4 de agosto de 2015

León de Greiff


León de Greiff, a 120 años de su nacimiento

La disciplina del bohemio

Por: William Martínez. El Espectador, Colombia

Suena absurdo que un hombre escribiera poemas de 25 páginas y los publicara por entregas en diarios como este. Suena impensado, también, que una legión sin nombre le mandara plata para evitar que el fisco le rematara la casa. ¿Qué clase de poeta era León de Greiff?

Los amigos de León de Greiff decían que dormía con la ropa puesta. Decían, además, que los trajes nuevos los mandaba ajar. El poeta solía llevar boina, corbata, pantalones holgados, un cigarrillo. Ese uniforme lo portaba en el trabajo, o en las noches humeantes de bohemia, o en los potreros que improvisaban canchas de fútbol. En una fotografía tomada por Jorge Arias de Greiff en 1950 se le ve, en pleno cotejo, con los pantalones remangados y un pielroja colgando de los labios resecos. En su casa del barrio Santa Fe, en Bogotá, no había murallas de libros: había millares de ejemplares desperdigados por el suelo, por estantes, o tiesos en la nevera. Cuando salía de lo que él llamaba “el cuarto del búho”, cargaba una botellita de coca-cola con aguardiente en su interior; sus contertulios contaban que, a pesar de las borracheras olímpicas, no daba espectáculos. A casa regresaba con besos estampados en el cuello de la camisa.
Sí, Francisco León de Greiff (Medellín, 1895-Bogotá, 1976) era todo eso. Pero lejos estuvo de ser un vagabundo de oficio. El poeta estaba convencido, como también lo estaba una porción de su círculo, de estar en el mundo paralizado por la pereza. Aun así, fue diplomático, auditor, estadista, profesor y cofundador de la Radiodifusora Nacional de Colombia. Se decía noctámbulo, aunque durante 40 años cumplió el horario de cualquier asalariado. Dejó 5.000 páginas de poemas. De los hábitos laborales de los paisas escribió:
(…) Gran tráfico
en el marco de la plaza.
Chismes.
Catolicismo.
Y una total inopia en los cerebros...
Cual
si todo
se fincara en la riqueza,
en menjurjes bursátiles
y en un mayor volumen de la panza.
A finales del siglo XIX y comienzos del XX, el culto al modernismo (a la elegancia del lenguaje) se expandía por el mundo. A su vez, brotaba el vanguardismo (la insolencia de hacer lo que viniera en gana). De Greiff no fue embajador de lo uno ni de lo otro. Puede haber en sus versos rastros de la sutileza de Góngora o de la actitud de Quevedo, sin embargo, no es el producto de ambos. De Greiff parecía depender del qué y del para quién. Si se trataba de cantarle al mar, por ejemplo, echaba mano de palabras muertas del castellano o, incluso, las inventaba: “(…) Sus resonantes trombas, / sus silencios, yo nunca pude oír...: / sus cóleras ciclópeas, sus quejas o sus himnos, / ni su mutismo impávido cuando argentos y oros / de los soles y lunas, como perennes lloros / diluyen sus riquezas por el glauco zafir...!”. Si el asunto era, en cambio, escribirle a su esposa o a algún amor de taberna, quería hacerse entender: “Esta rosa fue testigo / De éste, que si amor no fue, / Ninguno otro amor sería”.
El 18 de enero de 2014, Moxinifadas de Gaspar, un grupo de investigadores y artistas con Hernando Cabarcas a la cabeza, desenterró, entre basura y botellas viejas, un archivo inédito del poeta en el barrio Santa Fe. Se trata de vinilos de larga duración (cada uno enfundado y firmado por De Greiff), cuadernos y libros. Son objetos que sobrevivieron a incendios, inundaciones, saqueos y que, durante casi 20 años, reposaron en lo que es hoy un parqueadero y era antes su casa. De Greiff vaticinaba que ese archivo sería investigado en el año “dos mil y pico”. Ahora, cumplida la predicción, ¿quién palpa los hallazgos?

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