Aires y Lima: Juana Manuela Gorriti, Clorinda Matto de Turner y Mercedes Cabello de Carbonera, tres escritoras, tres amigas, tres periodistas exiliadas y rebeldes, que vieron morir el siglo en medio de turbulencias. Clorinda Matto de Turner, excomulgada y exiliada en Buenos Aires; Mercedes Cabello de Carbonera, difamada, acusada de locura, encerrada en un manicomio en Lima, Perú; Juana Manuela Gorriti sobre el fin de su vida, regresando a Argentina, el país de sus orígenes.
Cuando, en 1898, el poeta nicaragüense Rubén Darío comenzaba a publicar sus crónicas en el diario La Nación de Buenos Aires, hacía dos años que Clorinda había fundado en esa ciudad el periódico El Búcaro Americano, que iba a editar hasta poco antes de su muerte, ocurrida en 1909.
El paralelismo de estos mundos es poco menos que desconcertante. Otro amanecer se filtraba a través de los muros de una sociedad cerrada. Años de fisura, de cierre, de desplantes y revueltas, la belle époque y el anarquismo, socialistas en ciernes, el colonialismo, la desunión americana y el avance gringo, la revolución profundamente industrial, el dirigible y la máquina, el automóvil desplazando al caballo, la gran guerra que se avecinaba, madame Curie y su esposo, estrellas de laboratorio; Isadora Duncan garabateando descalza un graffiti en la escena del ballet; las sufragistas inglesas escupen el té y promueven involuntariamente un adelanto en la fotografía: por primera vez se pondrá en práctica un antecesor del teleobjetivo moderno, es decir, la fotografía a distancia y a escondidas, para identikit de las subversivas señoras.
Darío llega desde Managua hasta el sur de América en busca de Europa, pero descubre que Buenos Aires está muy lejos de París. Desde 1892 hasta su muerte, en 1916, se dedica a escribir crónicas periodísticas desde su lugar de residencia: Santiago de Chile, Buenos Aires, Madrid, París. Casi un cuarto de siglo registrando la cotidianidad, las costumbres, las visiones, lo que vendrá. Al mismo tiempo escribía lo mejor de su poesía, y mantenía una correspondencia intensa con personalidades de la cultura de América y Europa.
La lectura de las crónicas de Darío permite pasearse por escenarios del lujo, el delirio de entre siglos y entrever los albañales de la historia. Poco de lo que sucedía le fue ajeno y de todo o casi todo opinó con su boca grande y carnosa, y puedo imaginarlo, hasta oírlo, celebrar con su voz cada una de sus ironías. “Van aquí mis opiniones y sentires, sobre cosas vistas e ideas acariciadas. No busco el que nadie piense como yo, ni se manifieste como yo. Libertad, libertad, mis amigos...” escribió. Y sin duda su voz iluminó escenarios y oscureció otros, con la misma intensidad.
Darío publicó varios volúmenes con sus crónicas: OpinionesTodo al vueloPeregrinacionesEspaña contemporáneaParisianaEl viaje a NicaraguaLetrasLa caravana pasaTierras solares, porque las consideraba tan literatura como su poesía, “aunque ni contribuyeran a su fama inmediata ni le brindaron beneficio económico alguno”, según escribe el estudioso alemán Günther Schmingalle.
La circulación de las crónicas darianas en esa bisagra entre siglos es un registro a la vez de la política editorial de La Nación, uno de los diarios más importantes de América, viendo a la distancia aquello que se releva, se elige, se silencia, se difunde: es decir, cómo se estructura la llamada objetividad.
Dos elementos me interesa destacar de la escritura del poeta: la irrupción de la crónica modernista y, dentro de ella, su mirada respecto de sus colegas escritoras.
La crónica modernista
 ¿Qué es una crónica modernista? “Darío renovó la métrica, las metáforas y lo que es harto más importante, la sensibilidad; cuanto se ha hecho después, de este o del otro lado del Atlántico, procede de esa vasta libertad, que fue el modernismo” afirma Jorge Luis Borges.
Hay que ver cómo Darío organiza su material y de qué manera busca encontrar al lector del otro lado del Atlántico, en un mundo donde lo visual apenas existía y había que hacerse de la descripción exhaustiva, explayando la mirada por encima de los objetos, las situaciones, desde Europa –Madrid, París–, para trasplantarla a América.
Las crónicas de Darío tienen por lo general una o dos fuentes principales. Una de ellas puede ser una noticia aparecida en la prensa. La otra es alguna experiencia o vivencia personal, un encuentro, una entrevista, un libro o un artículo leído, escribe Schmigalle. Y más adelante menciona la importancia de la “autorreferencia” en estos textos. “Lo transitorio, lo fugitivo, lo contingente...”: este es el material para la crónica dariana. “La noticia vale por el modo de contarla: se fragmenta la anécdota; con detalles de aquí y de allá se va dando una impresión libre de la información objetiva [...] Darío picotea en lo pintoresco, en lo inaudito, amable y gracioso, generalmente surgido del modo de presentar el hecho o del hábil uso de sus pormenores”, agrega Susana Zanetti, investigadora argentina recientemente fallecida.

