15 de julio de 2010

Rubén Darío



Josefina Ortega • La Habana
Fotos: Cortesía de la autora

“En mi primaveral adolescencia era ya Cuba para mí una tierra de poesía” —afirmó en una ocasión el gran nicaragüense— y, sin embargo, en una de sus estancias en La Habana —la cuarta, para ser más exactos— pasó uno de los momentos más dramáticos de su vida, cuando intentó suicidarse en 1910.

“La noticia —como dijo el maestro Ciro Bianchi Ross— no pasó a los periódicos. Los más íntimos, al conocer del hecho, se conjuraron, de modo tácito, en una suerte de pacto de silencio. Solo muchos años después, el poeta dominicano Osvaldo Bazil contaría el incidente”.

Como se sabe, el gobierno de su país había designado a Darío su representante en las festividades por el centenario del Grito de Dolores, pero el poeta se vio imposibilitado de cumplir su misión, pues el Presidente que lo nombró —el doctor José Madriz— fue derrocado.

Sin respaldo oficial alguno quedó el poeta en Veracruz, por lo que debió de regresar a la capital cubana, donde días antes hiciera una escala de 24 horas con destino a México, en el mismo barco que lo llevó a ese país.

Como un niño

El hombre que retornaba ahora no era el mismo que se mostraba anteriormente como si tuviera el mundo a sus pies y recibiera reconocimientos por doquier. “En este penoso trance de su varadura en La Habana”, como dijo Ángel Augier, el autor de “Azul”, deprimido, derrotado y con escasos fondos en los bolsillos, se prodigó al alcohol con todas sus fuerzas.

Esta súbita transformación, censurable en muchos aspectos, no resulta difícil de entender, dado lo adverso de los acontecimientos, y más para un hombre que, según sus íntimos, era como un niño cuando se enfrentaba a la vida.

Darío “se entregó al demonio de todos los alcoholes y a las furias de todas las tempestades de la dipsomanía”, al decir de su amigo el poeta y diplomático dominicano Osvaldo Bazil, quien en memorable texto —“Cómo era Rubén Darío” — develó más tarde lo sucedido: “(…) cuando abandonamos el barco, su rostro revelaba una gran tortura mental y su paso era vacilante”. (…) “En el hotel (…) cayó de súbito en hondo sopor. A veces lanzaba roncos quejidos”.

Whisky y más whisky

En la habitación 203 del hotel Sevilla donde el bardo se aloja hay que buscarle con urgencia un médico, el doctor Gustavo Aróstegui, por cierto, un pediatra, quien luego de examinarlo, le dispensa los cuidados necesarios, y a la pregunta de rigor responde que podían ofrecerle alcohol de cuando en cuando y disminuírsele gradualmente.

Darío alivia su salud, pero, por voluntad propia, permanecerá alejado de agasajos y compromisos en su permanencia de cerca de dos meses en la capital cubana, donde otrora disfrutó de los muchos homenajes que le rindieron.

Asistió tan solo al acto ante la tumba de su muy admirado Julián del Casal, el 21 de octubre, en el decimoséptimo aniversario de su muerte, donde leyó conmovedoras palabras, y sobre el que luego comentó con un dejo de amargura, en “este año había menos visitantes que en los anteriores.”

Confiesa a la prensa su deseo de que esta estancia habanera suya sea callada y tranquila, “un sitio que se escoge para descanso y por el cual se cruza casi de incógnito”.

No obstante, las crisis alcohólicas se suceden una y otra vez.

Una noche en el hotel Sevilla quiere lanzarse por el balcón hacia la calle. Bazil lucha con él a brazo partido para impedírselo. Darío está a punto de lograr su propósito, pero en auxilio del dominicano acuden el secretario de Rubén y un empleado del hotel. Al fin logran reducirlo y lo conducen a la cama.

“Aseguradas todas las puertas, cerradas todas la ventanas, respiré tranquilo, contaría Bazil. El poeta seguía ingiriendo whisky, desde su cama, de modo incesante. Después de tres litros de whisky, estaba como loco, y no me atrevía a dejarlo solo. Me pasé la noche a su lado. Él no dormía nada. Así, amaneció. Continuaba bebiendo.”

Hoy quiero contarte, /Raquel Catalá…

Los cuidados rindieron sus frutos. “Ya apenas necesitaba mojar sus labios en el vaso de whisky”.

Una noche en que bebió en abundancia junto al embajador de Italia, el poeta Mondello, y su buen amigo Bazil, Rubén Darío, —quien a la sazón ha recuperado el juicio y el buen humor—, abandona el hotel sin dar cuenta de ello a sus acompañantes. A la mañana siguiente asoma radiante de felicidad: Había pasado toda la madrugada —según cuenta— en un círculo de hombres de color donde lo obsequiaron con champagne, y lo nombraron negro honorario.

Portaba en efecto el diploma que lo acreditaba como tal.

De nuevo cumple sus compromisos periodísticos con La Nación, de Buenos Aires. Escribe poemas: “Hoy quiero contarte, /Raquel Catalá /un cuento del cielo, de tierra y de mar… /que pasó en Basora, /que pasó en Bagdad, /que pasó en un reino /que yo no sé ya. (…)”

La revista El Fígaro, por su parte, asume sus gastos en el hotel, pero ya el poeta quiere marcharse. Hasta un ciclón azota La Habana. Al carecer del dinero necesario, lo pide aquí y allá, todo en el más absoluto silencio. Prontas remesas cablegráficas de amigos le llegan a granel; una de ellas incluso de 500 dólares. Ocasión tiene de cobrarlas. “El poeta llegó a bordo y se encerró en su camarote, como era su costumbre en todos sus viajes y empezó a pedir whisky sin cesar…”

El vapor alemán Ipiranga con destino a Europa, lo alejará de La Habana el 8 de noviembre de 1910, pero acaso nunca el gran poeta nicaragüense olvide su intento de suicidio desde una habitación del hotel Sevilla, en la capital cubana.

Fuente: La Jiribilla Cuba

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