2 de noviembre de 2009

Pedro Henríquez Ureña






















Pedro Henríquez Ureña,
el militante

Néstor E. Rodríguez


En un célebre prólogo, Jorge Luis Borges afirma que el nombre de Pedro Henríquez Ureña evoca “palabras como maestro de América y otras análogas”. En un proemio no menos conocido, Ernesto Sábato exalta las dotes de mentor de este intelectual caribeño fundamental fallecido en 1946. Su vida se vio marcada por continuos desplazamientos que lo llevaron a Cuba, Estados Unidos, España, Argentina y México, país que lo acogió por dos fecundos períodos en los que, en palabras de Sergio Pitol, Henríquez Ureña “realizó la plenitud de su destino”.

Según Arcadio Díaz Quiñones, Henríquez Ureña “nunca se expresó sobre el exilio como un acto heroico, pero llegó a ser la experiencia determinante en su vida”. Ciertamente, el periplo, que se inicia en Nueva York en 1901, galvanizó la productividad de Henríquez Ureña hasta el final de sus días. Con todo, el carácter errante de esa vida se tradujo en su pensamiento en la forma de un tenaz apego a la idea de la cultura como matriz integradora de los pueblos americanos.

El 13 de mayo de 1946, Pericles Franco Ornes publicó en Buenos Aires un artículo a propósito de la reacción en la prensa argentina ante la noticia del fallecimiento de Henríquez Ureña. Franco Ornes, intelectual dominicano exiliado en Chile, parece sorprendido de constatar que las notas sobre el maestro sólo mencionaban su faceta de académico y obviaban por completo la del “demócrata apasionado”: “Nadie parece tener conocimiento de que don Pedro Henríquez Ureña, al mismo tiempo que sabio literato y profundo ensayista, era también un demócrata apasionado que seguía con visión certera la marcha del movimiento social contemporáneo y, a su manera, militaba en él.” Esa apatía de la prensa a exaltar los esfuerzos de un Henríquez Ureña abiertamente político, se evidencia por igual en la voluminosa bibliografía crítica publicada en torno a su obra y persona hasta el presente. El archivo personal de Henríquez Ureña, cedido al Colegio de México por su hija Sonia Henríquez, contiene importantes documentos que arrojan luz sobre su perfil ideológico.

Un telegrama de Pedro Henríquez Ureña a Trujillo, en 1932, mientras se desempeñaba como superintendente general de enseñanza, ofrece una primera señal de desavenencia. Henríquez Ureña reclama a Trujillo su aparente “falta de confianza” en sus labores, al haber éste anunciado que encargaría a los franciscanos la dirección de la Escuela de Artes y Oficios: “Yo habría esperado que el primer departamento en enterarse de este deseo de usted fuera la Superintendencia General de Enseñanza. El no haberlo conocido oportunamente y enterarme de él de modo inesperado me pone en situación desairada y parece indicarme falta de confianza en mi gestión. Si esto fuera así, yo no tendría ningún inconveniente en presentar renuncia de mi cargo, porque no creo que debo ser un peso muerto en la obra administrativa que usted ha emprendido.” Una lectura superficial revela la imagen de un Henríquez Ureña poco crítico ante un gobierno que ya mostraba visos de dictadura; ahora bien, el texto también muestra la integridad de un funcionario que no vacila en hacerse a un lado ante la más mínima sospecha de ineptitud. La veracidad de esta segunda hipótesis puede comprobarse con la misiva que Henríquez Ureña le escribe al director de Repertorio Americano, Joaquín García Monge en 1933, a quien le reprocha el haber publicado un artículo en el cual se le criticaba por haber servido en el gobierno de Trujillo. Henríquez Ureña justifica este hecho señalando que “los puestos públicos son de la nación y no pertenecen a ninguna persona”, toda vez que aprovecha para esbozar un perfil del dictador que da poco espacio a consideraciones sobre su apatía ante las atrocidades del régimen: “Trujillo… con todos sus defectos, no es un tirano de melodrama: es más bien un político de petit pays chaud que en los últimos meses ha adquirido rasgos de príncipe de opereta, al dejarse dar títulos ridículos… Si de él se hubieran apoderado hombres de buena orientación, el país no le debería más que bienes.” Esta mención de los consejeros del régimen, más que sugerir cierto cuidado de no criticar directamente a Trujillo, apunta a la desilusión de ver cómo lo más granado de la intelectualidad dominicana iba cerrando filas con un gobierno a todas luces autoritario.

A juzgar por la carta que Juan Bosch le dirige a Henríquez Ureña desde La Habana en 1942, no cabe duda de que su antitrujillismo era un hecho conocido: “Dentro de unos días le enviaré algunos folletos del Partido [Revolucionario Dominicano] para que vaya viendo cómo trabajamos. No nos pierda de vista, que nosotros pensamos a menudo en Ud.” Como se puede apreciar en una carta de Franco Ornes fechada en 1945, la intelectualidad hispanoamericana de izquierda también buscaba captar a Henríquez Ureña. Franco Ornes cuenta que en una reunión con Alberti y Neruda se habló de fundar una Sociedad Americana de Ayuda a los Pueblos Oprimidos, cuya dirección habría de estar a cargo de Henríquez Ureña: “Siguiendo ese camino de lucha encontré a Pablo Neruda. Ayer estuve en su casa, donde conocí a Rafael Alberti. Ambos me hablaron muy elogiosamente de Ud. ‘Se ha portado muy bien con la República Española', me dijeron. Neruda está decidido a ayudarme. Me dijo que se puede y se debe hacer mucho para cooperar en la liberación de los pueblos oprimidos de América. ‘Debemos formar una Sociedad Americana cuyo objetivo sea el de promover la democratización de los regímenes dictatoriales y la elevación del nivel material y cultural de los pueblos del continente. Esta sociedad debe estar presidida por Pedro Henríquez Ureña.”

Aunque la idea de una Sociedad Americana no llega a materializarse, Henríquez Ureña aceptó participar en la iniciativa, si bien no como su director. Este gesto evidencia el grado de compromiso político que había alcanzado al final de su vida. Es sorprendente constatar que la crítica especializada apenas ha reparado en esta faceta de su legado.

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