Damas o mujeres

Una de las crónicas publicada por Darío en La Nación en 1901 se titula “Esas damas...” con profundo acento en los puntos suspensivos. En ella el poeta ofrece una visión crítica y mordaz de las ricas cortesanas de París y del éxito con sus “víctimas”, entre ellos hispanoamericanos notables y argentinos (sic).
Otra crónica, publicada casi diez años más tarde, se titula “¡Estas mujeres!” dedicada a las sufragistas, con el acento puesto en los signos de admiración. Darío dice haber visto varias fotografías de “estas políticas”, refiriéndose a las mujeres inglesas que luchaban por el derecho al sufragio, y las describe como “viejas” “todas feas”, y “jamonas”, y critica los “escándalos, ya groseros, ya cómicos, de las sufragistas británicas”. Para él estaba bien que hubiera mujeres que se distinguieran en lo que hacían, Sarah Bernhardt o Madam Curie, “pero estas marivarones –escribe tratando de suavizar la palabra– merecen el escarmiento”.
Sorprende la relación desde el título entre “damas” o “mujeres”, casi un enfrentamiento.
No se puede olvidar que en la bisagra de 1900 se inscribe la masiva inmigración europea a Argentina. La época del desplazamiento de la población más pobre de Europa con la ilusión de “hacer la América” incluyó también la trata de mujeres jóvenes que engrosaron los burdeles del Río de la Plata. Al mismo tiempo, es la irrupción de la fuerza de obreras en el escenario político y social argentino. “Hacia 1902, el incipiente movimiento laboral argentino organizado a partir de 1890 empezó a demostrar su fuerza en huelgas y demostraciones públicas de acción gremial que amenazaron paralizar la economía exportadora”, escribe Jorge Salessi, y agrega que ello generó en la sociedad “un temor a la inversión de mujeres que rompen con los modelos patriarcales de mujer ‘femenina’ y varón ‘masculino’ y temor a la inversión en el ejercicio del poder...”
Darío, tan sensible en otros aspectos políticos y sociales de entonces, no pudo ni supo encontrar el punto de tolerancia para ese sector social que representan las mujeres. En eso fue un hijo de su tiempo. La irrupción del cuerpo, y en especial el de las mujeres jóvenes, actuó como un tensor literario para el modernismo. Se anclaba en la letra. Medio siglo más tarde ese pensamiento iba a constituirse en motor de rebeldías sociales.

Plumíferas y viragos

Zoila Aurora Cáceres, escritora peruana, esposa durante seis meses de Enrique Gómez Carrillo, gran cronista y amigo del poeta, le pide a Darío un prólogo para su libro Oasis de arte. Crónicas de viaje por Europa, de 1911. Darío escribe en ese prólogo:

Confieso ante todo que no soy partidario de las plumíferas; que Safo y Corina me son poco gratas y que una Gaetana Agnesi, una Teresa de Jesús, o una George Sand me parecen casos de teratología moral [es decir monstruosidades del mundo animal y vegetal. Y continúa:] ¿De dónde proviene mi poco apego a las mujeres de letras? Posiblemente, o seguramente, porque todas, con ciertas raras excepciones, son feas. Evangelina (seudónimo de Zoila Aurora) no se encuentra en este caso, pues ha sido y es gala de los salones, tanto por su espíritu como por su beldad, gracia y elegancia. Baste con decir que es una compatriota de Santa Rosa de Lima.

En otro fragmento de este prólogo, Darío define la literatura aceptable/tolerable para las mujeres de esta forma “Una literatura discreta, un escribir como se borda, o se cuida una flor; una manifestación de impresiones y sensaciones, sin dogmatismo ni pedanterías, confieso que suele ser en ocasiones no solamente excusable sino encantador.”
La literatura “excusable” para las damas ya había sido desarrollada por Darío casi a modo de manifiesto en su crónica “A propósito de Mme de Noailles”. Después de leer el libro de la condesa, el poeta lo describe como un “flordelisado volumen de cosas bonitas, tiernas, melancólicas, femeninas”, y asegura que la condesa de Noailles “reconcilia la literatura con los cabellos largos, el sexo vilipendiado por Schopenhauer.” A continuación Darío se explaya con vehemencia en la descripción de los atributos extraliteraterarios de madame de Noailles:

Es una bella flor humana llena de mental esencia […] es una rara perla perfumada, como las del mar de Ormur. Es una joven exquisita, de veinte años, divina de frescura y gracia, que demuestra simplemente que se puede tener un nombre ilustre, un marido, un automóvil y poner su alma cantante y soñadora en las alas de los versos [...] Nada tiene que ver esta sacerdotisa apolínea o pánica con los pantalones del feminismo [...] ella vaga por los bosques comunicando, con la libertad de la naturaleza [...] Encanto natural, la comunicación secreta e íntima con el universo, dice todo lo que ve y todo lo que siente. Y siempre es el alma amante en el cuerpo amoroso, que vibra al soplo del armonioso viento. Ella canta la eternamente nueva canción de las florestas primaverales, de los frescos vergeles de las flores recién nacidas, de los nidos, de la hermosura melodiosa de un momento matutino, y la gloria y la alegría de amar, razón y triunfo inmenso de la vida.

Darío agrega que es consciente de las dificultades de nobles, como la condesa de Noailles, que aspiran a cultivar las artes y las letras. Y admite que “las mujeres tienen más dificultades todavía que los hombres”. Como remate de este alegato sobre la diferencia, Darío afirma que “si bien la naturaleza es sabia para ordenar el mundo como corresponde según la fisiología”, dice, “creo sin embargo, en que así como hay hombres de alma femenina, hay mujeres de alma e inteligencia masculinas.”
Para evitar cualquier confusión, advierte, sin embargo, “que no me refiero a los viragos del feminismo militante”. “Viragos” según la definición de María Moliner, son las “mujeres masculinas”. Viragos igual a “estudiantas ibsenianas” y “feministas marisabidillas...” Darío asumía la costumbre de su tiempo que definía la inteligencia como atributo viril y por ello sospechosa siempre que la ostentase una mujer, sobre todo en las letras o en la política; el terreno de lo femenino estaría dado por lo “sensible” en oposición a la “razón”. ¿Conocía Darío a aquellos hombres que albergan un “alma femenina”? Se sabe que su amigo Gómez Carrillo era un seductor de todo aquello que se le ponía enfrente y, según un crítico francés, si el matrimonio con Zoila Aurora Cáceres concluyó abruptamente fue porque ella no soportó que Gómez Carrillo la engañara con el chofer.
“Sería bueno –sueña Darío, escribe, tiene nostalgias, deseo, ¿una utopía?– que una mujer aportase buen lenguaje y buena sopa.” ¿El lenguaje de Nora y la sopa de la criada? ¿La belleza y la inteligencia? Finalmente, ni una ni otra. Y terminó consumiéndose en ese ardor que los poetas de su generación sólo cantaron en versos pero lo temieron en la realidad. La cultura es la inversión de la vida. Estaba escrito en los graffiti del París del ’68 

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